La medicina de la abuela frente al laboratorio

Empacho, mal de ojo, susto y otros remedios que sobrevivieron a la medicina moderna

Nota introductoria: este es un trabajo de investigación periodística. Ninguna afirmación aquí reemplaza el criterio médico. Pienso, hoy, cuando escuchamos que un dolor o padecimiento en pleno siglo XXI necesita meses para llegar a la consulta médica —las famosas listas de espera—, ¿qué ocurría en estos lugares y países hace 50 años?

No es una respuesta. Es una pregunta que dejo en el aire.

Y hay otra, más incómoda todavía, que atraviesa cada uno de los puntos siguientes: cuando estas prácticas ocuparon el lugar de un diagnóstico, ¿a qué costo? No siempre hay una cifra para responder eso —y decir por qué no la hay es parte de esta investigación—, pero en al menos dos casos sí hay evidencia clínica concreta de lo que se pierde cuando el ritual llega antes que el médico.

Antes de las ecografías y los antibióticos

Alguien ya sabía —o creía saber— qué hacer cuando un niño tenía fiebre o aparecía una erupción extraña. Esa medicina de cocina, corral e iglesia mezclaba observación, plantas, religión y superstición. En España y Argentina, buena parte de ella llegó intacta al siglo XXI. La pregunta no es si merece respeto por su antigüedad, sino qué parte resiste cuando se la somete a la evidencia.

1. El empacho y el masaje abdominal

Es la tradición mejor documentada de las diez. Una revisión histórica y etnofarmacológica publicada en 2013 en el Journal of Ethnopharmacology halló 152 especies vegetales distintas, citadas 360 veces en 90 fuentes primarias que abarcan tres siglos (1710-2010), usadas en Argentina para tratar el empacho. «Empacho» no es una entidad médica reconocida: puede englobar indigestión, gases o distensión abdominal, y un masaje sí puede aliviar esas molestias. Eso no confirma la teoría tradicional de que exista algo físico que haya que «desatascar».

Aquí es donde el diagnóstico popular tiene más para perder frente al reloj. El dolor abdominal infantil es exactamente el terreno donde la apendicitis se disfraza mejor: incluso en manos médicas, el error diagnóstico inicial en apendicitis pediátrica varía entre el 28% y el 57% en niños de 12 años o mayores, y llega a casi el 100% en menores de dos años, y el diagnóstico erróneo más frecuente que recibe un niño con apendicitis es, precisamente, el de un cuadro digestivo banal. Ningún estudio mide cuántas horas se pierden específicamente por atribuir ese dolor a un «empacho» antes de llegar a la guardia, pero la lógica del riesgo es clara: cualquier demora adicional —venga de un médico o de una creencia familiar— empuja al niño hacia el desenlace que sí está bien medido, la perforación apendicular.

2. «Tirar del cuerito»

Esta maniobra argentina combina masaje abdominal y lumbar con un tirón final de piel que produce un chasquido audible. No hay evidencia clínica que atribuya al chasquido en sí ningún efecto terapéutico. La mejoría puede deberse al masaje, la relajación o simplemente al curso natural del malestar.

3. «Medir con la cinta»

Diagnosticar el empacho con una cinta, signos rituales y oraciones es una práctica que, según la literatura especializada, llegó a Argentina, Uruguay, Chile y Cuba procedente de comunidades valencianas. Como método diagnóstico no tiene respaldo médico, pero su valor es antropológico: muestra cómo una misma creencia viajó entre continentes y se mantuvo viva durante generaciones.

4. El mal de ojo

Un estudio de campo realizado en Andalucía en la primavera de 2004, publicado dos años después en la Revista de Dialectología y Tradiciones Populares, encontró que la creencia en el mal de ojo seguía extendida incluso en una sociedad con acceso pleno a la medicina moderna. No existe ningún mecanismo por el cual una mirada cause enfermedad, pero el fenómeno social es real: miedo, sugestión y expectativa pueden modificar cómo se perciben los síntomas. La creencia produce efectos reales sin que su explicación sobrenatural lo sea.

