163 países

Hay trabajos que se miden en horas. El mío se medía en calendarios enteros.

Durante veintiocho años tuve una vida bastante ridícula si la pienso fría: quince días en casa, quince días en cualquier rincón del planeta. Un lunes me despertaba en Buenos Aires pensando en qué iba a cenar. El miércoles siguiente me despertaba en Johannesburgo sin saber ni en qué día vivía. Dos semanas después, Bangkok. Después Lima. Después Varsovia. Después un aeropuerto genérico donde el café siempre sabía a lo mismo —a decepción— pero el cartel del baño cambiaba de idioma cada rato.

Si sumo todos esos días sueltos, me da que viví catorce años lejos de mi casa. Dicho así, con la calculadora en la mano, suena a hazaña. Como para que te inviten a dar una charla TED. Pero después hacés la cuenta al revés y la hazaña se te cae un poco.

Porque esos catorce años los vivió otra persona apagando las luces sin mí. Buscando llaves perdidas, llevando a un pediatra a alguien que no quería ir, yendo a reuniones de padres donde probablemente hablaron mal de mi hija y yo ni me enteré. Arreglando canillas que gotean, que es la catástrofe doméstica menos heroica del universo, pero la que más rompe las pelotas a las tres de la mañana.

Los mapas te marcan bien las fronteras entre Bolivia y Chile. Nadie te marca dónde empieza y dónde termina una familia cuando uno de los dos falta la mitad del tiempo.

Los países que no salen en los folletos

Con los años terminé pisando ciento sesenta y tres países. Es un número que impresiona en las cenas. Yo también me impresionaría si no me acordara cómo fueron muchos de esos viajes.

No conocí el mundo como lo conoce un turista con guía y protector solar. Lo conocí con jet lag, que es una forma de conocer el mundo bastante parecida a conocerlo borracho: todo te queda medio borroso y al otro día no te acordás bien qué ciudad era. Reuniones que arrancaban antes de que saliera el sol. Hoteles donde todas las ventanas daban al mismo edificio gris, como si fuera siempre el mismo hotel disfrazado con distinto nombre en la entrada.

Cenas de trabajo sonriendo mientras por dentro calculaba la diferencia horaria para saber si en casa ya habían cenado, si ya se habían peleado por la tarea, si ya se habían olvidado de mí por un rato, que tampoco estaba tan mal.

Vi ciudades hermosas, sí. Pero también vi otras. Ciudades donde acababa de explotar algo. Países donde la plata de la mañana ya no servía a la tarde. Aeropuertos vacíos por una epidemia, como escenografía de película que nadie quiere protagonizar. Uno aprende rápido que las noticias duran una semana en la tele. La gente que vive ahí adentro se queda mucho más.

Los cumpleaños no se negocian

Hay un dato que sorprende más que el numerito de los ciento sesenta y tres países: nunca me perdí un cumpleaños de mi hija. Ni uno. No fue un milagro ni una virtud especial. Fue directamente tozudez de mula. Había reuniones que se movían. Clientes que aprendían a esperar, aunque no les gustara. Vuelos que se cambiaban a fuerza de plata y de mala cara en el mostrador.

Los cumpleaños, no. Ahí no negociaba ni loco.

Todavía me acuerdo de más de una corrida digna de dibujito animado. Salir de una reunión mirando el reloj cada treinta segundos como si eso lo hiciera andar más rápido. Cruzar un aeropuerto entero corriendo con el equipaje, convencido de que el bolso tenía piernas propias y las estaba usando en mi contra. Dormir doblado en tres asientos de avión, con el cuerpo en una posición que ningún kinesiólogo aprobaría.

Llegar despeinado, con barba de dos continentes distintos y el reloj interno convencido de que era martes, aunque en casa ya fuera jueves y todos hubieran seguido con sus vidas sin consultarme. Y entonces abría la puerta. Ella corría. Y el cansancio, que hasta un segundo antes parecía invencible, perdía la pelea sin siquiera pedir la revancha.

