El día que Internet dejó de ser un lugar
Éramos felices y todavía no lo sabíamos
Hubo un tiempo en que Internet era un lugar al que uno iba. Había que sentarse frente a una computadora, esperar que arrancara, escuchar aquel concierto infernal del módem y, después de unos minutos de paciencia y varios insultos, uno estaba oficialmente conectado.
Conectado.
La palabra ya parecía futurista. Uno entraba a Internet, hacía lo que tenía que hacer y se iba. Como quien entra a un bar, pide un café y vuelve a su vida. Eso terminó. No sabemos exactamente cuándo, porque las grandes revoluciones no suelen tocar el timbre. Entran por la ventana mientras estamos haciendo otra cosa.
Pero entre 2004 y 2007 ocurrió algo extraordinario. Aparecieron Facebook, YouTube, Twitter y, poco después, el teléfono inteligente. Internet dejó de ser una herramienta y empezó a convertirse en una especie de compañero de piso que nadie invitó, pero que ahora duerme en nuestra cama.
El teléfono que vino a buscarnos
El teléfono móvil había nacido para que pudiéramos llamar a alguien desde cualquier lugar. Después llegó el smartphone y decidió que aquello era demasiado poco ambicioso. Ahora el teléfono sabe dónde estamos, qué miramos, qué compramos, qué música escuchamos, qué nos interesa, qué nos preocupa y, en algunos casos, hasta cuánto dormimos.
Antes llevábamos un teléfono en el bolsillo.
Ahora llevamos una pequeña oficina, un banco, un periódico, una cámara, un cine, una discoteca, una biblioteca, un casino y una máquina tragamonedas emocional. Todo en seis pulgadas. Y lo más curioso es que lo llamamos teléfono. Es como llamar «heladera» a una casa porque tiene una.
La gran promesa: estar más cerca
Nos dijeron que Internet nos iba a conectar. Y cumplió. Podemos hablar con un primo que vive en Australia mientras esperamos el autobús. Podemos ver a nuestros hijos cuando están lejos. Podemos encontrar en cinco minutos información que antes requería tres libros y un señor con cara de bibliotecario.
Es maravilloso. El problema es que nadie nos explicó que estar conectados no significa necesariamente estar acompañados. Podemos tener 800 amigos y no saber a quién llamar cuando estamos mal. Podemos recibir cincuenta mensajes durante una tarde y pasarla completamente solos. Podemos saber que una persona desayunó tostadas, fue al gimnasio, llevó al perro al veterinario y está viendo una serie, pero no saber cómo se siente. Hemos conseguido algo bastante raro: sabemos muchísimo de la vida de los demás y cada vez menos de sus vidas.
El aburrimiento fue declarado enemigo público
Antes uno esperaba. Esperaba el autobús. Esperaba una llamada. Esperaba una carta. Esperaba que empezara la película. Esperaba. Y en esa espera no ocurría nada. O eso creíamos. Porque en realidad ocurría algo bastante importante: pensábamos.
Mirábamos por la ventana. Inventábamos historias. Observábamos a la gente. Recordábamos cosas. Nos aburríamos. Hoy el aburrimiento dura aproximadamente cuatro segundos. Si el ascensor tarda, sacamos el teléfono. Si estamos haciendo cola, teléfono. Si estamos en el baño, teléfono. Si estamos viendo una película y la película se pone lenta, teléfono.
Hemos desarrollado una capacidad extraordinaria para evitar estar solos con nuestra propia cabeza. Y después nos preguntamos por qué estamos cansados.
El algoritmo sabe más de nosotros que el vecino
Al principio Internet nos mostraba cosas. Después empezó a mostrarnos cosas que sabía que queríamos ver. Y ahí comenzó otra historia. Las redes descubrieron que podían aprender de nosotros. Qué nos gusta. Qué nos indigna. Qué nos provoca curiosidad. Qué nos hace quedarnos diez segundos más.
El algoritmo no necesita conocernos personalmente. Le alcanza con observarnos. Nosotros creemos que elegimos lo que vemos. Y técnicamente es cierto. Lo que no siempre sabemos es que alguien lleva años estudiando cómo conseguir que elijamos precisamente eso.
Es una curiosa forma de libertad. Nos dan millones de posibilidades y, al mismo tiempo, calculan cuál de ellas tiene más probabilidades de retenernos.
