Cualquiera puede ser presidente (y lo raro es que nos siga sorprendiendo)

Una reflexión que va desde Clarence Darrow hasta la fila lenta de la caja tres del súper

Cuando Clarence Darrow (1857–1938) dijo eso de que “cuando era niño me dijeron que cualquiera puede ser presidente… y empiezo a creerlo”, no estaba emocionado con la democracia. Estaba sospechando.

Darrow era abogado, escéptico y bastante incómodo para su época. De esos que, cuando todos aplauden, se quedan mirando las manos para ver si hay algo raro. Y su frase no es un elogio: es una ceja levantada. Tal vez dos.

Porque sí, cualquiera puede ser presidente. Y eso está buenísimo… hasta que ese “cualquiera” deja de ser una idea simpática y se convierte en una persona concreta con poder real, micrófono y ganas de quedarse.

Presidentes que llegaron… y después no se querían ir

La historia está llena de gente que llegó al poder como quien entra a una casa con invitación… y después cambió la cerradura. Algunos venían bien. Prometían cosas razonables. Sonreían en fotos con niños. Decían “vamos a mejorar esto”.
Y uno pensaba: bueno, puede salir bien.

Otros ya venían con señales de alerta del tamaño de un cartel de neón, pero aun así pasaron. Porque hablaban fuerte. O claro. O parecido a uno. O simplemente porque del otro lado había algo peor.

Y ahí está el truco: la democracia no siempre te da a elegir entre lo bueno y lo malo. A veces te hace elegir entre lo malo y lo desconocido. Y uno, con miedo, con cansancio o con esperanza, elige.

Después pasan cosas.

Algunos presidentes descubren que la democracia es fantástica… hasta que molesta. Entonces empiezan a acomodarla.

Un poquito las reglas.
Un poquito las instituciones.
Un poquito la idea de “esto es mío porque gané”.

Y cuando te querés dar cuenta, disentir ya no es una opinión: es una complicación.

Diez frases, diez pistas

A veces no hace falta decir nombres. Las frases alcanzan:

  1. “Si dicen una mentira lo suficientemente grande y la repiten, la gente terminará creyéndola.”
  2. “Todo dentro del Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado.”
  3. “La democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás.”
  4. “Sí se puede.”
  5. “Haremos grande a nuestro país otra vez.”
  6. “Mejor que decir es hacer.”
  7. “Vamos por todo.”
  8. “Lean mis labios: no más impuestos.”
  9. “El cambio es ahora.”
  10. “Sólo hay que tenerle temor a Dios… y a mí, un poquito.”

Algunas fueron advertencias. Otras promesas. Otras, directamente, amenazas con buena prensa. Todas, en algún momento, fueron aplaudidas.

Si leyó dos y le incomodaron, va bien. Si leyó diez y pensó “qué buenas frases”, hay que charlar.

El ciudadano no es el problema (aunque a veces parezca)

Es muy tentador decir: “la gente vota mal”. Queda bien. Te hace sentir del lado correcto de la historia. El problema es que la gente… somos nosotros. El ciudadano promedio no está leyendo tratados políticos a las tres de la mañana. Está trabajando, llegando cansado, discutiendo en la sobremesa y tratando de entender por qué todo está más caro que ayer.

Y en medio de eso, vota.

No diseña el menú. Le traen dos platos medio dudosos y le dicen: “elegí tranquilo, esto es importante”. Y elige. Porque hay hambre. Después resulta que el plato tenía ingredientes que nadie explicó en campaña. Pero igual: eso no lo convierte en culpable.

La democracia se rompe cuando aparece el primero que dice: “yo entendí todo, vos no entendiste nada”. Ese no quiere mejorar el sistema. Quiere quedarse con el micrófono.

Entre la esperanza y el “mmm, no sé”

Volvamos a Darrow.

Su ironía no era cinismo puro. No era “todo da igual”. Era más bien un: “che, no se duerman”. Porque la democracia tiene algo incómodo: funciona con gente imperfecta tomando decisiones imperfectas en momentos poco ideales.

O sea, con nosotros.

Eso implica que cualquiera puede llegar. Pero también implica que cualquiera puede mirar, preguntar, desconfiar un poco, volver a mirar. El problema no es que cualquiera sea presidente. El problema es cuando dejamos de mirar qué hace ese cualquiera una vez que llega.

Un cierre que no cierra del todo

La frase de Darrow sigue viva porque no tiene solución. Es como una alarma que no podés apagar: cada tanto suena. A veces la ignoramos. A veces la bajamos de volumen. A veces votamos como si no existiera. Y después nos sorprende. Porque sí: cualquiera puede ser presidente. Lo preocupante no es eso.

Lo preocupante es cuando nosotros dejamos de comportarnos como ciudadanos… y empezamos a comportarnos como fanáticos.