Cuando la vida rompe el orden de las cosas
Sobre la muerte de un hijo, el dolor y aquello que no tiene explicación
Hay dolores que se pueden explicar. No aliviar, quizá, pero sí explicar. Sabemos que las personas envejecen, que los padres mueren, que la vida tiene un principio y un final. Podemos saberlo intelectualmente y, aun así, sufrir cuando ocurre. Pero hay otros dolores frente a los cuales hasta las explicaciones parecen una forma de crueldad. La muerte de un hijo es uno de ellos.
Ayer murió en Buenos Aires una joven de 28 años. Tenía toda una vida por delante. Había luchado durante años contra un cáncer. Sus padres, amigos míos desde hace mucho tiempo, estuvieron junto a ella durante ese largo combate. Y finalmente tuvieron que verla morir. Ahora la están velando. Y yo no sé qué decirles. Quizá porque no existen palabras suficientemente grandes para semejante acontecimiento.
Quizá porque a veces hablar demasiado es una manera de no escuchar lo que está pasando.
Un orden que se rompe
Uno de los primeros aprendizajes que hacemos sobre la vida es que la vida termina. Vemos morir a los abuelos. Algún día mueren nuestros padres. Nos duele, pero existe un orden. La muerte de un hijo rompe ese orden. No porque haya una ley que diga quién debe morir primero, sino porque existe en nosotros una expectativa arraigada: los padres deberían acompañar a sus hijos mientras crecen, verlos hacerse adultos, envejecer mientras ellos siguen viviendo.
Cuando eso no sucede, no muere solamente una persona. También muere una parte de la idea que esos padres tenían sobre el futuro: las conversaciones que nunca existirán, los nietos que no nacerán, las llamadas que ya nadie recibirá.
El problema de querer encontrar una razón
Frente al dolor ajeno sentimos una incomodidad enorme. Y como no podemos devolverles a su hija, buscamos palabras: «hay que ser fuertes», «todo pasa por algo», «ella ya no sufre». Quizá esas frases nazcan del amor, pero el amor no siempre sabe qué decir. Y a veces, intentando consolar, le agregamos al que sufre una obligación más: la de entender. ¿Y si no hay nada que entender? ¿Y si algunas tragedias no contienen una enseñanza?
Hay algo humano en nuestra necesidad de encontrar una explicación: si encontramos una razón, imaginamos que el mundo vuelve a ser ordenado. Pero no siempre vuelve. La vida puede ser hermosa y, al mismo tiempo, injusta. Puede regalarnos personas extraordinarias y después quitárnoslas. No hay contradicción en eso. Es, simplemente, una de las cosas más difíciles de aceptar de estar vivos.
No hay cinco etapas
Elisabeth Kübler-Ross consiguió que habláramos de la muerte, y de allí surgió la idea de las cinco etapas del duelo: negación, ira, negociación, depresión, aceptación. Con el tiempo esas palabras se volvieron casi una receta, como si el duelo fuera un camino a recorrer en orden. Pero no funciona así. No hay mapa. No hay una fecha en la que alguien deba estar «mejor». Hay días en que se llora y días en que se puede reír, y hasta culpa por haber reído. Todo puede convivir, porque el duelo no es una enfermedad que haya que curar: es el precio que a veces pagamos por haber amado profundamente.
No se trata de olvidar
Tal vez una de las peores expresiones sea «superar una pérdida». ¿Superar qué? Quizá el objetivo no sea superar, sino aprender a vivir con una ausencia que ya forma parte de nuestra vida. Al principio ocupa todo el espacio; después, lentamente, cambia de tamaño. No porque la persona importe menos, sino porque la vida sigue reclamando nuestra presencia. Hay que comer, trabajar, salir a la calle. Y puede parecer una traición que el mundo siga funcionando. Pero sigue. Y eso, algún día, también puede ser una forma de salvación.
No hay culpa
Cuando una persona muere tras una enfermedad larga, hay algo más que decir: no hay culpables. Los padres pueden revisar una y otra vez lo ocurrido —¿y si hubiéramos insistido más, consultado a otro médico?— y el duelo fabrica esas preguntas, que a veces se convierten en culpa. Pero haber hecho todo lo posible no significa haber conseguido lo imposible. Hay enfermedades que matan. Reconocerlo no es rendirse: es dejar de agregarle culpa al dolor.
¿Qué se les dice a unos padres que acaban de perder a su hija?
Quizá nada. Quizá se los abraza. Quizá se pronuncia el nombre de la hija. Quizá simplemente: «Estoy acá.» Sin explicar, sin aconsejar, sin pedirles que sean fuertes. Porque a veces acompañar consiste en tolerar la propia impotencia: aceptar que no podemos arreglarlo, que no podemos devolverles lo perdido. Pero podemos estar. Y estar es muchísimo.
La resignación no es rendirse
Hay una palabra difícil pero necesaria: resignación. No como derrota ni como decir «era su destino», sino en su sentido más humano: aceptar aquello contra lo que ya no podemos luchar. No aceptar que haya sido justo. Aceptar que sucedió. Son cosas diferentes. Quizá la paz, cuando llegue, no consista en dejar de preguntarse por qué, sino en poder hacerse esa pregunta sin que destruya cada día.
La vida que sí fue
Los 28 años de Micaela, nadie puede quitarlos. No tuvo todos los años que imaginábamos para ella, pero tuvo una vida. Fue hija, fue amiga, fue querida. Amó, rió, se equivocó, dejó recuerdos. Tal vez nunca encontremos una forma de compensar los años que faltaron —no existe tal compensación— pero quizás podamos evitar otro error: permitir que los años que no fueron borren los años que sí fueron.
No tengo respuestas
Pienso en Laura y Juan Martín, esos padres, y en tantos otros que han tenido que despedir a un hijo, cada historia distinta y sin embargo unidas por algo: todos aprenden a vivir después de aquello que jamás imaginaron que tendrían que vivir. No sé cómo se hace. No sé si el dolor desaparece. No sé si el tiempo cura. Tengo preguntas y casi ninguna respuesta. Y quizá, frente a estas tragedias, la honestidad consista precisamente en eso: no fabricar respuestas para tranquilizarnos.
Solo sé que el amor que existió no desaparece porque la persona haya muerto. Que una hija puede dejar de estar físicamente y seguir formando parte de una vida. Que recordar no es quedarse atrapado en el pasado. Y que quizá la única respuesta que podemos ofrecerle a una vida injusta sea vivir, mientras podamos, con la mayor cantidad de amor posible.
No porque la vida sea justa, sino porque, a pesar de todo, sigue siendo la vida que tenemos.