La vida en modo notificación
Hay algo que cambió sin que nadie lo votara: la sensación de disponibilidad permanente. Antes, si alguien llamaba y no contestábamos, no contestábamos. Fin del asunto. Ahora, si alguien manda un mensaje y tardamos dos horas, puede aparecer una pregunta inquietante:
“¿Todo bien?”
Y si aparece la doble tilde azul, la situación empeora. Ya no alcanza con recibir un mensaje. Hay que responderlo. Ya no alcanza con estar vivo. Hay que estar disponible. Y así pasamos buena parte del día saltando de una notificación a otra, como bomberos voluntarios de incendios que nosotros mismos provocamos.
¿Y si el progreso también tuviera efectos secundarios?
No se trata de volver a 1995. Nadie seriamente quiere recuperar el módem, revelar rollos de fotografías o esperar tres días para enterarse de que un amigo está de vacaciones. La tecnología nos dio cosas maravillosas. Pero quizá cometimos un pequeño error: confundimos tener más herramientas con vivir mejor. Tenemos más comunicación, pero menos silencio.
Más información, pero menos atención. Más entretenimiento, pero menos aburrimiento. Más contactos, pero no necesariamente más intimidad. Más libertad para elegir, mientras unas máquinas estudian cuidadosamente qué vamos a elegir. Y quizá la pregunta no sea si la tecnología es buena o mala. La pregunta incómoda es otra:
¿Quién está usando a quién?
Nosotros usamos el teléfono para comunicarnos. El teléfono necesita que lo miremos. Las plataformas necesitan que permanezcamos allí. Los anunciantes necesitan nuestra atención. Y nosotros, mientras tanto, seguimos creyendo que solamente estamos mirando un video de treinta segundos.
El futuro ya llegó. El problema es que no sabemos si nos gusta
Tal vez dentro de veinte años nuestros hijos miren esta época con la misma ternura con la que nosotros miramos aquellos teléfonos con cable. Quizá se sorprendan de que alguna vez tuviéramos que escribir. Quizá les parezca absurdo que necesitáramos una pantalla para hablar con una máquina. O quizá nos pregunten algo mucho más sencillo:
—¿Y ustedes podían apagarlo?
Y nosotros tendremos que explicarles que sí. Que se podía. Que incluso había un botón. Que durante muchos años nadie lo usaba. Porque el verdadero cambio quizá no ocurrió cuando Internet llegó a nuestros bolsillos. Ocurrió cuando dejamos de sentir que teníamos derecho a estar desconectados.
Y ahora que podemos estar en contacto con todo el mundo, a cualquier hora, desde cualquier lugar, queda una última pregunta dando vueltas, bastante incómoda, como esas notificaciones que uno no termina de abrir: ¿qué pasaría si, para volver a encontrarnos con los demás, primero tuviéramos que aprender a estar un rato sin nadie?
¿Pero realmente qué buscan de nosotros, o qué buscamos nosotros?
Ahí está el nudo de todo esto. Las plataformas buscan una cosa muy simple: tiempo. Nuestro tiempo, nuestra atención, nuestros clics, esa fracción de segundo en la que decidimos quedarnos un poco más. No buscan que seamos felices ni que seamos infelices; buscan que sigamos ahí. Eso es lo único que las alimenta.
Pero nosotros, ¿qué buscamos? Ahí la respuesta es menos cómoda, porque no la escribió ningún ingeniero de Silicon Valley. Buscamos lo de siempre: que nos vean, que nos entiendan, que nos digan que no estamos solos. Buscamos compañía con la excusa de buscar información. Buscamos consuelo con la excusa de buscar entretenimiento. Buscamos, en el fondo, lo mismo que buscaba cualquier persona antes de que existiera Internet: un lugar donde encajar.
La diferencia es que antes esa búsqueda tenía límites —un horario, una distancia, una espera— y ahora no tiene ninguno. Y quizá ese sea el verdadero cruce de caminos: ellos necesitan que sigamos buscando sin encontrar del todo, y nosotros seguimos buscando como si esta vez sí fuéramos a encontrar.
Dos búsquedas que se necesitan mutuamente, aunque persigan cosas distintas. Y en el medio, sin darnos cuenta, quedamos nosotros: buscando compañía en un lugar diseñado para vendernos tiempo.