5. El susto

En varias regiones de Latinoamérica, incluida Argentina, un evento traumático se convierte en la explicación popular de síntomas posteriores, tratados a veces con fórmulas rituales o «curas de palabra». La explicación sobrenatural no tiene sustento, pero la ciencia sí ofrece un puente: el estrés agudo puede producir síntomas físicos genuinos. Cambia el lenguaje, no necesariamente la respuesta corporal.

6. La culebrilla

En el noroeste argentino se ha tratado tradicionalmente escribiendo cruces o palabras religiosas sobre las lesiones. La culebrilla es, en realidad, herpes zóster. Aquí el ritual no cura nada, y la diferencia con la medicina moderna es la más medible de todo este listado. Cuando el zóster afecta la rama oftálmica del nervio trigémino, las complicaciones oculares aparecen en el 50-90% de los pacientes sin tratamiento antiviral oportuno, y entre el 10% y el 15% desarrolla secuelas crónicas que incluyen pérdida de visión.

Un estudio clínico documentó que la tasa de complicaciones oculares serias baja al 4% con tratamiento antiviral a tiempo, frente al 21% sin él; y que las complicaciones tardías —las que aparecen meses o años después del brote— se registran en el 29% de los pacientes tratados contra el 50-71% de los no tratados.

Una tesis de especialidad en dermatología de la UNAM, que siguió a 19 pacientes con herpes zóster oftálmico en el Centro Dermatológico «Dr. Ladislao de la Pascua», pone rostro a esas cifras. La mayoría de los pacientes había probado antes remedios caseros —manzanilla, fomentos de árnica y sal, mertiolate, agua oxigenada, jabón zote, mascarilla de barro— antes de llegar a la consulta especializada.

Uno de ellos, de 91 años, consultó a las cuatro semanas de iniciado el cuadro, sin haber recibido antiviral, y terminó con secuelas irreversibles y ceguera. Los pacientes que sí recibieron aciclovir combinado con prednisona dentro de las primeras 72 horas, en cambio, se recuperaron por completo, sin secuelas.

Esa es la distancia exacta entre escribir una cruz sobre la piel y aplicar el tratamiento a tiempo: no es una diferencia de fe, es una diferencia de campo visual. La evidencia sobre si además reducen específicamente el riesgo de neuralgia postherpética —el dolor que persiste meses después— es más débil y mixta de lo que suele afirmarse, según revisiones Cochrane. Pero en lo ocular, retrasar el tratamiento por un ritual tiene un costo que ya no hace falta suponer.

7. Curar verrugas con plantas, animales o rituales

Frotar verrugas con caracoles en España, o tratarlas con plantas y rituales en Argentina, coincide con una peculiaridad biológica: muchas verrugas desaparecen espontáneamente por causas inmunitarias. Eso convierte cualquier remedio casero en una trampa estadística perfecta: si la verruga desaparece meses después, resulta casi irresistible atribuirle el mérito al ritual. Es, de los diez casos de esta lista, el que menos daño real acarrea si el ritual reemplaza a la consulta: rara vez hay algo grave debajo de una verruga.

8. Las plantas digestivas

La misma revisión sobre el empacho describe plantas con propiedades carminativas, antiespasmódicas o purgantes, entre las más citadas el «paico» (Dysphania ambrosioides), la ruda (Ruta chalepensis) y varias especies de Aloysia y Lippia. Algunas contienen moléculas farmacológicamente activas.

Pero «natural» no equivale a eficaz ni seguro, y la ruda es el ejemplo donde esa distancia se vuelve más peligrosa.

