El mapa que nadie quiere volver a mirar
Antes de empezar
El que escribe esto es el mismo que ayer lunes le hablaba del amor, de los divorcios, de la vida en pareja. Hoy la nota es otra cosa, y se lo digo antes de que siga leyendo. El tema de hoy no acompaña, no consuela, no tiene ese lugar tibio donde uno se reconoce en el dolor ajeno y sale un poco mejor parado. Duele, y no de la manera que sana. Así que, si hoy no tiene el cuerpo para esto, la invito con cariño a cerrar esta nota y buscar otra cosa. No pasa nada. Mañana vuelvo con algo más liviano. Para quien decida quedarse: gracias, y ahí vamos.
Por qué la gente se va, dicho sin anestesia
La pregunta que abre esta nota parece tener una respuesta obvia, y por eso mismo hay que desconfiar de ella. «La gente huye de la pobreza» es cierto, pero es una frase que cabe en una remera y no explica nada. En 2024 hubo 237.230 primeras solicitudes de asilo en la Unión Europea presentadas por ciudadanos africanos. Cinco países —Egipto, Marruecos, Somalia, Mali y Guinea— concentraron una porción enorme de ese número. Ninguno de esos cinco comparte régimen político, ninguno comparte lengua colonial, ninguno comparte nivel de ingreso.
Lo que sí comparten casi todos es una geografía heredada: fronteras trazadas en el siglo XX desde una oficina en Londres, París, Roma o Lisboa, sin consultar a quien iba a vivir adentro de esas líneas. Eso no prueba que la ruta migratoria de hoy sea «la misma tubería colonial con otro cargamento» —esa es una hipótesis, atractiva pero no demostrada—; lo que sí prueba, con más solidez, es que la geografía física y la geografía política llegaron juntas, y que separar una causa de la otra es más difícil de lo que un titular necesita.
Antes se llevaban personas, ahora las expulsan
Antes de seguir con las rutas de hoy, vale repasar un dato que mi borrador original dejaba afuera y que no debería quedar afuera: la primera vez que Europa organizó a gran escala el movimiento forzado de personas entre África y el resto del mundo no fue en 2024, fue hace más de cuatrocientos años, y no se llamó migración sino trata. Según la base de datos académica más citada sobre el tema (Slave Voyages, con más de treinta y cinco mil viajes documentados), entre los siglos XVI y XIX salieron de África alrededor de 12,5 millones de personas embarcadas como esclavos rumbo a América. De esas, aproximadamente 10,7 millones llegaron con vida; el resto, más de 1,8 millones, murió en el trayecto —el llamado Pasaje Medio— por hambre, enfermedad, hacinamiento o directamente arrojadas al mar.
Por bandera de quien organizaba el viaje, el reparto quedó así, aproximadamente:
- Portugal transportó a 5,8 millones de personas;
- Gran Bretaña, 3,3 millones;
- Francia, 1,4 millones;
- España, 1,1 millones;
- Países Bajos, 554.000;
- Estados Unidos, 305.000;
- Dinamarca, 111.000.
Por origen geográfico, la mayoría salió de dos grandes franjas: el África centro-occidental (actuales Angola, República Democrática del Congo, Gabón y Congo), de donde partió casi la mitad del total, y el África occidental, entre los actuales Senegal y Gabón —es decir, buena parte de los mismos países que hoy encabezan las listas de salida hacia Europa.
No se trata de decir que la migración de 2025 es «lo mismo» que la trata esclavista:
Una es forzada por cadenas y la otra, aunque casi nunca es una elección libre en el sentido pleno, no tiene captores armados esperando en la costa. Pero conviene tener el dato a mano cuando alguien diga que la relación entre Europa y África «es cosa del pasado, ya fue, hay que mirar para adelante»: el continente que hoy recibe solicitudes de asilo es, en gran medida, el mismo que organizó durante casi cuatro siglos la salida más grande y más forzada de personas que registra la historia humana.
La geografía de la extracción no empezó con el oro ni con el caucho. Empezó, antes que nada, con gente.
