Los sesenta (y más allá)… sin ganas de pedir permiso

La longevidad sin manual

Vivimos más. Eso ya no es novedad, es estadística.

Lo curioso es que nadie actualizó el guion. Llegar a los 60 —y seguir avanzando— debería sentirse como estrenar una segunda temporada larga, abierta, sin fecha de cierre. Pero muchas veces viene con programación repetida: museo, concierto temprano, charla tranquila. Todo muy correcto, muy digno… y peligrosamente inofensivo.

Como si el premio por sobrevivir fuera una vida que ya no incomoda a nadie.

El geriátrico sin paredes

Hay algo incómodo en esa oferta cultural que parece pensada con cariño… pero diseñada para no molestar.

Miedo a que alguien corra, salte, se equivoque, se ría demasiado fuerte. Entonces se arma un mundo prolijo, seguro, casi acolchado. Un geriátrico conceptual, pero sin rejas. Vos podés salir, claro. Nadie te lo impide. Pero todo alrededor te empuja a no hacerlo.

No es cuidado. Es control con buenos modales. Y cuanto más pasan los años, más se espera que uno colabore con ese guion.

La trampa de la etiqueta

“Actividad para mayores”. Tres palabras y una sentencia suave.

Porque no describen, ordenan. Y cuando uno es ordenado, deja de ser individuo para convertirse en categoría. Y nadie quiere ser categoría a los 60, a los 70, a los 80… ni nunca. No envejecemos: nos van acomodando. La energía no entiende de rótulos; el deseo, mucho menos.

Los que no avisaron que iban a parar

Mientras tanto, en la vida real, hay gente remando al amanecer, bailando sin coreografía, metiéndose al mar con la torpeza feliz del que todavía está aprendiendo. Gente que no pidió permiso para seguir viva de verdad.

Y lo más incómodo: no son excepciones heroicas. Son personas que simplemente no aceptaron el contrato implícito de volverse previsibles. Muchos de ellos no están “resistiendo al paso del tiempo”. Están viviendo con él, incluso después de los 70, de los 80, sin necesidad de explicarlo.

Ahí aparece la paradoja: cuanto más se insiste en cuidar, más se termina apagando. Como si la vitalidad fuera una vela que hay que proteger del viento… cuando en realidad es fuego que necesita aire.

El ocio sin edad (pero con actitud)

Quizás el problema no sea la falta de actividades, sino la obsesión por clasificarlas.

Todo segmentado, todo ordenado por décadas, como si la vida fuera una estantería. Pero la vida se parece más a un cajón desordenado: ahí conviven ganas, miedos, impulsos, proyectos. Y la edad es apenas un papelito olvidado en el fondo.

Después de los 60 no empieza una sala de espera. Empieza, si uno quiere, una zona menos vigilada. No se trata de negar que el cuerpo cambia, que los ritmos se ajustan. Se trata de no convertir ese cambio en una excusa para domesticar la vida. Porque entre adaptarse y resignarse hay un mundo. Y en ese mundo pasan cosas que todavía valen la pena.

Menos tutela, más complicidad

Tal vez haya que dejar de pensar en “qué hacer con los mayores” y empezar a preguntarse algo más incómodo: ¿por qué necesitamos hacer algo con ellos?

Cambiar la lógica del cuidado por la de la complicidad. Ofrecer sin subrayar, invitar sin encasillar. Y, sobre todo, dejar de decidir por adelantado qué es demasiado para alguien. Porque muchas veces el límite no lo pone el cuerpo. Lo pone el entorno. Y eso sí envejece rápido.

Cierre (provisorio, como todo lo que vale la pena)

Capaz el error está en querer definir una etapa que todavía está en movimiento.

En ponerle nombre a algo que cambia cada día, incluso décadas después de los 60. Quizás esta etapa no sea una categoría, sino un territorio en disputa. Y si es así, la pregunta no es qué deberían hacer…sino qué estarían haciendo ya, si nadie los hubiera convencido de que era mejor bajar el volumen.