Después que “María se cayó al pozo… lo taparon”
Cada vez que una tragedia sacude a una comunidad —un terremoto, una inundación, un incendio o cualquier desastre que deja al descubierto nuestras fragilidades— aparecen las mismas preguntas: ¿se podía haber evitado?, ¿nadie lo vio venir?, ¿por qué las medidas llegaron después?
El reciente terremoto en Venezuela volvió a poner sobre la mesa esa vieja costumbre humana de reaccionar cuando el daño ya está hecho. Entonces, como si la sabiduría popular hubiera estado esperando su turno, resurge una frase tan sencilla como incómoda: «Después que María se cayó al pozo… lo taparon.» En pocas palabras resume una verdad que atraviesa épocas, gobiernos y personas: solemos descubrir la importancia de prevenir justo cuando ya estamos lamentando las consecuencias.
Hay frases que no necesitan explicación
Porque traen la explicación incorporada. «Después que María se cayó al pozo… lo taparon» es una de esas sentencias populares que parecen un chiste, pero tienen la crueldad de los espejos. Uno sonríe apenas la escucha y, cuando termina de reírse, descubre que se estaba riendo de sí mismo.
La historia, además, es perfecta por lo que calla. No sabemos quién era María. No sabemos si gritó. No sabemos cuánto tiempo estuvo ahí abajo. No sabemos quién dejó el pozo abierto. Lo único que sabemos es que, una vez que María cayó, alguien tuvo la brillante idea de taparlo. Como si el problema hubiera sido el pozo y no la demora.
La extraña costumbre de llegar tarde
Vivimos enamorados de las soluciones tardías. Nos fascinan. Les ponemos cintas, discursos, conferencias de prensa y placas recordatorias. Inauguramos la prevención cuando ya no queda nada por prevenir. Es una especialidad humana: construir paraguas cuando la inundación ya se llevó la casa.
Resulta curioso. La inteligencia inventó satélites, vacunas y computadoras capaces de responder preguntas en segundos. Pero todavía no logró convencer al sentido común de que es mejor cerrar el pozo antes de que alguien se caiga. Quizás porque prevenir tiene un defecto insoportable: no produce héroes.
Si el pozo permanece tapado durante veinte años, nadie organiza un homenaje. Nadie corta una cinta. Nadie agradece que no pasó nada. La prevención es silenciosa. Carece de épica. En cambio, la reacción llega con cámaras, declaraciones solemnes y promesas de que «esto no volverá a suceder», una frase que suele pronunciarse justo antes de que vuelva a suceder.
La sorpresa de lo inevitable
Hay una paradoja deliciosa: cuanto más previsible era la tragedia, más sorprendidos actuamos cuando finalmente ocurre. «¿Quién hubiera imaginado semejante cosa?», dicen todos. Todos. Hasta los que habían sido advertidos diez veces. Porque el problema nunca fue la falta de información. Fue el exceso de confianza. Ese deporte nacional que consiste en pensar que las desgracias siempre eligen el patio del vecino.
El pozo estuvo abierto meses. Pasaron cien personas. Noventa y nueve lo esquivaron. La número cien fue María. Y entonces descubrimos que el pozo era peligroso. No deja de ser admirable nuestra capacidad para bautizar como «imprevisto» aquello que venía avisando con carteles luminosos.
Los pozos que llevamos por dentro
La vida cotidiana está llena de pozos abiertos. El chequeo médico que se posterga porque «me siento bien». La amistad que dejamos enfriar porque «después la llamo». El hijo que crece mientras estamos respondiendo un correo urgente. El ahorro que empezaremos el mes que viene. El descanso que llegará cuando terminemos todo, sin advertir que ese «todo» es una fábrica que nunca cierra. Después nos sorprende la enfermedad. Después nos sorprende la distancia. Después nos sorprende el cansancio. Y tapamos el pozo.
Cuando el dolor dicta las reglas
También ocurre con las ciudades. Un semáforo aparece después del tercer accidente. Un puente se repara después del derrumbe. Una ley nace después del escándalo. Una alarma se instala después del robo. Pareciera que el dolor fuera el formulario obligatorio para habilitar la sensatez.
Es extraño: para hacer las cosas bien necesitamos primero hacerlas muy mal. Sin embargo, tampoco conviene reírse demasiado de quienes llegan tarde. Porque, si somos honestos, todos hemos sido alguna vez el responsable de un pozo abierto. Todos. El que no pidió perdón a tiempo. El que dejó pasar una oportunidad. El que creyó que tenía tiempo de sobra. El que confundió urgencia con importancia. Vivimos administrando futuros imaginarios como si alguien nos hubiera garantizado la existencia del próximo lunes. Nadie firma ese contrato.
Las lecciones que siempre benefician a otro
Quizás por eso la frase de María tiene algo profundamente humano. No habla solamente de negligencia. Habla de esperanza. Porque si alguien decidió tapar el pozo, aunque fuera tarde, significa que al menos aprendió algo. La experiencia llegó con demora, sí, pero llegó. Claro que el aprendizaje tardío tiene una ironía feroz: casi siempre beneficia a otro.
María ya cayó. El próximo caminante no. Y allí aparece otra paradoja hermosa. Hay decisiones que llegan demasiado tarde para nosotros, pero exactamente a tiempo para los demás. Tal vez esa sea la forma más discreta de la solidaridad: evitar que otro tropiece con la piedra que nosotros no vimos, o no quisimos ver.
Después de todo, cada generación tapa algunos pozos y deja abiertos otros. Heredamos precauciones que alguien pagó muy caras. Usamos cinturón de seguridad porque hubo accidentes. Existen protocolos porque hubo errores. Hay normas porque alguna vez alguien creyó que no hacían falta. La civilización, vista de cerca, es una inmensa colección de pozos tapados. Y también de nuevos pozos esperando distraídos.
Un final que todavía no termina
Tal vez la verdadera enseñanza no sea vivir con miedo a caer, sino desarrollar el raro talento de mirar el camino antes de dar el siguiente paso. No para desconfiar de todo, sino para entender que la prudencia nunca será tan espectacular como el rescate, aunque casi siempre sea mucho más útil.
Porque la historia de María no empieza cuando cae. Empieza el día en que alguien vio el pozo y pensó: «ya habrá tiempo para taparlo». Quizás todos tengamos un pozo abierto en algún rincón de la vida. Una conversación pendiente. Un riesgo que minimizamos. Una decisión que seguimos postergando porque creemos que todavía no es urgente.
La pregunta no es si algún día habrá que taparlo. La pregunta es mucho más incómoda. ¿Lo haremos antes de que caiga otra María… o seguiremos creyendo que el tiempo siempre llega primero que nosotros?
