No necesito entenderte
Hay personas que permanecen incomprensibles
Hay personas que uno no termina de comprender. Por más que las observe, por más que intente encontrar una explicación en sus palabras, en sus gestos o en la forma en que miran el mundo, siempre queda algo que se escapa.
Contigo me ocurre eso. Hay en tu manera de entender la vida algo que está lejos de mi forma de verla. Tus valores, tus decisiones, tu manera de relacionarte con las cosas y con las personas pertenecen a un lugar distinto al mío. Y no digo que uno de los dos tenga razón. Quizá simplemente miramos desde lugares diferentes.
Con el tiempo he aprendido que no todo tiene que ser comprendido para poder ser aceptado. Hay personas cuya forma de vivir nos resulta ajena, y eso no las convierte en mejores ni en peores. Simplemente diferentes.
Respetar no significa acercarse
Y una cosa no tiene por qué quitar la otra. No necesito entenderte para tratarte con respeto. Si eres amable conmigo, lo seré contigo. Si existe respeto, habrá respeto por mi parte. No porque exista entre nosotros una afinidad que no siento, ni porque necesite encontrar una cercanía que nunca nació. Sino porque tu manera de ser no me obliga a dejar de ser quien soy. Quizá ahí esté la verdadera diferencia entre respetar a alguien y querer tenerlo cerca.
No quiero llamar a las cosas por un nombre que no les corresponde
No quisiera confundir las cosas. No te veo como pareja. Tampoco siento que exista entre nosotros esa amistad que nace de la necesidad de compartir lo que uno lleva dentro. No siento la necesidad de acercarme más, de construir una intimidad ni de convertir este encuentro en algo diferente de lo que realmente es.
Hay personas con las que la vida nos invita a caminar durante mucho tiempo. Y hay otras con las que simplemente coincidimos en algún tramo del camino. Eso también forma parte de la vida. No es desprecio. No es rechazo. Es distancia. Una distancia que, cuando se acepta sin resentimiento, puede ser incluso una forma de respeto.
La vida también decide a quién pone en nuestro camino
Porque tampoco elegimos siempre a las personas que aparecen en nuestra historia. A veces la vida pone delante de nosotros a alguien que jamás habríamos buscado. Alguien que llega sin que lo esperemos, que ocupa un lugar que no habíamos reservado para nadie y que, de alguna manera, termina formando parte de nuestro paisaje.
No lo elegimos. No lo pedimos. Pero ocurre. Y quizá madurar consista también en aceptar esas coincidencias sin intentar convertirlas en algo que no son.
Aceptar el lugar que cada uno ocupa
Tú estás en mi camino. Y eso es un hecho. Lo que no quiero hacer es cambiarle el nombre a ese encuentro. No quiero llamar cercanía a lo que es distancia, ni afinidad a lo que no la tiene, ni sentimiento a lo que nunca sentí. Prefiero la verdad, aunque sea sencilla.
Lo que el tiempo decida
Tal vez con el tiempo todo resulte más fácil. Tal vez aprendamos a tratarnos con esa cordialidad que no necesita promesas, explicaciones ni expectativas. Una cordialidad tranquila, de esas que no exigen nada y que permiten que cada uno siga su propio camino. O quizá la vida vuelva a mover sus piezas y termine colocándonos en lugares distintos. No lo sé.
No necesito entenderte para respetarte
Lo único que sé es que no necesito comprenderte para respetarte. Tampoco necesito acercarme para reconocer que, de alguna manera, nuestros caminos tenían que encontrarse. Quizá ese sea el único significado que necesite darle a todo esto. Nos encontramos. Coincidimos. Y ahora cada uno tendrá que seguir caminando desde el lugar que le corresponde.
Lo que venga después ya no necesita ser decidido. A veces basta con dejar que la vida haga lo que siempre ha sabido hacer: poner cada cosa, y a cada persona, en su sitio.
