El ego, la conciencia y la vida cotidiana

Yo del ego no sé demasiado.

Sé lo que sabe cualquiera que haya escuchado hablar de «trabajar el ego» o «soltar el ego»: que es algo que llevamos adentro y que convendría tener bastante controlado, como una mascota un poco traviesa. Tengo una amiga —todos tenemos una amiga así— que comparte frases espirituales a primera hora de la mañana y que, si uno le señala que le dio mal el vuelto en el kiosco, responde con total serenidad: «Eso es tu ego hablando.» Una vez la encontré destruida porque su novio la había dejado por WhatsApp. Le pregunté cómo estaba.

—Trabajando mi ego —me dijo.

La abracé, porque no supe qué otra cosa hacer. Pero después me quedó dando vueltas la frase. Si el ego es tan importante, ¿qué es exactamente? ¿Es el culpable de nuestro sufrimiento? ¿Qué significa, en la práctica, «soltarlo»? Como no tengo respuesta propia, hice lo que suelo hacer: buscar a quienes llevan más tiempo pensando el asunto.

Esto no es una explicación definitiva. Es apenas un recorrido.

Lo que Freud llamaba «yo»

Cuando decimos «ese tipo tiene mucho ego» pensamos en alguien vanidoso. Pero para Freud, el yo no era eso. Era la parte de nosotros que tiene que negociar entre lo que deseamos, lo que las normas permiten y lo que la realidad ofrece. Dicho de otro modo: uno quiere algo, el mundo dice que no, y ahí aparece una parte nuestra tratando de encontrarle la vuelta. Para Freud, tener un yo funcional no es un problema. Es lo que nos permite postergar un capricho, evaluar consecuencias y no vivir en llamas permanentes.

Así que si alguien nos dice «hay que eliminar el ego», cabe preguntar: ¿cuál de todas sus partes? ¿La vanidad? ¿La capacidad de decir «yo quiero esto»? No son lo mismo.

La pregunta de Ramana Maharshi

Un referente espiritual indio proponía algo más radical que controlar la vanidad: investigar quién es ese «yo» que damos por supuesto. No preguntar «¿quién soy?» para responder con el nombre, la edad y el trabajo —eso ya lo sabemos—, sino ir a la raíz: ¿quién es el que dice todas esas cosas? Acá la diferencia con Freud es enorme. Uno intenta entender cómo funciona la maquinaria. El otro pregunta quién es el que cree estar manejándola.

El budismo y una idea incómoda

El budismo va todavía más lejos con la noción de «no-yo». No significa que no existamos ni que nada importe. Significa que quizás no haya, detrás de nosotros, una estatua fija e inmutable, sino más bien un proceso que cambia todo el tiempo. Y esto, aplicado a la vida diaria, es interesante: solemos decir «yo soy así» como si lleváramos treinta años esperando que el mundo por fin nos reconozca. «Soy celoso.» «No perdono.» «Soy muy sensible.»

Pero quizás sea más honesto decir: «esto es lo que está pasando en mí ahora.» En la primera frase hay una identidad tallada en piedra. En la segunda, apenas una fotografía momentánea.

¿Es el ego el culpable de todo?

Acá conviene frenar, porque «el ego» se volvió la explicación cómoda para cualquier cosa: discutimos, es el ego; no nos dan el trabajo, es el ego; estamos tristes porque nos dejaron, también el ego.

Pero la vida es menos ordenada. El Buda hablaba de «las dos flechas»: la primera es el dolor inevitable —perder a alguien, envejecer, que algo que queríamos no suceda—. La segunda es el sufrimiento extra que le agregamos encima, con la historia que nos contamos sobre ese dolor. Byron Katie, ya en tiempos más recientes, construyó todo un método —»The Work»— alrededor de esa misma idea: no es la realidad la que nos hace sufrir, sino los pensamientos que creemos sin cuestionar.

Y ahí conviene no cometer una crueldad disfrazada de espiritualidad: no todo dolor necesita ser interpretado. Algunos dolores no piden una teoría. Piden ser atravesados.

La segunda capa

Hay una diferencia entre sufrir y construirle una historia al sufrimiento. Me dejan: eso duele. Pero después puede aparecer otra cosa: «¿cómo pudo dejarme a mí?», «¿qué dice esto de mí frente a los demás?». Ahí el dolor original se mezcla con la imagen que tenemos de nosotros mismos, y todo se vuelve más pesado.