Las rutas: geografía convertida en apuesta
Mali no tiene costa. Eso, y no solo su pasado como colonia francesa, explica que su gente salga hacia Mauritania, Argelia o Libia para llegar al mar. Es tentador leer esa ruta como una cicatriz colonial que sigue sangrando, y en parte lo es —las fronteras que dejó el reparto europeo fijaron con qué países limita cada uno, y eso todavía pesa—, pero también es, simplemente, el camino más corto al agua. Conviene sostener las dos lecturas a la vez y no elegir la más cómoda para el argumento. Que la migración se divida en categorías —total, irregular, solicitudes de asilo— no es un capricho burocrático, es honestidad estadística. Mezclar todo produce titulares falsos. Lo que sí puede afirmarse con los datos disponibles:
- En 2025 la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) registró 25.556 llegadas a Europa de personas de África occidental y central, y 3.845 muertos o desaparecidos en esas mismas rutas: aproximadamente una muerte o desaparición por cada siete llegadas. La propia OIM insiste en que ese número es un piso, no un techo —el Sahara no lleva registro civil y el Atlántico no siempre devuelve cuerpos.
- La ruta de Canarias tuvo 17.788 llegadas irregulares en 2025, con 54 naufragios documentados y 1.214 muertos o desaparecidos en ese tramo. Gambia, Senegal y Mali convergen ahí.
- El Mediterráneo central sumó 127.604 intentos de cruce en 2024 desde Libia, Túnez y Argelia, con 1.842 muertos o desaparecidos registrados. En el medio de ese tablero está Libia, que a fines de 2024 albergaba —según la OIM— 824.131 migrantes de 47 nacionalidades distintas: ya no es país de origen ni de destino, sino un limbo de tránsito.
Nota: las cifras de 2025 citadas en este texto —llegadas y muertes en la ruta de Canarias— provienen de reportes recientes de la OIM y todavía deben confirmarse contra el informe primario, dado que la disponibilidad de datos verificados para el año en curso es parcial. El dato más citable de esta nota, «uno de cada siete muere», es también el más frágil: si se corrige, se corrige el argumento con él.
Veinte países, un mismo desenlace
Hablar de «la migración africana» como fenómeno homogéneo es un error. Lo que sigue es un mapa mínimo, país por país: quién sale, qué potencia lo colonizó, y por qué se va hoy.
- Sudán (excolonia británica) atraviesa la mayor crisis de desplazamiento del mundo por la guerra civil iniciada en 2023. Sudán del Sur, también heredero del dominio británico, arrastra un conflicto crónico desde su independencia en 2011.
- Eritrea (excolonia italiana) expulsa sobre todo a jóvenes que huyen de un servicio militar obligatorio sin fecha de fin.
- Somalia (repartida entre británicos e italianos) sigue marcada por el colapso estatal y la insurgencia de Al Shabaab.
- Etiopía, uno de los pocos países del continente que nunca fue colonizado de forma plena —solo sufrió ocupación italiana entre 1936 y 1941—, empuja a su gente por el conflicto en Tigray y otras regiones.
- República Democrática del Congo (excolonia belga) expulsa población por el conflicto armado en el este, sostenido por el M23 y otros grupos.
- República Centroafricana (excolonia francesa) arrastra un conflicto armado prolongado.
- Mali (francesa) combina insurgencia yihadista con la represión de su junta militar.
- Burkina Faso (francesa) suma insurgencia yihadista e inestabilidad política crónica.
- Níger (francesa) se vació aún más tras el golpe de Estado y el deterioro de la seguridad en el Sahel.
- Guinea (francesa) expulsa gente por represión política y colapso económico.
- Senegal (francesa) produce salida sobre todo por desempleo juvenil y presión demográfica, más que por conflicto abierto.
- Gambia (británica) sigue drenando población por pobreza y el legado económico de la era Jammeh.
- Mauritania (francesa) funciona como punto de tránsito además de expulsar por pobreza estructural.
- Nigeria, la mayor excolonia británica del continente, pierde gente por la insurgencia de Boko Haram y por crisis económica.
- Camerún (repartido entre Francia y Reino Unido) sufre la crisis anglófona, un conflicto separatista que no cesa.
- Burundi (belga y antes alemana) expulsa por represión política y pobreza.
- Egipto (protectorado británico) produce salida por crisis económica e inflación.
- Marruecos (dividido entre Francia y España) pierde sobre todo jóvenes por desempleo.
- Argelia (francesa) arrastra estancamiento económico y político.
