El pasado tiene buena prensa

La memoria es un editor de cine muy malo, pero con excelente relación con la prensa. Corta las discusiones, las noches en vela, el jefe insoportable y la gotera del baño. Se queda con una tarde de verano, una canción de la radio y un asado sin fecha. Y después nos toca el hombro y pregunta, con voz de tío que viene a pedir plata:

—¿Te acordás de lo bien que estabas?

Y uno, que ya viene cansado, le cree.

La nostalgia no miente, que sería grosero. Cuenta la mitad de la historia, que es más elegante. Nos convence de que antes éramos más felices, de que la gente era más auténtica, de que los domingos tenían otro sabor y de que nosotros éramos mejores personas. No éramos mejores. Éramos más jóvenes, que es otra cosa. La juventud tiene una ventaja tramposa: todavía no sabe todo lo que va a perder.

El pasado tiene spoilers

Al pasado ya le sabemos el final. Sabemos quién nos quiso, quién se fue, qué conversación salió mal y cuál nunca se dio. Sabemos, sobre todo, quién tenía razón. O eso creemos hoy, que es una manera comodísima de tener razón. El presente, en cambio, es un desastre lleno de signos de interrogación. No sabemos nada. Nadie nos pasó el libreto. Por eso cuesta tanto vivir acá.

Hace poco escuché a Óscar Martínez, actor argentino radicado en Madrid, decir que vuelve a la Argentina pero que el país que conoció ya no existe. Me quedé pensando. Yo llevo más de nueve años sin volver y sospecho que me pasaría lo mismo. Mi barrio, mi infancia y mi adolescencia son hoy otra cosa, con otros negocios y otros vecinos.

Pero hay una pregunta más incómoda que la del país. Si el país ya no existe, ¿y el que se fue? Porque tampoco existe quien lo conocía. Cuando uno cree que regresa a un lugar, en realidad intenta regresar a una versión de sí mismo. Y para eso no hay vuelo directo. Ni siquiera con escala.

Los que se quedaron (y no se olvidaron de entregar ningún formulario)

A veces hablamos de irse como si fuera un examen de valentía y de quedarse como si alguien hubiera olvidado presentar un trámite. Injusto. Hay gente que se queda porque quiere. Ahí están los hijos, los amigos, los padres, el trabajo, la costumbre de saber en qué esquina cruzar. Se armaron una vida con sus problemas y sus pequeñas miserias, y la quieren. Como se quiere lo propio: protestando.

Nada salió como se imaginó, por cierto. La realidad tiene poco sentido del humor y una fuerte tendencia a improvisar. Y ni irse ni quedarse garantiza la felicidad, que sería demasiado pedirle a una dirección postal. Se puede vivir veinte años en el mismo barrio completamente ausente de la propia vida, y se puede vivir a diez mil kilómetros y sentirse, por primera vez, en casa.

El problema nunca es dónde estamos. El problema es si estamos.

Volver, o cómo pagar un pasaje para decepcionarse

Volver es la forma más literal de querer volver al pasado, y casi siempre sale como una reunión de ex compañeros de colegio: todos más gordos, más calvos y con menos ganas de las que juraron por WhatsApp.

Uno llega buscando una calle, un bar, una plaza. Pero las calles cambiaron, el bar cerró, la plaza tiene una cafetería con luces cálidas donde antes había un banco horrible, y la casa de la infancia es de alguien que seguramente pagó de más. Entonces entendemos algo cruel: no cambió solo el lugar. Cambiamos nosotros.

Volver puede ser hermoso y decepcionante en la misma tarde, que es una especialidad bien humana. Pero el pasado no nos espera. Ya hizo lo suyo y se fue a otra cosa. El presente, en cambio, pide algo mucho más incómodo: que participemos.

La nostalgia también entra en la cocina

Aparece cuando uno lava los platos, o maneja, o busca una llave en el cajón y encuentra una entrada de cine de hace quince años. Una foto. Un mensaje viejo. Una canción. Y de golpe uno ya no está en la cocina. Está allá. Habla con gente que ya no está, entra en casas que ya no existen, y hasta recuerda el tono de voz de una conversación que creía olvidada. Durante unos minutos todo tiene sentido.

Después se enfría el café. Y ahí está la clave: no evitar que el recuerdo aparezca, sino saber volver. Recordar puede ser una forma de agradecer, pero también una manera muy elegante de ausentarse. Y nadie debería pasarse la vida visitando una casa donde ya no vive.

Lo que fue, fue

Algunas cosas fueron maravillosas. Otras dolieron. Otras no terminaron como queríamos, y algunas, directamente, no ocurrieron. Todo eso forma parte de nosotros. Pero no todo lo que forma parte de nosotros tiene que ocupar el cuarto de estar. Hay recuerdos que se guardan en un cajón sin tirar la llave. Se puede mirar una foto, sonreír y no preguntarse por qué ya no somos esos. Porque no lo somos, y está bien. Uno cree que madurar es convertirse en una versión mejorada de lo que fue. Quizás sea más bien dejar de exigirle a esa versión que fuera mejor.

Aquel que fuimos hizo lo que pudo. Nosotros hacemos lo que podemos ahora. Con suerte, algo más.

Estar acá

Viviendo lejos aprendí que soy del lugar donde están mis afectos. No de una calle ni de un año, ni de un país tal como lo recuerdo. Soy de donde están las personas que me quieren y a las que quiero, aunque a veces haya que abrazarlas por una pantalla con mala conexión.

También aprendí que no hace falta irse para empezar de nuevo. Hay gente que sigue pasando por la misma calle y ya no es la misma persona. Desayuna en el mismo bar, pero está viviendo otra historia. A veces, para cambiar, no hace falta cambiar de paisaje. Alcanza con dejar de repetirnos.

Hoy

Cuando el presente se pone difícil, el pasado parece un refugio. Pero es un refugio raro: se puede entrar, sí, pero adentro no hay nadie esperándonos. El futuro tampoco ayuda. Es una promesa que no controlamos y una fábrica excelente de preocupaciones. Uno puede pasar una tarde entera angustiado por problemas que todavía no existen, y encima sin cobrar.

El presente, mientras tanto, tiene la mala costumbre de suceder. Suena el teléfono. Alguien nos habla. Hay una llamada que todavía podemos hacer y un abrazo que todavía podemos dar. Hoy se ama. Hoy se perdona. Hoy se empieza. Y también hoy se mete la pata, por supuesto. No vamos a exigirle perfección al presente después de todo lo que le perdonamos al pasado. Es lo único que tenemos entre las manos: este día, esta conversación, esta gente, esta vida, con sus partes que nos encantan y sus partes que preferiríamos devolver con el ticket.

Por eso le pido menos al pasado:

Que no me explique tanto ni me convenza de que antes todo era mejor. Al futuro, que no me quite el sueño antes de hora. Y al hoy le pido atención, coraje, paciencia y una capacidad de reírme de mí mismo que a cierta edad ya debería venir de serie. Porque estar acá no es creer que todo está bien. Es aceptar que esto es lo que pasa. Que algunas cosas duelen y otras alegran. Que algunos se fueron y otros llegaron. Que hay sueños que quedaron atrás y muchas cosas que todavía no sabemos.

Menos mal.

El pasado tiene buena prensa. El presente tiene mala fama: es incómodo, poco fotogénico y no admite filtros. Pero es el único lugar donde la vida ocurre. Así que, por ahora, me quedo acá. No porque el pasado no haya sido hermoso, sino porque ya fue. Y porque todavía hay alguien del otro lado de la puerta.

Esta vez quiero estar en casa cuando llegue.