Eckhart Tolle le puso nombre a esa mezcla: la llamó «cuerpo del dolor», una especie de reserva de heridas viejas que se activa apenas aparece una nueva y la agranda. Thich Nhat Hanh, por su lado, insistía en que ese dolor acumulado no se combate: se reconoce, se lo deja estar, sin pelear con él. Cuando una corrección nos suena a humillación, cuando pedir perdón nos parece insoportable, cuando el éxito ajeno nos cuesta festejar: ahí quizás sí convenga hablar de ego.

No estamos defendiendo una verdad. Estamos defendiendo una imagen —la que Carl Rogers llamaba el «yo ideal», ese que tratamos de sostener frente a los demás cueste lo que cueste.

Un espacio pequeño

En el lenguaje espiritual contemporáneo aparece una idea parecida: la de observar lo que pasa adentro nuestro sin fundirnos automáticamente con eso. Alguien nos habla mal y, antes de contestar, aparece una tensión, una frase lista para devolver.

Viktor Frankl, que sobrevivió a los campos de concentración, dejó una frase que resume esto mejor que cualquier explicación: entre el estímulo y la respuesta hay un espacio, y en ese espacio está nuestra libertad de elegir. Jon Kabat-Zinn tomó esa misma intuición y la volvió práctica: llevó la meditación a los hospitales, no para dejar de sentir, sino para poder mirar lo que se siente sin reaccionar en automático.

Entre ese impulso y la respuesta hay, a veces, un pequeño espacio. No es gran cosa. Pero ahí, tal vez, empieza la conciencia: no en dejar de sentir bronca, sino en darnos cuenta de que la estamos sintiendo.

Entonces, ¿qué hacemos con todo esto?

Probablemente mucho menos de lo que imaginamos. No hace falta desaparecer ni mudarse a un monasterio. Alcanza, quizás, con observar: qué nos pasa cuando alguien nos contradice, por qué necesitamos tanto que cierta persona nos dé la razón, cuándo una discusión dejó de ser sobre el tema y pasó a ser sobre quién gana.

Pema Chödrön, monja budista conocida por su costado sin solemnidad, suele repetir algo parecido: la idea no es resolver la incertidumbre, sino poder quedarse en ella un rato sin salir corriendo. Carl Jung, mucho antes, hablaba de «integrar la sombra»: no eliminar lo que no nos gusta de nosotros, sino animarse a mirarlo de frente.

La diferencia se nota en frases chiquitas: «me equivoqué», dicha sin agregar una excusa después. Alegrarse por el otro sin preguntarse qué significa su suerte para uno. Decir «no sé», que es tal vez la frase más incómoda que existe para el ego.

La trampa del ego espiritual

Y acá una vuelta de tuerca: podemos empezar buscando liberarnos del ego y terminar fabricando uno nuevo, vestido de blanco. El que medita más que los demás, el que ya no se engancha, el que mira al resto y piensa «pobrecitos, todavía atrapados».

El maestro tibetano Chögyam Trungpa le puso nombre a esto hace décadas: «materialismo espiritual», la costumbre de usar las herramientas espirituales para inflar el ego en vez de soltarlo. Alan Watts decía algo parecido, con más ironía: que la persona que presume no engancharse con nada suele ser, en el fondo, la más enganchada de todas —solo que ahora con el desapego como bandera.

Es el mismo personaje de siempre, con otro disfraz. Una de las señales de que algo no funciona es, justamente, la necesidad de demostrar que sí funciona.

Para terminar

Mi amiga, aquella mañana, probablemente tenía algo de razón: había orgullo, había una imagen de sí misma difícil de sostener. Pero también estaba triste porque la habían dejado, y eso no necesitaba una teoría.

Con el tiempo uno sospecha que la conciencia no es dejar de sentir, ni volverse una persona perpetuamente en paz. Es algo más modesto: poder mirar lo que nos pasa sin convertirlo automáticamente en un capítulo sobre nosotros mismos. Porque no todo rechazo dice que valemos menos, no todo desacuerdo es una falta de respeto, no todo fracaso define quiénes somos.

El hombre de todos los días

El que trabaja, se equivoca, pierde, se enoja y a veces llora cuando nadie lo ve, no necesita iluminarse.

Necesita, apenas, recordar que puede perder sin volverse un perdedor, pedir perdón sin desaparecer, escuchar sin sentirse derrotado. Y que detrás de tanto que defendemos con uñas y dientes, hay a veces solamente una imagen que tenemos miedo de perder.

Trabajar el ego, entonces, no sería destruir esa imagen. Sería, de vez en cuando, recordar que es solo eso: una imagen. Y que somos algo un poco más grande —o más misterioso— que la historia que contamos sobre nosotros mismos. Aunque, por supuesto, también podemos estar equivocados. Y reconocer eso ya sería un buen lugar para empezar.