- Chad (francesa) combina conflicto armado con pobreza extrema.
- Libia (excolonia italiana) ya no encaja como país de origen: es el limbo de tránsito descrito arriba.
Mali encabezó en 2024 la lista de países de origen de la migración irregular hacia Europa, con unas 16.500 personas; Guinea lo había hecho en 2023, con cerca de 21.700. Ambos casos coinciden con la represión creciente bajo juntas militares. Sudán del Sur sigue siendo el país de origen del mayor número de refugiados de África —unos 2,3 millones—, y la guerra en Sudán, iniciada en 2023, ya generó el segundo mayor número de refugiados de la región: cerca de 2,1 millones. Veintiún países, veintiuna historias distintas, un denominador común: en ninguno la salida es una anomalía. Es la política de facto, aunque nadie la haya votado.
Gobiernos actuales: la pregunta que la estadística no contesta sola
Acá conviene ser honesto con el lector, porque la honestidad metodológica es lo único que distingue una investigación de un panfleto: los datos disponibles describen con precisión cuántos se van, por dónde y cuántos mueren en el intento. Describen con mucha menos precisión qué hacen los gobiernos de origen para retenerlos, y ahí cualquier nota seria debería frenar el envión y decir «esto todavía no está probado con cifras duras».
Lo que sí puede afirmarse sin exagerar es que ningún gobierno de los más de veinte países repasados aquí logró, en el período que cubren estos datos, revertir la tendencia de salida. Ni las democracias relativamente estables como Ghana o Senegal, ni los regímenes bajo tensión de seguridad como Mali o Burkina Faso, ni los estados en guerra abierta como Sudán. Eso no significa que todos fallen de la misma manera ni por las mismas razones, y ahí está el punto más incómodo de esta nota.
Separar la corrupción de lo humano
Es tentador —y cómodo— meter todo en la misma bolsa y llamarla «corrupción africana», una etiqueta que ahorra pensar y además suena a sentencia. Los datos de este relevamiento obligan a separar dos fenómenos que se parecen, pero no son lo mismo.
Está la corrupción como sistema: funcionarios que cobran por mirar para otro lado en un puesto fronterizo, policías que extorsionan a quien intenta cruzar, redes de tráfico que operan con protección estatal o con la complicidad de la mirada ausente del Estado. Eso está documentado, de manera desigual según el país, y es responsabilidad de quien gobierna, no de quien migra. Cuando un régimen prolonga indefinidamente un servicio militar obligatorio —el caso eritreo es el ejemplo de manual— y ese servicio se convierte en la primera causa de fuga de su juventud, no hay forma de disolver esa responsabilidad en «la cultura» o «la pobreza estructural». Es una decisión de gobierno con nombre y apellido institucional.
Hay también una tentación de explicar la fragilidad institucional de estos países como un problema de capacidad, casi de carácter: «No saben gobernar». Es un argumento cómodo y falso, aunque la razón de fondo es más disputada de lo que suele presentarse. Una corriente influyente de la economía institucional —Daron Acemoglu y James Robinson, entre los más citados— sostiene que las potencias coloniales no construyeron Estados sino aparatos de extracción: invirtieron lo mínimo en administración para sacar oro, caucho, algodón o mano de obra, y casi nada en universidades o burocracias capaces de sostenerse solas.
Otros economistas del desarrollo —William Easterly es un caso conocido— matizan esa lectura y ponen más peso en la geografía, las epidemias, y en las decisiones que tomaron las propias élites locales después de la independencia, no solo en el diseño heredado. No hay consenso cerrado sobre cuánto pesa cada factor, y una nota que se jacta de precisión no debería fingir que lo hay.
Lo que sí es más difícil de discutir es el hecho bruto: cuando esas colonias se independizaron entre 1957 y 1975, heredaron fronteras trazadas para la conveniencia europea y aparatos estatales pensados para extraer, no para gobernar. Cuánto de la fragilidad actual viene de ese molde original y cuánto de seis décadas de decisiones propias —buenas y malas— es, precisamente, la pregunta que esta nota no puede cerrar con los datos que tiene.