La monografía oficial del Instituto de Salud Pública de Chile sobre Ruta graveolens —especie hermana de la R. chalepensis usada contra el empacho, con la que suele confundirse— registra daño hepático y renal documentado, y que mujeres embarazadas han muerto por su uso. Una guía sanitaria estatal en México y varias revisiones científicas recientes coinciden en esa cautela: un análisis de 2024 identificó más de 200 compuestos activos en la planta, con antecedentes de toxicidad por fotosensibilidad y efectos adversos en el embarazo, y una revisión de casos de intoxicación por plantas con fines abortivos encontró alteraciones hepáticas, renales y hematológicas asociadas al consumo de ruda, con cuadros graves de falla multiorgánica.

El margen entre la dosis considerada tradicionalmente «medicinal» y la dosis tóxica es estrecho, y varía según la parte de la planta, la preparación y quién la toma. La fitoterapia merece estudio, no un cheque en blanco —y en el caso de la ruda, merece directamente cautela.

9. Las curas de palabra

En el noroeste argentino existen fórmulas secretas, transmitidas oralmente, para tratar quemaduras, empacho, verrugas o susto. No hay evidencia de que una oración tenga efecto biológico sobre una infección o lesión. Pero el ritual aporta algo real: atención, acompañamiento y reducción de la ansiedad, factores psicológicamente relevantes, aunque no conviertan la oración en fármaco. El riesgo aquí no está en la oración misma, sino en qué reemplaza cuando se aplica sola a una quemadura profunda o a una lesión que necesitaba sutura o antibiótico.

10. La ceniza y las friegas

El uso externo de ceniza junto con friegas pertenece al amplio repertorio de medicina doméstica hispanoamericana, donde lo material se mezclaba con lo ritual. No existe evidencia que atribuya a la ceniza una propiedad curativa específica para el empacho. Si alguien mejoraba tras la friega, habría que separar qué parte correspondía al masaje, qué síntomas tenía realmente y cuánto se debía a la evolución natural del cuadro.

Ni tesoro ancestral ni colección de disparates

El error sería meterlo todo en el mismo saco. Esta medicina popular combina observaciones empíricas acertadas, plantas con actividad farmacológica real —a veces terapéutica, a veces tóxica—, técnicas físicas potencialmente útiles, rituales sin eficacia específica, y al menos dos prácticas —la culebrilla no tratada a tiempo y la ruda mal dosificada— con un costo humano que la evidencia clínica ya cuantificó, hasta el punto de tener un nombre y una edad: 91 años, ceguera, cuatro semanas de demora.

Lo que no existe, y conviene decirlo con la misma honestidad con que se citan los estudios que sí lo respaldan, es una estadística agregada de «muertes causadas por el empacho» o «vidas perdidas por el mal de ojo». No porque el daño no haya ocurrido, sino porque nadie clasificó nunca una muerte de esa manera en un certificado de defunción: ninguna base de datos epidemiológica pregunta si el cuidador probó primero una cinta, una cruz o una friega antes de llegar al hospital.

La ausencia de esa cifra no es evidencia de que el problema no exista; es, simplemente, el registro de un silencio administrativo. Donde la ciencia sí puede hablar —zóster, ruda, y el terreno común entre empacho y apendicitis— lo hace con datos concretos. Donde no puede, lo honesto es decirlo así, y no rellenar el vacío con una cifra inventada ni con el silencio cómodo de no preguntar.

La ciencia no tiene por qué aceptar una tradición por ser antigua

Tampoco necesita despreciarla por serlo. Puede hacer algo más interesante: ponerla a prueba, caso por caso, y cuando encuentra un costo real, decirlo con la misma claridad con que reconoce lo que sí funciona. Y ahí aparece el reto de esta época: una inteligencia artificial puede rescatar la receta de una abuela valenciana o la fórmula de un curandero del Chaco argentino en segundos. Pero con la misma velocidad puede convertir una leyenda en supuesta evidencia, o un riesgo documentado en una cifra que nadie midió.

La pregunta ya no es si debemos creer a nuestras abuelas. Es más incómoda: ¿cuánto de lo que sabían era cierto, ¿cuánto era falso, ¿cuánto nunca llegamos siquiera a investigar, y cuánto de lo falso ya sabemos que costó algo que no se puede devolver?

Bibliografía

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