El que se queda también viaja, aunque no junte millas

Con los años entendí que esta historia nunca fue mía sola, por más que la cuente en primera persona porque total el pasaporte es mío. Mientras yo cruzaba océanos, alguien cruzaba los días, uno por uno, sin escala ni upgrade a business. Yo acumulaba millas. Esa persona acumulaba decisiones. Yo aprendía dónde quedaba Uzbekistán en el mapa. Ella sabía exactamente dónde estaba la vacuna, el boletín, el uniforme limpio y el cuaderno firmado, que es un conocimiento infinitamente más útil que saber ubicar Uzbekistán.

Hay trabajos que te pagan un sueldo. Hay otros que sostienen el mundo entero y no dan ni recibo. Sin ese trabajo invisible, el mío habría sido literalmente imposible, no una frase linda: imposible en serio.

La presencia tiene otro mapa

Mucha gente da por hecho que la distancia rompe a las familias. Yo ya no estoy tan seguro. Conocí padres que dormían todas las noches en su cama, a dos metros de sus hijos, y sin embargo hacía años que no hablaban con ellos de nada que importara. Y conocí gente que vivía a diez mil kilómetros y se las arreglaba para estar más presente que muchos que estaban ahí nomás, en el living, mirando el celular. La distancia se mide en kilómetros. Para la presencia todavía nadie inventó la unidad de medida. Y sospecho que, si alguien la inventara, ganaría un Nobel más útil que la mitad de los que se entregan.

El tiempo no da vuelto

Cuando estaba en casa no intentaba «recuperar el tiempo perdido», porque enseguida entendí que esa frase es un invento de calendario. El tiempo no da vuelto. Nunca. Lo único que se puede hacer es prestar atención mientras se puede. Entonces aparecían los desayunos que duraban una hora sin ningún motivo. Los actos de la escuela, con esas canciones que uno no sabe si son hermosas o directamente insoportables. Las tardes sin reloj. Las caminatas sin destino, esas que un ejecutivo con espíritu de aeropuerto encuentra al principio angustiantes y después, con sorpresa, hermosas.

Descubrí que se puede vivir una tarde entera sin mirar el teléfono. Para alguien que pasó media vida esperando vuelos, eso es casi un superpoder.

Lo que entendí después, ya tarde, pero entendido al fin

Durante años pensé que viajaba por trabajo. Después entendí que en realidad trabajaba para volver. Es casi un juego de palabras, pero cambia todo. Porque uno puede conocer ciento sesenta y tres países, aprender veinte formas de saludar, dormir mirando techos de todos los colores posibles, y terminar descubriendo que los aeropuertos se parecen mucho más entre sí de lo que admiten los folletos turísticos —todos con la misma tienda de perfumes, el mismo bar caro, la misma señora limpiando el mismo piso brillante.

Y con el tiempo entendí otra cosa más, esta ya más seria, se las dejo para el final porque si no arranco con esto capaz nadie llegaba hasta acá. Detrás de cada contrato que yo firmaba en algún hotel con wifi lento había gente trabajando de verdad. Acá y en otros países. Fábricas produciendo, proveedores creciendo, familias que vivían de un trabajo que existía porque alguien había cruzado un océano para abrir un mercado o sostener un cliente tres años más de lo que el cliente merecía. Cada exportación era plata que entraba, sí, pero también era una changa, un sueldo, una changa que se transformaba en changa fija, alguien que podía pagar el alquiler ese mes.

Del comercio exterior se habla siempre en números. A mí, después de tanto vuelo, me terminó quedando como historia de personas. Porque detrás de cada contenedor que salía había hombres y mujeres que gracias a eso seguían laborando. Y esos viajes míos, con todo lo que me costaron en ausencias, en cumpleaños corridos, en jet lag existencial, también iban detrás de algo bastante simple: que hubiera pan, paz y trabajo, aunque sea un poco más del que había antes.

No tengo respuesta para todo. Después de tantos vuelos uno desconfía hasta de las cosas de las que estaba seguro. Solo sé que cuando miro el pasaporte lleno de sellos ya no veo nada más los países. Veo las noches que no conté. Veo a la persona que hizo posible cada uno de mis regresos. Veo a los miles de laburantes que sin saberlo le daban sentido a cada viaje mío.

Y sospecho, cada vez con más ganas de creerlo, que en el medio de todo eso —las ausencias, los regresos, los contenedores, el pan y la paz y el trabajo— estaba pasando el viaje más importante de todos. Y yo, que me la pasé volando, casi ni me di cuenta.