El mate: la única religión argentina que no discute con nadie

Primero, entiendan que no es una infusión

Ustedes, los de la Península, tienen café con leche y una sobremesa que dura, como mucho, un cigarrillo. Nosotros tenemos el mate, que no es una bebida sino un sistema circulatorio colectivo.

Se comparte de mano en mano, con una sola bombilla, entre desconocidos, primos, jefes y empleados, sin que a nadie se le ocurra pedir un vaso aparte. Si un español ve esto por primera vez, suele preguntar por el protocolo higiénico.

No hay protocolo higiénico. Hay confianza, que es distinto y mucho más peligroso.

La yerba como territorio sagrado

El mate se ceba —ojo, «cebar», no «preparar», que suena a laboratorio— con yerba mate, agua caliente pero jamás hirviendo, y una bombilla metálica que cada argentino defiende con la lealtad de un escudo de fútbol.

Hay quien lo toma amargo, como Dios y Gardel mandan, y hay quien le pone azúcar, a quien miramos con una mezcla de lástima y ternura, como se mira a alguien que todavía cree en los Reyes Magos.

De Messi al Bernabéu: la escena que rompió Europa

Cuando Messi se bajó del avión en cada Mundial con el termo bajo el brazo, medio planeta preguntó qué diablos llevaba ahí, como si fuera contrabando.

No era contrabando: era la costumbre de un tipo que juega como un dios, pero se sienta en el pasto a tomar mate como cualquier vecino de Rosario. Esa imagen —el mejor jugador del mundo con un mate en la mano, ganando la Copa y cebándose uno después— hizo más por la yerba mate en España que cualquier campaña de exportación.

Viggo Mortensen y el gaucho de Hollywood

Y después está Viggo, que nació en Manhattan, se crio en San Isidro, y volvió a Estados Unidos con el acento intacto en su corazón, aunque no en su boca.

Cada vez que lo entrevistan y aparece con el mate en la mano —en alfombras rojas, en rodajes, en cualquier lado— los argentinos sentimos una alegría rarísima, como si un pariente lejano hubiera triunfado sin habernos olvidado.

Mortensen entiende algo que a los turistas les cuesta: el mate no se explica, se hereda.

Lo que en realidad están compartiendo

Cuando un argentino te ceba un mate, no te está ofreciendo una bebida caliente con gusto amargo. Te está diciendo, sin decirlo, que por los próximos cuarenta minutos no tenés que ir a ningún lado.

Es la forma en que probamos, sin exámenes ni papeles, si alguien puede quedarse en la rueda. Los españoles tienen la caña, el vermú, la sobremesa interminable; nosotros tenemos esta ronda silenciosa donde el mate va y viene como un reloj sin agujas.

Así que si algún día alguien les extiende un mate —Messi, Mortensen, o el vecino del quinto piso—, no pregunten si está limpio. Pregunten, nomás, si hay lugar para uno más en la rueda.