¿Por qué a veces actuamos en contra de nosotros mismos?
Antes de empezar, una aclaración honesta.
Me atrevo a escribir sobre estos temas sin invadir el terreno de los profesionales de la materia. No soy psicólogo ni psicoanalista. Lo hago como un escritor con ganas de divulgación, pensando en el hombre de a pie, y con una credencial poco académica pero bien ganada: tengo muchos años y más de treinta sentado en el sillón del terapeuta.
Lo que sigue no es una clase magistral, es una mirada compartida sobre algo que, sospecho, todos reconocemos apenas lo leemos.
Todos conocemos a alguien que deja todo para último momento
A veces ese alguien somos nosotros. Prometemos empezar la dieta el lunes. El lunes llega… y descubrimos que el verdadero lunes empieza la semana siguiente. Decimos que no vamos a responder ese mensaje. Lo respondemos. Juramos que esta vez no volveremos a caer en la misma historia. Y, cuando menos lo esperamos, ahí estamos otra vez. Como si la vida tuviera un extraño sentido del humor y nosotros fuéramos sus actores favoritos.
Entonces aparece una pregunta tan vieja como incómoda: ¿por qué, si sabemos lo que nos hace bien, tantas veces elegimos lo contrario?
Una idea que intentó explicar nuestras contradicciones
Hace más de un siglo, el médico neurólogo austríaco Sigmund Freud (1856-1939), fundador del psicoanálisis, intentó responder esa pregunta con una idea tan sencilla como provocadora. Freud revolucionó la manera de pensar la mente humana al proponer que no todo lo que hacemos depende de la razón o de la voluntad.
Según él, existe una parte de nosotros que actúa sin que la veamos con claridad: el inconsciente.
Entre sus muchas ideas, hubo una que llamó especialmente la atención: la existencia de dos grandes pulsiones que conviven en cada persona. Las llamó Eros y Thanatos —pulsión de vida y pulsión de muerte—, aunque no hace falta quedarse con los nombres técnicos para entender de qué hablaba.
No las veía como dos enemigos, sino como dos tendencias que influyen en nuestras decisiones y explican muchas de nuestras contradicciones. Más de un siglo después, muchas de sus teorías siguen siendo estudiadas, discutidas y revisadas por la psicología. Pero sus preguntas continúan tan vigentes como entonces.
Dos vecinos que viven bajo el mismo techo
Una de esas fuerzas empuja hacia la vida. Pero vivir de verdad, no solo respirar. Es la que nos lleva a enamorarnos, hacer amigos, aprender algo nuevo a cualquier edad, cuidar a quienes queremos, empezar un proyecto o plantar un árbol sabiendo que quizá nunca disfrutemos de toda su sombra.
Es la fuerza que, después de una caída, nos susurra: «Intentá una vez más.»
La otra fuerza parece ir en sentido contrario, aunque no siempre aparece de forma dramática. Es bastante más discreta. Prefiere convencernos de dejar todo para mañana. Nos dice que no llamemos a esa persona porque «ya fue». Que abandonemos ese sueño porque seguramente iba a salir mal. Que volvamos con quien ya nos rompió el corazón porque, al menos, ese dolor ya lo conocemos.
Y ahí aparece una de esas paradojas tan humanas: muchas veces preferimos un sufrimiento conocido antes que una felicidad incierta. Parece ilógico. Lo es. Pero cualquiera que haya vuelto a una relación que sabía terminada entiende perfectamente de qué estamos hablando.
Somos una contradicción con piernas
Nos encanta decir que aprendimos de los errores. Después cometemos exactamente el mismo, pero con alguien distinto. Queremos tranquilidad, pero revisamos el teléfono cada dos minutos esperando encontrar un problema nuevo.
Pasamos meses soñando con las vacaciones y, cuando finalmente llegan, al tercer día ya sentimos culpa por no estar haciendo nada. Nos quejamos de la rutina y, cuando cambia demasiado, extrañamos la rutina.
Pedimos libertad, pero a veces nos asusta decidir. Y es curioso: desconfiamos de las personas que nos quieren demasiado, pero rara vez desconfiamos de nuestros propios malos hábitos. A esos les abrimos la puerta como si fueran parientes.
El ser humano tiene un talento extraordinario para complicar lo simple. Y otro todavía mayor para justificarlo después.
¿Entonces todo se reduce a dos fuerzas?
No. Y aquí conviene hacer una aclaración. Freud no decía que solo existieran dos emociones o dos impulsos. El miedo, la alegría, la curiosidad, la ira, la ambición, el deseo de ser querido, la necesidad de pertenecer o la creatividad forman parte de lo que somos, y ninguna de esas piezas se explica del todo con la teoría de las dos pulsiones.
Lo que él proponía era otra cosa: que, detrás de muchas de esas experiencias, podían reconocerse dos grandes tendencias. Una que empuja a construir, crear y vincularnos. Otra que, en determinadas circunstancias, nos lleva a repetir lo que nos hace daño, retirarnos o renunciar.
Hoy la psicología ofrece muchas otras explicaciones sobre el comportamiento humano. Habla de emociones, aprendizajes, experiencias de la infancia, biología, relaciones, personalidad y contexto. Ninguna teoría alcanza para explicar por completo a una persona. Y, probablemente, eso sea una buena noticia. Porque si el ser humano pudiera resumirse en un manual de instrucciones, seguro habría alguien que lo guardaría «en un lugar seguro»… y nunca más lo encontraría.
La buena noticia
Si algo deja esta idea es que esas dos fuerzas no escriben nuestro destino. Influyen. Empujan. Insisten. Pero no firman nuestras decisiones. Cada vez que pedimos perdón en lugar de alimentar el orgullo, cada vez que dejamos un hábito que nos hace daño, cada vez que elegimos volver a confiar después de una decepción, estamos fortaleciendo esa parte que apuesta por la vida.
No porque el camino se vuelva fácil de un día para el otro. Sino porque, con el tiempo, ese es el músculo que termina sosteniéndonos.
Para pensar
Quizá la pregunta nunca fue por qué tenemos una parte que nos hace tropezar. La verdadera pregunta es por qué nos sorprende tanto descubrir que somos contradictorios. Tal vez crecer no consista en dejar de tener esa pelea interna. Tal vez consista en aceptar que esas dos voces seguirán allí, discutiendo en silencio, mientras nosotros decidimos a cuál escuchar.
Porque, al final, todos llevamos un constructor y un saboteador viviendo bajo el mismo techo. La diferencia no está en echar a uno de la casa. Está en decidir, cada día, a cuál de los dos le damos la palabra.
