Lo que Malasia me devolvió de mí misma
Una carta de Estela Ventimiglia al autor
Querido Omar:
Hay libros que se leen y libros que, sin pedir permiso, se instalan a vivir en uno. El suyo – A Malasia con un Tango – pertenece a la segunda especie. Lo terminé hace unos días y todavía —lo confieso— no logro sacármelo de encima. Y como no sé bien qué hacer con lo que un libro me deja cuando me atraviesa de verdad, hago lo único que sé hacer: escribir.
No pretendo hacerle una reseña. Para eso están los que leen con oficio. Yo solo quiero contarle, con el pudor de quien habla de sí misma sin haberlo planeado, todo lo que su historia despertó en mí.
La orfandad que no se nombra
Hay una escena que no puedo olvidar: usted, adolescente, cruzando el pulmón de una manzana con sobres bajo el brazo, sin saber todavía que ese trayecto —tan pequeño, tan de barrio— iba a ser el comienzo de una vida entera. Lo que me conmovió no fue el después, la empresa, los países, el éxito. Fue el antes. Ese muchacho que no tenía nada más que hambre de futuro.
Yo también fui, a mi manera, esa muchacha. Todos, en algún momento, lo fuimos: personas paradas frente a un mundo demasiado grande, sin más certeza que las ganas. Usted me recordó algo que había olvidado: que no hace falta llegar completo a ningún lado. Alcanza con llegar dispuesto.
El padre que se escribe
Después está su hija. Está ese libro escrito, según confiesa, para que ella encuentre en cada página un refugio. Y ahí, Omar, me quebré un poco.
Porque uno puede dejarles a los hijos muchas cosas: una casa, un apellido, un negocio. Pero muy pocos padres se animan a dejarles la propia intimidad, el propio miedo, la propia herida. Usted lo hizo. Escribió no para quedar bien, sino para quedar disponible. Y eso —permítame decirlo así— no es literatura: es amor traducido a palabras, que es la forma más difícil del amor.
Pensé, leyéndolo, en todo lo que mi propio padre nunca me dijo. Y en cómo a veces los hijos pasamos la vida buscando, en libros ajenos, las palabras que los nuestros no supieron o no pudieron darnos.
El socio como espejo
Y después llega Arnaldo. Y con él, algo que atraviesa todo el libro sin necesitar subrayado: la amistad como territorio sagrado.
Usted no lo describe como un socio. Lo describe como alguien que lo vio antes de que usted mismo se viera. «¿Te gusta el mate y la milonga? Ven conmigo al laboratorio.» Con esa frase tan simple empieza, en realidad, la historia de un reconocimiento: alguien que lo elige a uno no por lo que produce, sino por lo que es.
Cuánta falta nos hacen esos otros. Los que nos convocan a ser mejores simplemente por la forma en que nos miran. Leyendo esas páginas entendí, una vez más, que ninguna proeza se construye en soledad, aunque después la cuente uno solo, en primera persona, como usted mismo advierte con esa honestidad tan poco frecuente.
Y cuando Arnaldo muere, y usted lo dice con esa brevedad que solo usan los que de verdad han sufrido —«su ausencia duele todavía»— comprendí que el libro entero es, también, una larga carta de duelo disfrazada de historia empresarial. El duelo, cuando es genuino, no necesita grandes palabras. Necesita apenas la valentía de nombrarlo.
Lo que el dinero no cuenta
Me gustó, además, que el libro no se avergüence del éxito, pero tampoco lo idolatre. Usted cuenta con orgullo haber llegado a cinco continentes, sí, pero se detiene con la misma dedicación en las derrotas: el distribuidor que no pagó, los mercados que se cerraron, los miedos que atravesó su gente en tierras ajenas y hostiles.
Ahí hay una lección que va mucho más allá de los negocios: la vida no se mide por lo que se consigue, sino por lo que uno está dispuesto a atravesar sin dejar de ser quien es. Usted mismo lo dice de otra manera, hablando de vocación de servicio, de la pregunta que —según cuenta— nunca deja de hacerse: ¿en qué puedo ayudar?
Esa pregunta, Omar, es la que sostiene a las personas enteras. Y muy pocos la sostienen durante tantos años.
El epílogo que en realidad es el centro
Guardé para el final lo que para mí fue, en realidad, el corazón del libro: la historia del sereno guatemalteco y su esposa. Ahí, donde uno esperaría el cierre triunfal de una vida de negocios, usted elige contarnos un dormitorio, un baño, una cocina, ofrecidos a dos personas que no tenían nada.
Ese gesto lo dice todo. Después de recorrer el mundo entero vendiendo, negociando, sobreviviendo a la Argentina y a sus propias tormentas, lo que usted elige dejar como legado no es una cifra de facturación. Es una puerta abierta. Y eso, créame, no se aprende en ningún manual de management, por más consejos numerados que uno incluya en un libro.
Gracias, desde el otro lado del libro
No sé si usted, cuando escribía de madrugada, mirando tal vez ese Mediterráneo que menciona, imaginaba que estas palabras iban a encontrarse con una lectora cualquiera, en un país cualquiera, en un 2026 que usted no podía prever. Pero así funcionan los libros verdaderos: se escriben para uno mismo y terminan siendo, sin que el autor lo sepa, una mano tendida hacia un desconocido.
Su libro me tendió esa mano. Me habló de mi propio padre, de mis propias ausencias, de mis propios comienzos torpes y de las personas que, como Arnaldo para usted, me eligieron antes de que yo supiera elegirme. Gracias por haber tenido el coraje de contarse. Gracias por no haber escrito una historia de éxito, sino una historia de vida, que es siempre más difícil y siempre más necesaria.
Con cariño y admiración,
Estela Ventimiglia