Y después está lo humano, que es otra cosa: el conflicto armado que no elige bando entre corruptos y honestos, la sequía que no le pregunta a nadie su afiliación política, la guerra en Sudán que desde 2023 desplaza a millones sin que exista un funcionario corrupto puntual al que atribuírsela. El Sahara mata por sed, no por soborno.
El error de la nota fácil es fusionar ambas cosas en una sola narrativa moral, la del continente disfuncional. El error contrario, el de la corrección política perezosa, es borrar la responsabilidad institucional detrás de un paisaje de fatalidad climática. Ninguna simplificación ayuda, y las dos, curiosamente, terminan beneficiando a quien gobierna mal: a la primera la usa para decir «así es África», a la segunda para decir «no fue mi culpa, fue el clima».
Ceuta, el espejo más cercano
No hace falta cruzar el Sahara para ver esto en carne propia: hay un ejemplo a un paso de España, y sería raro cerrar esta nota sin nombrarlo. En mayo de 2021, España acogió por razones humanitarias a Brahim Ghali, líder del Frente Polisario, que reclama la independencia del Sáhara Occidental frente a Marruecos. Ese gesto desató una crisis diplomática, y una de sus consecuencias fue la entrada de en torno a diez mil personas por el paso de El Tarajal, en Ceuta.
No fue casualidad ni desborde espontáneo: especialistas coinciden en que Marruecos modula el flujo migratorio según sus propios intereses para arrancarle concesiones a España o a la Unión Europea, y que la dependencia europea de terceros países para contener la migración —externalizada, como quien tercioriza un problema incómodo— deja a España en una posición de rehén político.
Hay hasta una etiqueta académica para esto. La politóloga Kelly M. Greenhill la llama «coercive engineered migration»: el uso deliberado, o la amenaza, de flujos migratorios como palanca para obtener concesiones de otro Estado. No es una hipótesis marginal: el propio Parlamento Europeo condenó en 2021 el uso por parte de Marruecos del control fronterizo, de la migración y en particular de menores no acompañados como mecanismo de presión contra España. Y la instrumentalización no fue solo bilateral: en medio de esa crisis, el embajador israelí ante la ONU llegó a cuestionar la soberanía española sobre Ceuta, mientras la Casa Blanca responsabilizaba a las políticas «globalistas» del gobierno español —una convergencia retórica que no prueba coordinación, pero sí muestra cuántos actores externos encuentran rédito en meter la cuchara.
Lo que sorprende es que la historia se repitió, con otro gatillo, apenas unas semanas antes de escribir esto. A fines de julio de 2026, el gobierno español estimó que unas 72.000 personas accedieron de forma irregular a Ceuta en apenas dos días, el episodio más grande en la frontera hispano-marroquí desde 2021. Pedro Sánchez lo calificó de «violación de la integridad territorial» y pidió una respuesta coordinada de la Unión Europea, aunque exculpó a las autoridades marroquíes; la inteligencia española, en cambio, concluyó que Marruecos permitió y aprovechó la entrada masiva, aunque no la planeó.
Puertas adentro, la crisis se transformó de inmediato en munición de campaña: una ministra del gobierno acusó a la oposición de hacer un uso «propagandístico y electoral» del episodio, mientras Sánchez atribuyó parte de lo ocurrido a la tergiversación de un fallo judicial, a la desinformación de redes rusas e israelíes y a una «internacional ultraderechista» que, dijo, usa la migración para atacar tanto a España como a Europa.
Ninguna de esas versiones es neutral, y esa es justamente la cuestión: no hace falta cruzar el océano para ver el mismo mecanismo que describe esta nota sobre Mali o Eritrea. Un país vecino que abre o cierra el grifo migratorio según lo que necesita negociar, un gobierno que administra el relato según a quién le conviene culpar, una oposición que capitaliza el miedo, una prensa internacional que elige el ángulo que mejor le sirve a su propia disputa.
La migración, una vez más, deja de ser sobre quien migra y pasa a ser sobre quien la usa.
El mundo achicado a lo cotidiano
Todo esto puede sonar lejano, algo que les pasa a otros, en otro continente, con otras reglas. Pero no hace falta cruzar el Sahara para ver el mismo dibujo repetido en miniatura, y ahí quizás se entienda mejor. En Madrid, en Marbella, en Tenerife, como en Pilar, provincia de Buenos Aires, miles de familias eligen vivir en urbanizaciones cerradas, con guardia las veinticuatro horas, cámaras, barreras, perímetro vigilado. Lo hacen, dicen, para estar seguros. Y es cierto: adentro se está seguro. Lo que rara vez se pregunta es de qué, exactamente, hace falta protegerse tanto.
