“Ya sé lo que vas a decir”
El pequeño arte de no escuchar mientras creemos, con absoluta convicción, que estamos escuchando.
Hay una frase que aparece en las parejas con la misma naturalidad con la que aparecen “te amo”, “¿qué comemos?” y “no estoy enojado/a”: “Ya sé lo que me vas a decir.” Y ahí está el problema. No. No sabés. Lo estás inventando. Pero lo inventás con tanta seguridad, con tantos años de entrenamiento y, sobre todo, con tanto cariño, que nadie se da cuenta de que dejaste de escuchar hace cinco minutos.
Esta nota es sobre eso: sobre la gente que no escucha —ni lee— del todo. Sobre vos. Sobre mí. Sobre todos nosotros, que podemos escuchar a alguien durante diez minutos mientras, simultáneamente, preparamos mentalmente nuestra respuesta desde el minuto tres.
Y lo interesante es que esto no es un defecto abstracto que tenemos “en general”. Tiene consecuencias bastante concretas. Se cobra facturas en la pareja, en las amistades, en las cenas, en los audios de siete minutos y en esa persona que ayer te contó algo importante y hoy siente, sin saber exactamente por qué, que estuvo hablando con un espejo. Un espejo, al menos, tiene la decencia de devolverte la cara.
El amor: esa sala de espera tan bien decorada
En pareja ya aprendimos que no hay que interrumpir. Eso nos lo enseñaron en terapia, en un pódcast o después de una discusión suficientemente larga como para que aceptáramos cualquier regla con tal de que terminara. Entonces no interrumpimos. Hacemos algo mucho más sofisticado: esperamos con estilo.
Ella cuenta cómo le fue en el trabajo. Vos asentís. Ponés cara de “qué fuerte”. Decís “claro”. Quizás incluso hacés ese pequeño “mmm” que parece empatía, pero que también podría significar que estás calculando cuánto falta para poder hablar. Porque mientras ella cuenta lo que pasó, vos ya estás buscando en tu archivo mental una historia parecida. No parecida, en realidad. Mejor. La tuya. Solo que más injusta. Más absurda. Con un jefe más insoportable y, si la conversación lo permite, alguna pequeña injusticia laboral que todavía nadie reconoció.
Ella termina. Hay una pausa. Y vos entrás: “Sí, a mí me pasó algo parecido cuando…”. Y ahí ocurre una pequeña tragedia doméstica. Los dos estuvieron “escuchándose” durante veinte minutos y ninguno de los dos fue escuchado. No es indiferencia. Al contrario. Es amor con muy mala puntería. Porque decir “a mí también me pasó” suele nacer de un lugar bastante noble.
Queremos acompañar. Queremos demostrar que entendemos. Queremos decir: no estás sola, yo también estuve ahí. El problema aparece cuando demostrar que entendemos al otro consiste, misteriosamente, en volver a hablar de nosotros. Quizás la pregunta que hacía falta era mucho más sencilla: ¿Y vos cómo estás con eso? Pero esa pregunta tiene un inconveniente: obliga a quedarse. A quedarse un rato más en el mundo del otro antes de volver, triunfalmente, al propio. Y nosotros tenemos cosas que decir.
Amigos que hablan en paralelo
Con los amigos el mecanismo es parecido, pero con testigos.
La cena moderna es, en el fondo, una serie de monólogos alternados con la cortesía de fingir que son diálogo. Uno cuenta un viaje. El otro escucha. Bueno. Más o menos. Porque mientras el primero dice “y entonces llegamos al hotel…”, el segundo ya está pensando en su propio viaje.
No en el de al lado. En el suyo. Apenas aparece una pausa de 0,8 segundos: “¡Ay, sí! A mí me pasó algo re parecido cuando fui a…”. Y listo. La conversación cambia de carril sin señalero. No avanza. Rota. Cada uno gira alrededor de sí mismo, como planetas que se saludan de lejos pero jamás se tocan. Y lo curioso es que nadie siente que esté siendo egoísta. Todos creen estar participando. Todos creen estar aportando. Todos están esperando su momento.
Que es una manera bastante sofisticada de decir que están esperando que el otro termine. Por eso una mesa llena de amigos puede producir una sensación bastante extraña: haber hablado durante tres horas y volver a casa con la impresión de que nadie te escuchó. Quizás porque escuchar de verdad no se multiplica con la cantidad de gente. Se divide. Y en algunos grupos se divide tanto que directamente desaparece.
Un poco de autocrítica, que tampoco mata
Ahora viene la parte incómoda. Porque toda nota sobre “la gente que no escucha” corre el riesgo de convertirse rápidamente en una nota sobre los otros. Los que interrumpen. Los que llevan todo hacia ellos. Los que responden “sí, sí, te entiendo” mientras miran el celular.
Qué horror esa gente. Por suerte, nosotros no somos así. Nosotros lo hacemos de maneras mucho más sofisticadas. Vos también hacés esto. Yo también. Y probablemente acaba de pasarte mientras leías. Quizás apareció un ejemplo. Tu pareja. Tu amigo ese que “no escucha nada”. Tu madre. Tu jefe. Ese conocido que convierte cualquier conversación en una conferencia sobre su vida.
Y durante unos segundos dejaste de leer esta nota para pensar en esa persona. Lo cual sería bastante gracioso si no fuera porque acabás de hacer exactamente lo que la nota estaba diciendo. La nota te estaba hablando y vos ya estabas pensando en otra persona. No hace falta mejor demostración. Ahí está la trampa más elegante: podés estar completamente de acuerdo con una idea y, aun así, no haberla escuchado.
Una pregunta, no una moraleja
No voy a cerrar esto con “y por eso hay que escuchar más”. Esa frase ya la escuchaste. Muchas veces. Y si escuchar consejos sobre escuchar alcanzara para aprender a escuchar, probablemente seríamos una civilización ejemplar. No lo somos. Así que mejor una pregunta.
La próxima vez que alguien te cuente algo —tu pareja, un amigo, alguien que recién conocés— fijate en una sola cosa. Cuando termine de hablar, ¿cuál es tu primera palabra? ¿“A mí…”? ¿O “¿y vos?”? Parece una diferencia mínima. Pero quizás ahí haya una pequeña radiografía de cómo estamos conversando.
No hace falta que me contestes a mí. Contestale a la próxima persona que tengas al lado. Y esta vez, tratá de no preparar la respuesta mientras habla. Aunque sea difícil. Después de todo, probablemente ya sabés lo que va a decir.
Tal vez por situaciones como estas, sobre todo cuando ya tenemos muchos años, tanta gente termina alejándose de nosotros… y nosotros de ellos. No necesariamente por una gran pelea, una traición o algo que pueda señalarse con claridad. A veces alcanza con algo más pequeño y más silencioso: sentir, durante mucho tiempo, que cuando hablábamos, el otro ya sabía lo que íbamos a decir.
No es un tema menor. Pero quizás tampoco haga falta resolverlo ahora.
Quizás alcance con pensarlo.
Sin hablar.
