La costumbre de irse
Nadie se lo dijo, pero Mario aprendió con el tiempo que uno no se va de un lugar. Se va de una idea de sí mismo que ya no le alcanza. Y para lograrlo, se lleva puesto todo lo demás: el barrio, los olores, las voces que se filtraban por la pared del vecino.
Porque irse no es un acto de un solo día. Es algo que empieza mucho antes, sin que uno se dé cuenta, hasta que un día las valijas solo tienen que alcanzar al cuerpo, que llega tarde a donde la cabeza ya se había ido hace rato.
La primera vez que alguien se fue
Antes de irse Mario, alguien se fue de él. No hace falta ponerle nombre. Solo digamos que un día estaban, sus padres, y al otro no. Ahí quedó algo raro, como esas sillas que guardan la forma de quien se sentaba en ellas.
La orfandad no llegó como una noticia que se entiende: llegó como un silencio que hubo que aprender a habitar.
De chico uno no entiende que existan los adioses de verdad. Cree que la gente que quiere hace un huequito y se queda ahí, disponible para siempre, como guardada en un cajón. Después la vida se encarga de mostrar que no es así. Que hay ausencias que no vuelven.
Mario tardó años en entender otra cosa, más difícil todavía: que no todas las ausencias son un descuido. Que a veces alguien te suelta la mano no porque deje de quererte, sino exactamente, por lo contrario. Porque te quiere en un tamaño que ese lugar, esa mesa, esa rutina, ya no le alcanzaban para contener.
Eso no lo supo entonces. Entonces solo dolía, sin explicación, como duele todo lo que todavía no tiene nombre. Esa fue su primera lección. No la pidió. Pero se aprende igual, como se aprende todo lo que duele: para siempre.
Lo que hizo con esa lección
Y acá viene la parte incómoda. Años después, el que se fue él. Fue del barrio, primero. Ya de adolescente, Mario empezó a buscar algo distinto de lo que ese lugar le ofrecía: una profesión que no se parecía a las que había visto crecer alrededor suyo, un camino que lo obligaba a imaginarse en otro sitio.
Dejó un barrio que lo reconocía por el apellido y por el ruido de sus pasos. Dejó caras que iban a acordarse de él más de lo que él mismo estaba dispuesto a admitir. Y dejó, sobre todo, una versión de sí mismo que ya no le servía: el que confundía la costumbre con la felicidad, el que le tenía más miedo a lo nuevo que a quedarse quieto para siempre.
Después, con los años, hubo otras despedidas
Las de las mujeres que fue queriendo. Nunca de a dos, siempre de a una: eso Mario lo tiene claro y no lo cambiaría por nada. Es cierto que ninguna de esas historias duró demasiado, y ese —se dice— es otro tema, uno que todavía no termina de entender del todo.
Pero también está seguro de otra cosa, y le importa decirla bien: nunca se fue sin avisar. Siempre habló antes, siempre hubo una conversación, un cierre, aunque fuera doloroso. Por eso, cuando en algún momento se descubrió pensando «yo abandoné», se corrigió a sí mismo: esa palabra no le queda.
Abandonar es irse sin decir nada, dejar a alguien esperando algo que no va a llegar. Lo suyo fue distinto. Fue elegir, avisar, atar los cordones, cerrar una puerta con su propia llave, y caminar.
Pero por dentro, en ese lugar que no se controla del todo
Mario sospecha que estaba repitiendo, a su manera, lo que le habían hecho a él. Solo que esta vez el volante lo tenía él. Es curioso, y también un poco triste, cómo terminamos convertidos en aquello que más miedo nos daba encontrarnos. Nadie lo empujó esa vez. O tal vez sí, y todavía no lo sabe ver. Tal vez alguien, en algún gesto pequeño que ni notó, le estaba diciendo lo mismo que a él le habían dicho sin palabras: andate, no mires para atrás, lo que te espera no cabe acá.
Lo que no se ve en las despedidas
Nadie avisa que, después de irse, uno extraña cosas raras. No los grandes momentos ni las despedidas de manual. Se extraña una esquina, a una hora precisa de la tarde. Un ruido. Una luz que entraba por una ventana que ya no es de uno. Y ahí aparece algo difícil de digerir: irse no cura las heridas. Solo agrega una segunda herida, la de convertirse también en quien se va. Y entonces uno carga con las dos cosas juntas, sin saber nunca bien cuál pesa más.
Pero también aparece algo más generoso, si uno se anima a mirarlo: que quedarse por miedo no es lo mismo que quedarse por amor. Y que a veces, el gesto más honesto que podemos hacer con los demás, y con nosotros mismos, es soltar. No como castigo. Como permiso.
Con los años, Mario dejó de pedirle a la nostalgia que fuera solo tristeza
Aprendió a dejarla ser las dos cosas a la vez: la certeza de que algo bueno existió, y la certeza de que tenía que terminar para que él empezara.
No sabe si eso es hacer las paces. Pero se le parece. No sabe si el que se fue del barrio, el que buscó otra profesión, el que nunca encontró una pareja que durara, y el que fue abandonado de chico, son la misma persona ya en paz, o si simplemente aprendieron a convivir sin pelear tan seguido. Nunca se sabe del todo con esas cosas.
Lo que sí sabe es que todavía hay tardes en las que, sin ningún motivo, se acuerda de esa esquina. Y siente nostalgia. Pero no volvería. Porque irse fue, también, una forma de que algo en él terminara de crecer.
