La aldea de los 100

Imagina que mañana te despiertas y descubres que el mundo entero se ha convertido en un pequeño pueblo. En el pueblo viven 100 personas. No hay 8.000 millones de habitantes. No hay países, fronteras ni mapas.

Solo hay 100 vecinos. Y esos 100 vecinos representan a toda la humanidad.

La idea no es nueva. En 1990, la científica y escritora Donella Meadows hizo algo parecido: convirtió el mundo en una aldea de 1.000 personas para explicar, de una manera sencilla, cómo estaba repartida la población y la riqueza. El resultado era bastante más fácil de entender que cualquier informe lleno de cifras.

Hoy podemos volver a hacerlo. Pero con una aldea de solo 100 personas. Y lo primero que descubriríamos es algo curioso.

En nuestra aldea, casi nadie es europeo

De los 100 vecinos:

  • 59 viven en Asia.
  • 19 viven en África.
  • 13 viven en América.
  • 9 viven en Europa.

Eso significa que, si tú fueras europeo, vivirías en una parte bastante pequeña de la aldea. Europa, que durante siglos tuvo un enorme peso en la historia mundial, representa hoy una minoría de la población del planeta. Y África tiene una particularidad: todavía no es el continente más poblado, pero será uno de los que más cambie durante las próximas décadas. La aldea que conocemos hoy no será la misma dentro de treinta años.

Ahora mira a los vecinos que tienen internet

De los 100 habitantes, 74 tienen acceso a internet. Los otros 26 no. Parece un detalle menor, pero no lo es. Porque internet ya no sirve solamente para ver vídeos, mandar mensajes o mirar las redes sociales. También sirve para estudiar, buscar trabajo, aprender un oficio, vender algo, montar un negocio o acceder a información que antes estaba reservada a unos pocos. Por eso, tener internet puede significar mucho más que tener una conexión. Puede significar tener más oportunidades. Y aquí aparece una nueva división en nuestra aldea.

Llega la inteligencia artificial

Imagina ahora que los 100 vecinos reciben una herramienta de inteligencia artificial muy avanzada. Uno la utiliza para aprender. Otro para traducir. Otro para montar un negocio. Un médico la utiliza para ordenar y analizar información. Un trabajador consigue hacer en una hora lo que antes le llevaba un día. Parece fantástico. Y lo es. Pero hay una cara menos cómoda. La misma herramienta que permite a una persona hacer mucho más también puede hacer que otra persona sea menos necesaria para hacer el mismo trabajo.

Ese puede ser uno de los grandes cambios de los próximos años. Hasta ahora, la gran pregunta era: ¿Quién tiene dinero y quién no? Mañana quizá tengamos que añadir otra: ¿Quién sabe utilizar las nuevas herramientas y quién no?

Pero espera. Mientras nosotros hablamos de inteligencia artificial, en nuestra aldea hay un vecino que está buscando agua. De los 100 habitantes, aproximadamente 74 tienen acceso a agua potable segura. Los otros 26 no. Piénsalo.

Uno de nuestros vecinos puede estar utilizando una inteligencia artificial para escribir un programa informático. Otro puede estar buscando agua para su familia. Los dos viven en 2026. Los dos forman parte del mismo planeta. Pero sus vidas podrían parecer de siglos diferentes.

¿Y cuántos son pobres?

Aquí las cosas también dependen de cómo midamos la pobreza. Si utilizamos el nivel más bajo que emplea el Banco Mundial para medir la pobreza extrema, en nuestra aldea habría alrededor de 9 personas viviendo con unos ingresos mínimos. Pero si utilizamos un nivel de ingresos más alto, la cifra sube hasta aproximadamente 40 personas de cada 100.

Esto nos enseña algo importante. La pobreza no siempre significa estar muriéndose de hambre. También puede significar vivir sin margen para que ocurra nada malo. Una enfermedad. Perder el trabajo. Una mala cosecha. Una deuda. Un accidente. Para algunas personas, cualquiera de esas cosas puede convertir una vida difícil en una vida desesperada.

Hay otra cosa que quizá no esperabas

De cada 100 jóvenes que deberían estar estudiando, aproximadamente 16 están fuera de la escuela. Son cientos de millones de jóvenes en el mundo real. Y aquí aparece una paradoja. Tenemos más información que nunca. Tenemos internet. Tenemos computadoras. Tenemos inteligencia artificial. Tenemos herramientas capaces de explicar casi cualquier cosa. Pero todavía hay millones de personas que ni siquiera tienen la oportunidad de aprender a utilizarlas.

Entonces, ¿qué hemos aprendido mirando nuestra pequeña aldea?

Que el mundo es mucho más desigual de lo que parece cuando lo miramos desde nuestro barrio. En nuestra aldea hay personas que tienen agua, buena educación, internet, dinero y tiempo para probar cosas nuevas. Y hay otras que pasan buena parte del día intentando conseguir algo mucho más básico.

También hay personas que podrán utilizar la inteligencia artificial para multiplicar sus capacidades. Y otras que pueden descubrir que su trabajo ha dejado de ser necesario. Por eso quizá la gran pregunta de nuestro tiempo ya no sea solamente: ¿Quién tiene más y quién tiene menos? La pregunta puede ser otra: ¿Quién tiene más posibilidades de decidir sobre su propia vida?

Quién puede estudiar. Quién puede cambiar de trabajo. Quién puede marcharse a otra ciudad. Quién puede empezar un negocio. Quién puede equivocarse sin arruinarse. Quién puede utilizar la tecnología para avanzar. Porque quizá la verdadera riqueza del futuro no consista únicamente en tener más dinero. Quizá consista en tener más opciones.

Y si mañana volvemos a reunir a los 100 vecinos de nuestra aldea, probablemente descubriremos algo todavía más importante: todos vivimos en el mismo mundo, pero no todos tenemos las mismas posibilidades de elegir cómo vivirlo.