Cosas que no se hacían

Sobre el honor, un barrio humilde y una palabra que ya casi no se pronuncia

Antes de hablar del honor debería aclarar algo: no lo conocí en los libros ni en las ceremonias donde se pronuncian discursos sobre valores que después nadie practica. Lo conocí de chico, en mi barrio. Y mi barrio era humilde.

No voy a decir que éramos mejores ni a convertir mi infancia en una postal. La pobreza no es una virtud y el pasado tampoco fue un paraíso. Pero había códigos, y entre ellos estaba el honor. Se sabía que había cosas que no se hacían. Que la palabra tenía valor. Que no se dejaba pagando a quien había confiado en uno. Uno podía tener muy poco, pero había algo que debía conservar.

Esas reglas no estaban escritas.

Se aprendían mirando, escuchando, viviendo. A veces bastaba una mirada para entender que uno había cruzado una frontera. No hacía falta dinero, ni apellido, ni estudios. En aquel barrio, algunos de los hombres que menos tenían eran los que más cuidaban su palabra.

Un honor sin gritos

El honor no era una pose. No consistía en defender el orgullo a los gritos, ni en imponer respeto por miedo, ni en cuidar las apariencias. Era hacerse responsable de lo que uno decía y hacía. Cumplir una promesa cuando ya no convenía. Reconocer un error sin buscar un culpable. No traicionar a alguien para sacar ventaja. Entender que la dignidad propia no se construye a costa de la ajena.

Los códigos alcanzaban incluso a quienes vivían fuera de la ley.

El ladrón robaba, pero no violaba ni mataba. Y no digo que robar fuera noble: digo que había límites que ni siquiera el que delinquía cruzaba. La policía tampoco era santa, pero uno podía circular tranquilo o acercarse a pedirle ayuda sin sentir que estaba cometiendo una ingenuidad.

No idealizo aquel mundo. También había hipocresías, abusos y gente que quedaba afuera de esos códigos, o aplastada por ellos. No quiero disfrazar injusticias de tradición. Pero sería injusto negar que existían reglas capaces de poner un freno.

Un presidente que se fue como llegó

Cuando busco un ejemplo de honor en la vida pública, pienso en Arturo Umberto Illia. Fue presidente de la Argentina entre 1963 y 1966, y los militares lo derrocaron. Se fue del poder sin fortuna y murió sin ella. En un país donde tantos llegan a la función pública para salir de ella más ricos, su figura sigue incomodando, justamente porque no hizo nada extraordinario: simplemente no se aprovechó.

No pido políticos impecables. Pido conciencia de la responsabilidad que se tiene.

Y es ahí donde hoy me cuesta reconocer aquello que vi de chico. Miro el presente y me pregunto en qué momento confundimos autoridad con estridencia. Hay dirigentes que cambiaron la responsabilidad por el escenario, que hablan como si cada intervención fuera una pelea de bar y confunden la vulgaridad con autenticidad. Quien insulta, provoca y después no responde por lo que dijo es, en el fondo, alguien que no se hace cargo de su palabra. Y hacerse cargo de la palabra es, justamente, de lo que hablaba aquel barrio.

Mientras compiten por la frase más escandalosa, hay gente haciendo cuentas para llegar a fin de mes. Familias que no saben cómo pagar el alquiler, trabajadores que temen perder su empleo, jóvenes que no encuentran una puerta abierta. Quien gobierna no está para entretenerse con su personaje, sino para comprender la realidad, escuchar lo que no quiere oír y responder por las consecuencias de sus decisiones.

Un médico que volvió

Hay otro nombre que me viene a la memoria, y no es de un político. El doctor René Favaloro nació en un barrio humilde de La Plata, y ejerció durante años como médico rural en un pueblo de La Pampa, donde atendía a gente que muchas veces no tenía cómo pagarle. Después desarrolló en la Cleveland Clinic la cirugía del bypass coronario, una técnica que le cambió la vida a millones de personas. Tenía allá prestigio, recursos y una carrera asegurada. Eligió volver a un país que no le ofrecía ni los medios ni la comodidad, para formar médicos y atender a quienes no podían pagar.

No fue un hombre sin defectos. Tenía carácter difícil, discutía, se enojaba, y no siempre fue justo con quienes lo rodeaban. Pero entendió que su talento le imponía una responsabilidad y no un privilegio. Su final fue doloroso: en el año 2000, agobiado por las deudas de su fundación y por pagos que el sistema de salud no cumplía, se quitó la vida. No quiero convertir eso en una moraleja, y mucho menos en un gesto de honor.

Fue una pérdida enorme, y la prueba de lo caro que puede salir cumplir con la palabra en un lugar donde a otros les conviene no hacerlo.

La nostalgia no es una salida

No sé cuándo confundimos la viveza con la inteligencia, la conveniencia con la libertad y la falta de escrúpulos con la capacidad de progresar. Quienes volvemos sobre estas historias corremos el riesgo de enamorarnos de un pasado que no fue tan limpio como lo recordamos. Quizás nos ahogamos en el presente y buscamos aire en la memoria, no para escapar, sino para recordar que otras formas de comportarse fueron posibles.

No digo que antes fuéramos mejores.

Digo que viví en un barrio donde había códigos, y que hoy me resulta muy difícil encontrar algo parecido. No tuve una infancia de abundancia. Tuve una infancia de códigos. Y con los años entendí que hay riquezas que no se heredan, no se compran y, una vez perdidas, no siempre se recuperan.

Quizás no haya desaparecido del todo

Sobrevive, creo, en gestos pequeños y lejos de los escenarios: en quien cumple su palabra, en quien no se aprovecha del más débil, en quien reconoce una falta, en quien entiende que tener poder no lo vuelve dueño de los demás. Lo preocupante no es que hayamos dejado de pronunciar la palabra honor. Es que hayamos aprendido a vivir como si lo que significaba ya no hiciera falta.

Por eso termino con una pregunta, y me gustaría que me la respondas vos: ¿cuál fue la última vez que viste a alguien cumplir una palabra que ya no le convenía cumplir? Y si no te viene ninguna a la memoria, ¿será que ya no hay, o que dejamos de mirar?