En la ciudad de Buenos Aires, el barrio más caro y elegante, Barrio Parque, tiene a apenas unos cientos de metros a la Villa 31, uno de los asentamientos informales más grandes y densos del país. Dos mundos que se tocan la vereda y no se hablan. No es una anomalía de Buenos Aires: es la fotografía más chica de lo mismo que describe esta nota a escala continental. La misma lógica que empuja a alguien a cruzar el Sahara o el Atlántico en un cayuco es, guardando todas las proporciones, la que separa con un muro y una cámara a quien vive de un lado del que vive cruzando la calle.
No es una crítica a nadie en particular
Ni a quien migra buscando algo mejor, ni a quien se encierra buscando sentirse a salvo. Es, apenas, una manera de achicar el mapa: cuando el mundo se vuelve chico, del tamaño de una cuadra, de un barrio, de una reja, la desigualdad deja de ser una estadística de la OIM y se convierte en algo que cualquiera puede reconocer sin necesitar un mapa de rutas migratorias. Se entiende mejor lo grande cuando se lo mira en lo chico.
Lo que falta, dicho sin vergüenza
Para buena parte de los países listados aquí, la investigación original que sirvió de base repite una misma frase como un estribillo incómodo: faltan cifras verificadas de corrupción, de actores armados, de precios exactos por tramo de ruta. Esa ausencia no es un defecto de esta nota, es un dato en sí mismo. Significa que buena parte de lo que se paga, se soborna y se extorsiona en el camino hacia Europa ocurre en una zona sin auditoría, sin recibo, sin testigo que sobreviva para contarlo con precisión. Esa opacidad —esa falta de números— es, a su manera, otra forma de corrupción: la de no querer medir aquello que resultaría demasiado incómodo de mostrar.
Cierre
Quedan preguntas abiertas a propósito, porque cerrarlas ahora sería mentir con prolijidad.
¿Cuánto de lo que empuja a un joven de Bamako, de Banjul o de Asmara a cruzar un desierto es decisión de un gobierno y cuánto es la simple aritmética de no tener otra opción sobre la mesa? ¿Cuánto pesa todavía el molde colonial y cuánto pesan seis décadas de decisiones tomadas después, por gobiernos propios? ¿Cuánto del dinero que cobra un traficante en Agadez termina en el bolsillo de un uniforme? Nadie tiene todavía esos números completos. Puede que no los tenga nunca, porque el desierto no entrega recibos y el mar tampoco.
He dejado la crisis sanitaria del Ébola para una próxima.
Fuentes
- IOM, Missing Migrants Project, 2024–2025 — missingmigrants.iom.int
- IOM DTM, Irregular Migration Routes to Europe (ruta Atlántica y Mediterráneo Central) — dtm.iom.int
- Africa Center for Strategic Studies, African Migration Trends to Watch in 2025 — africacenter.org
- Mixed Migration Centre, Keeping Track in Europe (datos Frontex) — mixedmigration.org
- ACNUR / World Migration Report 2024–2026 (OIM) — worldmigrationreport.iom.int
- Caminando Fronteras, informe anual sobre la ruta Atlántica (sus cifras de muertos suelen ser varias veces más altas que las de la OIM; se citan ambas fuentes por separado, no promediadas, dada la disparidad metodológica)
- Acemoglu, D. y Robinson, J., Why Nations Fail (2012), sobre instituciones extractivas coloniales en África subsahariana
- Easterly, W., trabajo sobre determinantes alternativos del desarrollo económico (geografía, salud pública, calidad de las élites poscoloniales),citado aquí como contrapunto a la lectura puramente institucionalista.
- European Parliament, Resolution on the breach of the UN Convention on the Rights of the Child… migratory crisis in Ceuta (2021/2747(RSP))
- The Conversation, Ceuta: claves para entender el laberinto de una crisis migratoria permanente
Las cifras de 2025 sobre la ruta de Canarias provienen de reportes recientes de la OIM y deben confirmarse contra el informe primario antes de su publicación definitiva.
