Crónica de una asamblea

Esto es un cuento. Conviene decirlo ya, desde el principio

Y cuando digo cuento, digo algo que quizá no ocurrió… o no del todo… o puede que sí, pero en un lugar que no aparece en ningún mapa. Así que no me venga con coordenadas ni con escrituras, que aquí nadie firma nada. Porque hay una cosa curiosa: la realidad, cuando se descuida, se parece demasiado a la ficción. Y entonces pasa algo inquietante… que ya no sabemos muy bien dónde acaba una y empieza la otra. Y eso, si lo piensa, da que pensar.

El escenario es sencillo

Un edificio cualquiera. De esos que han visto más años que reformas. Con ese olor persistente a vida acumulada que no se va, ni, aunque pinten las paredes veinte veces. Los pasillos guardan historias. Algunas bonitas. Otras… no tanto. Y la convivencia, ese concepto tan elegante, a veces es solo una forma educada de discrepar con intensidad. Allí todo parece tranquilo. Pero es una tranquilidad curiosa. Como esas superficies de agua que parecen quietas… hasta que tiras una piedra.

Aquella mañana tocaba reunión

Y todo el mundo pensó: “una más”. Ahí empieza el problema. Porque pocas cosas son más peligrosas que pensar que algo es rutinario. Las reuniones de vecinos tienen algo de teatro improvisado. Nadie ha ensayado, nadie tiene claro su papel… pero todos creen que el otro lo está haciendo fatal. No hay escenario, pero hay discurso. No hay guion, pero hay intención. Y hay algo que nunca falla: cualquier detalle, por pequeño que parezca, puede crecer hasta convertirse en conflicto.

Se venían arrastrando viejas tensiones, claro

Porque las cuentas importantes no siempre se llevan en números. Se llevan en silencios. En miradas. En recuerdos que no caducan. Un saludo que no se devolvió hace años. Una promesa que se quedó a medias. Una pequeña injusticia que nadie quiso resolver del todo. Y uno piensa: “son tonterías”. Pero la experiencia dice otra cosa: las cosas pequeñas, cuando se acumulan, pesan mucho.

Y entonces apareció el tema del poder

Como siempre aparece: sin hacer ruido.

Había que elegir presidente. Un trámite, en teoría. Algo sencillo. Y durante unos minutos, todo funcionó. Se votó. Se contó. Se avanzó. Parecía que las cosas seguían un orden lógico. Hasta que dejaron de hacerlo. No hubo golpe en la mesa. No hizo falta. Fue algo más sutil: un cambio en el criterio. Lo que antes valía… dejó de valer. Lo que estaba claro… empezó a cuestionarse.

Y alguien dijo, con naturalidad:
—Que conste en voz alta.

Y ahí, sin que nadie lo anunciara, cambió el partido.

Porque no estaban todos

Y los que no estaban habían confiado. En un papel. En una norma. En una idea sencilla: que las reglas eran para todos. Pero los papeles tienen un límite: no hablan. No protestan. No se defienden. Y entonces pasó algo curioso. No desaparecieron votos. Desapareció su peso. Dejaron de contar… sin dejar de existir. Y cuando eso ocurre, hay un silencio raro. Un silencio que no es vacío… es elección.

Es curioso cómo funciona la realidad

Nos gusta pensar que es firme, estable, objetiva. Pero en algunos contextos… la realidad es lo que se dice en voz alta. Lo demás queda como un murmullo. Como algo que “quizá” pasó. Algunos lo vieron. Otros lo intuyeron. Otros huyeron.

Pero reaccionar requiere algo más que darse cuenta. Requiere valentía. Y muchas veces, la educación mal entendida —esa de no incomodar— pesa más que la justicia. Y lo más interesante: no había maldad. Había convicción. La peligrosa tranquilidad del que cree tener razón.

Porque el poder, por pequeño que sea, tiene una cualidad: se adapta rápido. Se instala. Se justifica. Y empieza a transformar la forma de ver las cosas. Lo que antes era una excepción… se convierte en norma. Lo que antes incomodaba… empieza a parecer razonable. Y así, sin darse cuenta, uno puede cruzar líneas que nunca pensó cruzar.

Al final, todo terminó sin épica

No hubo aplausos. No hubo celebración. Solo quedó una sensación difícil de explicar. Como cuando ganas… pero algo dentro te dice que has perdido. Había un resultado. Un nombre. Una decisión tomada. Pero también había algo torcido. Y eso no se arregla con actas. Luego vendrían los comentarios en voz baja. Las versiones distintas. Las interpretaciones. Porque la memoria, en estos entornos, no desaparece. Se transforma. Se adapta. Pero vuelve. Siempre vuelve.

Esto es un cuento, sí. Conviene recordarlo

Pero hay cuentos que no nacen de la nada. Nacen de observar. De exagerar un poco. De cambiar nombres… para que nadie se moleste demasiado. Aunque todos se reconozcan. Y quizá por eso incomoda. Porque habla de algo muy humano: cómo gestionamos lo pequeño… cuando en realidad no es tan pequeño.

Cómo nos relacionamos con el poder, aunque sea mínimo. Cómo justificamos lo que nos conviene. Cómo callamos cuando podríamos hablar. No hay grandes villanos aquí. Solo personas normales… haciendo cosas normales. Y eso es lo más inquietante. Porque nos podría pasar a cualquiera. O quizá ya nos ha pasado.

Pero bueno… al fin y al cabo… es solo un cuento. ¿No?