Ser feliz… y agradecidos
La felicidad tiene la mala costumbre de llegar cuando uno deja de perseguirla
Hay textos que no nacen de una noticia. Nacen de una pregunta. De esas preguntas que aparecen cuando el ruido afloja un poco. Cuando la casa queda en silencio, el teléfono deja de sonar y uno, por fin, tiene tiempo de mirarse por dentro. La pregunta era sencilla. ¿Por qué nos cuesta tanto ser felices? O mejor todavía. ¿Por qué insistimos en dejar la felicidad para después?
Vivimos convencidos de que falta algo. Que cuando llegue el viernes vamos a respirar. Que cuando mejore la economía vamos a dormir tranquilos. Que cuando los hijos crezcan vamos a tener tiempo. Que cuando nos jubilemos vamos a vivir. Y mientras tanto, la vida hace exactamente lo que siempre hizo. Sigue. No espera a nadie. Tiene una elegancia cruel para eso. Pasa mientras hacemos planes.
Las cosas importantes casi nunca hacen ruido
Hay personas que entienden esto sin haber leído un solo libro de filosofía. El hombre que sale de madrugada a trabajar. La mujer que estira el sueldo como si fuera un milagro mensual. El jubilado que barre la vereda todas las mañanas. La madre que llega cansada y todavía encuentra fuerzas para preguntar cómo estuvo el día de los demás.
Ninguno habla de la felicidad. Simplemente la vive cuando aparece. Porque la felicidad nunca llega con fuegos artificiales. Llega disfrazada. De mate. De pan recién horneado. De una sobremesa que se estira. Del perfume de una planta después de la lluvia. Del perro que salta como si uno hubiera vuelto de la guerra, aunque apenas haya ido a comprar pan. De una llamada inesperada. De una carcajada que aparece justo cuando parecía que el día estaba perdido.
Las cosas importantes casi nunca hacen ruido.
Nos vendieron una idea equivocada
Durante años nos hicieron creer que ser feliz era llegar. Llegar a una casa más grande. A un mejor trabajo. A un auto más nuevo. A una cuenta bancaria sin sobresaltos. Y uno pasa media vida subiendo una escalera. El problema aparece cuando llega arriba y descubre otra escalera. Después otra. Y otra más. Como si la felicidad siempre viviera en el piso siguiente. La verdad es bastante menos espectacular. La felicidad no suele estar al final del camino. Va caminando al lado nuestro. Solo que casi nunca la miramos.
El dolor también forma parte del viaje
Claro que hay días difíciles. Sería una falta de respeto decir lo contrario. Hay enfermedades. Hay despedidas. Hay fracasos. Hay noches largas. Hay silencios que pesan más que cualquier discusión. Hay personas que se van demasiado pronto y otras que, aun estando, ya no están. Todo eso existe. Y duele. Pero muchas veces hacemos un trabajo extra. Sufrimos por lo que pasó. Y después sufrimos por no aceptar que pasó. Como si discutir con la realidad pudiera cambiarla. No podemos elegir todo lo que nos toca. Pero sí podemos elegir qué hacemos con eso. Ahí empieza la libertad.
Lo que de verdad deja huella
El fraile Mamerto Menapace decía que un año no debería medirse por el dinero ganado ni por los viajes realizados. Tiene razón. Un año vale por otra cosa. Por las veces que fuimos capaces de querer sin garantías. Por los abrazos que dimos antes de que fuera tarde. Por las disculpas que nos animamos a pedir. Por las carcajadas que aparecieron cuando todo invitaba a llorar. Por los momentos en que el orgullo quiso ganar una discusión y el corazón prefirió conservar un vínculo. Eso queda. Lo demás cambia de dueño.
El fracaso nunca fue un enemigo
El éxito tiene una costumbre peligrosa. Hace creer que ya entendimos todo. El fracaso, en cambio, obliga a pensar. Hace revisar el mapa. Mover muebles. Empezar otra vez. Y aunque en el momento parezca una injusticia, con los años uno descubre que muchas de las mejores decisiones nacieron precisamente de aquello que salió mal. El sufrimiento siempre deja una pregunta sobre la mesa. «¿Y ahora qué vas a hacer?» No suele traer respuestas. Las respuestas hay que fabricarlas.
Mover una pieza también es empezar
Si la vida que llevamos dejó de parecernos nuestra, protestar no alcanza. Habrá que mover algo. Aunque sea una sola pieza. Pedir ayuda. Aprender un oficio. Animarse a decir que no. Pedir perdón. Perdonar. Dejar una costumbre que hace daño. Cerrar una puerta que hace años debía estar cerrada. Empezar de nuevo siempre da miedo. Pero quedarse quieto también. Y casi siempre cuesta más.
La voluntad también se entrena
La voluntad se parece bastante a un músculo. Si no se usa, se achica. Si se ejercita todos los días, termina haciendo cosas que antes parecían imposibles. No hace falta cambiar la vida de un día para otro. Alcanza con cambiar un día. Después otro. Y otro. Así se construyen las historias que valen la pena.
Si eres mayor… o simplemente te sientes mayor
Hay una trampa en la que caemos casi todos. Contar lo que perdimos. Pocas veces hacemos la cuenta de lo que todavía tenemos. Si eres mayor, antes de mirar las arrugas, mira el camino. Antes de pensar en los años que pasaron, piensa en los que pudieron no haber llegado.
Si tienes salud, agradécela. Y si no la tienes completa, pero aun así cada mañana consigues levantarte de la cama, también agradécelo. Si algún dolor te acompaña, pero puedes caminar. Si puedes vestirte solo. Prepararte un café. Leer un libro. Recordar el nombre de tus hijos o de tus amigos. Reírte con un chiste. Emocionarte con una canción.
Si tu cabeza sigue teniendo curiosidad. Si todavía haces planes. Si todavía te ilusionas. Si todavía sientes ganas de querer y de que te quieran. Entonces eres mucho más afortunado de lo que imaginas. Porque la juventud nunca estuvo en la piel. Siempre estuvo en las ganas. Y hay personas de treinta años que hace mucho dejaron de vivir. Y otras de ochenta que todavía miran el mundo con ojos de estreno.
La gratitud cambia el tamaño de las cosas
La gratitud no elimina los problemas. No cura las enfermedades. No devuelve a quienes se fueron. No evita los días malos. Pero hace algo mucho más silencioso. Les cambia el tamaño. Nos recuerda que, incluso en medio de las dificultades, siguen existiendo motivos para sonreír. Un café caliente. Una charla sin apuro. La voz de alguien que nos quiere. El sol entrando por la ventana. El abrazo de un nieto. La mano de la persona con la que compartimos la vida. Pequeñas cosas. Tan pequeñas que muchas veces pasan desapercibidas. Y, sin embargo, cuando faltan, entendemos que ahí estaba casi toda la felicidad.
Al final
Tal vez la vida nunca haya consistido en tener más. Sino en darse cuenta. Darse cuenta de quién sigue sentado a nuestra mesa. De quién nos espera cuando volvemos. De quién pronuncia nuestro nombre con cariño.
De que todavía respiramos. De que todavía podemos empezar otra vez. Porque al final nadie será recordado por la cantidad de dinero que ganó, ni por las discusiones que venció, ni por los títulos que colgó en una pared. Nos recordarán por la paz que transmitíamos. Por el bien que hicimos sin anunciarlo. Por las veces que estuvimos cuando alguien nos necesitó.
Y por la forma en que elegimos atravesar esta aventura extraordinaria, imperfecta, breve y maravillosa que, con toda su mezcla de lágrimas y sonrisas, sigue llamándose vida.
