Pergolini tenía razón (y nadie se enteró, porque estábamos mirando otra cosa)
Madrid 25 octubre – Los políticos argentinos están convencidos de que el país entero contiene la respiración cada vez que abren la boca. El país, mientras tanto, contiene otras cosas: el aguante, las ganas de gritar y la tarjeta de crédito.
Hay una escena que se repite en la Argentina
Con la puntualidad de un vencimiento de impuestos. Un dirigente dice algo, otro le contesta, un tercero se indigna y los canales de noticias convocan a cuatro especialistas para determinar si la civilización occidental sobrevivirá al martes.
Al día siguiente, el alquiler vence igual. El supermercado sigue sin aceptar discursos como medio de pago, aunque la inflación les ha dado un valor tan bajo que casi podrían. Y el colectivo llega cuando se le antoja, que es la forma más honesta de federalismo que nos queda.
En una charla con los periodistas María O’Donnell y Ernesto Tenembaum, dos voces reconocidas del periodismo argentino, Mario Pergolini soltó una verdad que en este país se paga cara: que a la inmensa mayoría de la gente lo que diga el presidente de turno le importa muy poco.
Pergolini no es un político ni un analista tradicional. Es un histórico conductor de radio y televisión, empresario de medios y una figura central de la cultura popular argentina. Durante décadas, construyó su carrera provocando, incomodando y, sobre todo, entendiendo qué despierta el interés del público y qué termina aburriéndolo. O’Donnell y Tenembaum, por su parte, llevan años analizando la actualidad política y social desde el periodismo, en la radio, la televisión y otros medios. Los tres conocen, desde distintos lugares, el negocio de la atención pública.
Y ahí está lo interesante: en una conversación sobre la actualidad, Pergolini puso en duda que la política ocupe realmente el lugar central que los propios políticos le atribuyen en la vida cotidiana de los argentinos. Lo dijo en un estudio, con cámaras y todo, como quien anuncia que el invitado de honor falleció hace rato y solo falta avisarle a la familia.
El elenco estable
Los políticos viven con la certeza de que los miran. Y los miran, es cierto, igual que se mira un choque en la autopista: despacio, con morbo y sin intención alguna de bajarse a ayudar.
Cada declaración tiene que ser una batalla cultural. Cada rival, una amenaza existencial. Cada tuit, la primera piedra de un nuevo orden mundial que dura hasta el próximo tuit. La oposición no se queda atrás: responde con indignación de catálogo, que es la única industria nacional que no necesita dólares para importar insumos. Y las redes, generosas, amplifican todo. Que mil personas comenten una pelea no quiere decir que mil personas crean en los peleadores. Quiere decir que mil personas se quedaron mirando, que es lo que hacemos los argentinos con cualquier cosa que se incendia.
La gente, ese detalle
El problema de la política espectáculo es la gente, que insiste en tener vida propia. Tiene que llegar a fin de mes, que a esta altura es un género de ciencia ficción. Tiene padres que cuidar, hijos que criar y una factura que apareció en el buzón como una amenaza mafiosa, sin remitente, pero con todos los datos.
Mientras el elenco se desgarra en cámara, el público prepara la cena con la tele de fondo. Si hay un debate encendido, funciona de ruido blanco, y si hay una tragedia, de ruido gris. A veces el político grita tan fuerte que el vecino sube el volumen de la novela. Ese es el único plebiscito que nunca se manipula.
Respaldo no es rating
Acá está el error de cálculo, y es fatal. El dirigente confunde que lo vean con que lo quieran. Cree que la viralidad es un voto, que el comentario es una adhesión y que el insulto bien repartido es una política pública. Pero la sociedad, cuando se cansa, no avisa. No hace marchas ni pide permiso. Hace algo mucho peor: se encoge de hombros. Y un encogimiento de hombros masivo es lo más parecido a un golpe de Estado que puede hacerle un pueblo a su dirigencia, porque no deja culpables, ni fotos, ni causa judicial.
Pergolini, que se pasó la vida midiendo qué atrapa y qué aburre, lo entendió antes que casi todos. Una cámara encendida no prueba que alguien esté mirando. Es como un velorio con buen catering: la gente va, se queda, come y charla, pero ningún presente se acuerda ya del muerto.
Fin de la función
Así que seguirán gritando, replicando, comentando y analizando, cada cual, en su papel, con la convicción de que esta vez sí, ahora sí, estamos viviendo algo histórico. El teatro seguirá lleno de luces y vacío de gente, como esas ciudades que se contemplan desde el aire y de las que ya nadie vuelve. Afuera, el país seguirá en lo suyo, que es llegar al día 30 con vida. Porque el televisor puede seguir encendido hasta que se muera el último de nosotros.
Eso no quiere decir que alguien esté mirando.
