Temperamento o carácter: la diferencia que puede ahorrarnos más de una discusión

Procurar entendernos mejor

Hay frases que forman parte del paisaje cotidiano. Una de ellas aparece en reuniones familiares, oficinas, cafés y hasta en la cola del supermercado.

—¡Qué carácter tiene esa persona!

Generalmente la frase llega después de un portazo, una mala contestación o un episodio donde alguien decidió que esperar treinta segundos era una tragedia griega.

Todos entendemos lo que quiere decir. O eso creemos. Porque, curiosamente, cuando decimos que alguien «tiene mucho carácter», casi siempre estamos describiendo otra cosa: un temperamento intenso. Es decir, una persona impulsiva, emocional, explosiva o de reacciones rápidas. Y esa pequeña confusión no es un simple detalle de diccionario. Entenderla puede mejorar nuestra manera de mirar a los demás… y también de mirarnos al espejo.

Lo que recibimos y lo que construimos

La psicología suele distinguir entre temperamento y carácter. El temperamento es el punto de partida. Tiene una importante base biológica y aparece desde muy temprano. Hay niños que parecen venir al mundo con un manual zen bajo el brazo. Otros llegan convencidos de que cualquier demora constituye una ofensa personal.

El psicólogo Jerome Kagan, uno de los grandes investigadores del desarrollo infantil, dedicó décadas a estudiar estas diferencias. Sus investigaciones mostraron que ciertos rasgos temperamentales aparecen desde los primeros meses de vida y tienen un fuerte componente biológico. Es decir, no todos arrancamos desde el mismo lugar.

El carácter, en cambio, se va formando. Lo construyen la educación, las experiencias, los valores, los hábitos y las decisiones que repetimos durante años. Dicho de manera sencilla: el temperamento es la materia prima; el carácter es la obra. Y esa es una buena noticia.

No es lo mismo sentir que actuar

A veces confundimos ambas cosas. Conocemos personas de temperamento volcánico que jamás harían daño deliberadamente. Se enojan, levantan la voz, diez minutos después ya prepararon café y hasta preguntan si alguien quiere otra porción de torta.

También conocemos personas serenísimas. Hablan despacio, sonríen siempre y jamás parecen alterarse. Hasta que un día descubrimos que llevan años incumpliendo promesas, manipulando situaciones o desapareciendo cuando más se las necesita. La calma no siempre es virtud. El enojo tampoco es maldad. Las emociones hablan del temperamento. Las decisiones repetidas hablan del carácter.

Hace más de dos mil años, Aristóteles sostenía que el carácter no era un regalo del nacimiento sino el resultado de los hábitos. Nadie se vuelve justo por accidente ni paciente por decreto. Nos vamos convirtiendo en aquello que practicamos una y otra vez.

Es una idea antigua que sigue teniendo sorprendente actualidad.

El gran negocio del «yo soy así»

Existe una frase que merece figurar entre las excusas más exitosas de la historia.

«Yo soy así.»

Tiene una eficacia admirable.

—Llegás siempre tarde.

—Yo soy así.

—Tratás mal a todo el mundo.

—Yo soy así.

—Nunca pedís perdón.

—Yo soy así.

En muchos casos, esa respuesta no describe una identidad. Describe una renuncia. Porque una cosa es aceptar nuestro temperamento y otra muy distinta utilizarlo como permiso para no cambiar nunca. El psiquiatra Viktor Frankl escribió una frase que sigue iluminando este asunto: entre el estímulo y la respuesta existe un espacio. En ese espacio reside nuestra libertad para elegir.

Quizá el temperamento explique el primer impulso. El carácter empieza en la respuesta que finalmente damos.

La convivencia no necesita personas idénticas

Buena parte de nuestros conflictos nacen de una expectativa imposible: creemos que los demás deberían reaccionar como nosotros. Queremos que el reservado hable más. Que el hablador haga pausas. Que el prudente decida rápido. Que el impulsivo piense antes de abrir la boca. Y ya que estamos, que el adolescente ordene su habitación por iniciativa propia.

Hay milagros más probables.

El psiquiatra Luis Rojas Marcos suele recordar que comprender las diferencias humanas fortalece la convivencia. No todos sentimos igual, no todos procesamos las emociones del mismo modo ni todos necesitamos las mismas cosas para recuperar el equilibrio. Comprender eso no elimina los conflictos. Pero evita muchos juicios apresurados.

Educar el carácter

Durante mucho tiempo se creyó que el éxito dependía exclusivamente de la inteligencia. Después llegó otro concepto.

El psicólogo Daniel Goleman popularizó la inteligencia emocional y mostró algo que hoy parece evidente: reconocer las propias emociones, regularlas y comprender las de los demás también es una forma de inteligencia. No elegimos la primera emoción que aparece. Sí podemos aprender qué hacer con ella. Eso significa educar el carácter. Y esa tarea nunca termina.

Una buena noticia para todos

Hay personas que jamás dejarán de ser más sensibles. Otras siempre serán más impulsivas. Algunas necesitarán silencio para pensar. Otras pensarán hablando.

No pasa nada. El problema nunca fue ser distintos. El problema empieza cuando creemos que nuestra forma de ser es la única razonable. Quizá por eso convenga revisar aquella frase tan repetida. La próxima vez que alguien diga: «¡Qué carácter tiene esa persona!», tal vez podamos sonreír y pensar que, en realidad, está hablando de su temperamento.

El carácter es otra historia. Es la historia que escribimos cada día con nuestras decisiones. Y esa historia, por suerte, permanece abierta. Porque comprender que no todos sentimos igual no significa justificar cualquier conducta. Significa algo mucho más humano: dejar de etiquetar tan rápido, escuchar un poco más y recordar que todos estamos aprendiendo a convivir con el temperamento que recibimos y el carácter que vamos construyendo.

Al fin y al cabo, ese es el verdadero desafío de vivir en sociedad: no tener siempre la razón, sino procurar entendernos mejor.