El arte de desaparecer (sin haber hecho mucho ruido)
Dicen los que saben de estas cosas —que generalmente son los que ya están más cerca del arpa que de la guitarra— que la vida es un proceso constante de ir perdiendo cosas. Primero son las llaves, después la paciencia, más tarde la memoria del nombre de aquel vecino que te saluda todas las mañanas, y finalmente, aunque no lo queramos aceptar, nosotros mismos.
La humanidad es un tamiz de agujeros enormes. Retenemos lo justo para no volvernos locos, como quien viaja en un tren y mira por la ventana: el paisaje se borra apenas dejamos de mirarlo. Nos creemos importantes, nos ponemos nombres en edificios, imprimimos nuestra cara en billetes que luego se devalúan y, sin embargo, el olvido, ese animal paciente y sigiloso, nos acecha detrás de cada esquina.
La insoportable levedad de ser recordado
Hagamos un ejercicio de honestidad brutal.
Si salimos hoy a la calle —aquí, en Buenos Aires, o en cualquier otra metrópoli donde el café se toma rápido y el reloj es el único dios verdadero— y le preguntamos al transeúnte promedio quién fue Jorge Luis Borges, el tipo que escribió aquel laberinto de espejos y tigres, probablemente nos mire como si le estuviéramos pidiendo una moneda. O peor: nos dirá, con la seguridad de quien cita una enciclopedia, que es un personaje secundario de algún viejo sketch de Alberto Olmedo en televisión.
Y eso que ese hombre, el de los libros, se esforzó. Escribió, recorrió el mundo, fue ciego y fue sabio. Pero el olvido no entiende de méritos. El olvido es el gran igualador, el nivelador democrático que no discrimina entre un Premio Nobel y el señor que vendía diarios en la esquina de mi casa.
Las familias, ese núcleo que juramos que será nuestro refugio eterno, no son la excepción. Pregúntele a cualquier persona quién fue su tatarabuelo. A lo sumo, si hubo algún escándalo o una fortuna mal habida, el nombre sobrevive un par de generaciones más. Pero la mayoría de nosotros terminamos siendo una foto sepia en una caja de zapatos, un sujeto sin nombre que alguien mira con curiosidad antes de decir: «¿Quién será este?».
Sombras nada más
Hace poco, en un giro de los acontecimientos que parecen escritos por un guionista con ganas de confundir a la audiencia, nos llegó la noticia de la partida de aquel ídolo de masas, que movía multitudes como si fueran feligreses de una religión laica. Nos quedamos mudos, compramos sus discos, lloramos un par de tardes en las redes sociales, y a la semana siguiente, el algoritmo ya nos estaba vendiendo zapatillas o recomendando otra banda.
Es que el tango tenía razón: «una sombra tan solo serás».
No es una tragedia, aunque nos guste ponernos el saco del drama. Es, sencillamente, el contrato que firmamos al nacer. Venimos a esta fiesta, bailamos nuestra pieza, a veces pisamos a alguien, a veces nos sacan a bailar, y cuando la música para, nos vamos. Y lo más paradójico, lo que realmente debería hacernos sonreír con cierta ironía, es que nos preocupa tantísimo lo que dirán de nosotros cuando ya no estemos, cuando, en realidad, a los que se quedan no les va a quedar ni tiempo para acordarse de nuestra receta favorita de tuco o de nuestra manía de coleccionar encendedores que no prendían.
La esperanza de ser polvo (con estilo)
Entonces, ¿qué hacemos? ¿Nos resignamos a la nada? ¿Nos encerramos a llorar en un rincón esperando que el olvido se aburra y nos deje en paz? Claro que no. El secreto —si es que existe tal cosa, más allá de la buena suerte— no está en intentar ser eterno. Intentar ser eterno es el negocio más ruinoso de la historia. El secreto está en la intensidad del momento, en esa chispa que se enciende cuando compartimos una carcajada, cuando ayudamos a alguien a cruzar la calle, o cuando, simplemente, dejamos que el otro sea, sin tratar de convertirlo en una estatua de bronce.
Como decía Brandoni, aquel actor de mirada chispeante, que tanto nos hizo reír y pensar: quizás el objetivo no sea pasar a la historia, porque la historia suele ser aburrida y está llena de fechas que nadie recuerda. Quizás el objetivo sea, simplemente, ser un buen recuerdo. Un destello breve, cálido, algo que, cuando alguien te nombre dentro de treinta años frente a un café, provoque una sonrisa en lugar de un bostezo.
No aspiro a la inmortalidad. Me conformo con que, de vez en cuando, el viento traiga un olor a jazmines o a lluvia sobre tierra seca y alguien, en algún lugar, piense: «esto le hubiera gustado a aquel tipo». Y después, que siga su camino. Porque al final, el olvido no es un enemigo, es solo el destino necesario para que el que viene atrás tenga espacio para sentarse en la mesa.
Y así, mientras la vida sigue su curso, entre paradojas y olvidos, uno se va dando cuenta de que desaparecer no es tan malo, siempre y cuando, durante el rato que nos tocó estar, hayamos dejado el lugar un poquito más limpio, un poquito más cálido, o al menos, un poquito más divertido que como lo encontramos al llegar.
¿Se entiende, ¿no? O tal vez ya me olvidé de lo que estaba diciendo.
