El juego de los sentimientos
Hay textos que uno encuentra y no sabe muy bien qué hacer con ellos. No porque sean difíciles. Sino porque son demasiado exactos. Porque dicen algo que vos sentías, pero no habías podido nombrar, y de repente ahí está, nombrado, con una precisión que duele un poco y alivia otro poco al mismo tiempo.
Este es uno de esos. No lo escribí yo. No sé con certeza quién lo escribió, y parece que nadie lo sabe del todo. Apareció en una revista española a fines de los noventa, circuló décadas por internet con nombres prestados —Benedetti, Bucay, otros—, y terminó siendo de todos y de nadie, que a veces es la mejor forma de pertenecer.
Lo que sí sé es lo que me hizo cuando lo leí.
Me hizo pensar que pocas veces encontré la condición humana tan bien retratada en tan poco espacio. No en un ensayo, no en un tratado de filosofía. En un juego de escondite. En una tarde cualquiera en que todos los sentimientos del mundo decidieron jugar, y el amor llegó tarde, como siempre, y pagó un precio que ninguno de los otros pagó.
Es un cuento. Es una poesía. Es una de esas cosas que no termina de ser ninguna de las dos y por eso es más que ambas. Hoy te lo comparto porque creo que también te va a hacer algo.
No sé exactamente qué. Eso ya es tuyo.
Cuento: “El juego del escondite, del amor y de la locura”
Cuentan que una vez, en algún momento que nadie anotó en ningún calendario, todos los sentimientos del mundo se juntaron en un mismo lugar. No en un lugar especial, ojo. En un lugar cualquiera, de esos que no aparecen en los mapas porque no le importan a nadie.
Estaban ahí, sin saber muy bien qué hacer con el rato.
El aburrimiento había bostezado ya tres veces —la tercera con una convicción que incomodó a todos— cuando la locura, que siempre llega con algo, propuso lo de siempre:
—¿Jugamos al escondite?
La intriga arqueó una ceja. La curiosidad no pudo callarse, como le pasa siempre a la curiosidad:
—¿Cómo se juega?
—Yo me tapo los ojos y cuento hasta un millón. Ustedes se esconden. Al primero que encuentre le toca contar a él.
El entusiasmo empezó a moverse antes de que terminara la explicación. La euforia lo siguió, claro, porque la euforia siempre sigue al entusiasmo sin preguntarse adónde va. La alegría convenció a la duda —que necesitó un rato— y hasta a la apatía, que participó encogiéndose de hombros, que es su forma de decir que sí.
Hubo quienes no quisieron jugar.
La verdad se quedó parada donde estaba. Para qué esconderse, pensó, si tarde o temprano la terminan encontrando igual. La soberbia dijo que el juego le parecía una estupidez, aunque en el fondo lo que le molestaba era no haber sido ella quien lo inventó. Y la cobardía buscó una excusa, encontró tres, y se quedó con la más cómoda.
—Uno, dos, tres— empezó a contar la locura, con la cara tapada contra un árbol.
La pereza fue la primera en esconderse: se tiró detrás de la primera piedra que encontró, a cuatro pasos del árbol. Ni se molestó en buscar algo mejor. La fe subió directo al cielo, que es donde siempre termina. La envidia se acomodó en la sombra del triunfo, que había trepado al árbol más alto con su propio esfuerzo y desde arriba no veía a nadie.
La generosidad tardó más de lo razonable. Encontraba lugares perfectos, pero perfectos para otros. Ese lago tan quieto, qué desperdicio no dárselo a la belleza. Ese árbol con sombra fresca, ideal para la timidez. Esa ráfaga de viento, qué cosa tan parecida a la libertad. Terminó escondiéndose en un rayito de sol, que fue lo único que encontró libre, y que en el fondo le pareció suficiente.
El egoísmo, en cambio, encontró su lugar en dos minutos: ventilado, cómodo, con buena vista. Solo para él. La mentira dijo que se iba a esconder en el fondo del océano —no es cierto, se fue detrás del arcoíris—. La pasión y el deseo bajaron juntos al centro de los volcanes, que es el único sitio donde los dos caben al mismo tiempo. El olvido se escondió en algún lugar que ahora nadie recuerda, ni él.
Cuando la locura iba por el novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve, el amor todavía estaba parado en el medio, mirando para todos lados. Todo ocupado. Cada rincón, cada sombra, cada hueco. Hasta que vio el rosal.
Se metió entre las flores, despacio, tratando de no hacer ruido.
—Un millón —dijo la locura, y levantó la cara del árbol.
Encontró a la pereza antes de dar diez pasos. A la fe la escuchó discutir con Dios sobre no sé qué tema de biología. A la pasión y al deseo los sintió antes de verlos, en el temblor del suelo. A la envidia la encontró sin querer, y de ahí dedujo dónde estaba el triunfo. A el egoísmo no tuvo que buscarlo: salió solo, disparado de su escondite perfecto, que resultó ser un nido de avispas. A la belleza la descubrió cuando se acercó al lago a tomar agua. A la duda la encontró sentada en el filo de una cerca, sin haber decidido todavía de qué lado esconderse.
Así fue apareciendo todo el mundo. El talento entre el pasto húmedo. La angustia en el fondo de una cueva que olía a cueva. La mentira detrás del arcoíris, exactamente donde había dicho que no iba a estar. Hasta el olvido, que ni se acordaba de que estaba jugando.
Pero el amor no aparecía.
La locura buscó en serio, que es algo que a la locura no le sale del todo natural. Buscó detrás de los árboles, debajo de los puentes, en la orilla de todos los ríos. Buscó en la cima de las montañas y en los lugares donde uno busca cuando ya no sabe dónde buscar más. Estaba a punto de darse por vencida —y rendirse le costaba, porque la locura tiene su orgullo— cuando vio el rosal.
Las flores. Los pétalos cerrados.
Tomó una horquilla, casi sin pensarlo, y empezó a abrir rosas.
El grito la detuvo.
Las espinas habían entrado directo en los ojos del amor. No fue un accidente con intención ni una intención con forma de accidente. Fue, simplemente, el descuido más caro de la historia.
La locura no supo qué hacer. Nunca sabe qué hacer con las consecuencias, que es justamente uno de sus problemas. Lloró. Pidió perdón de todas las maneras que conocía y de algunas que inventó ahí mismo. Prometió no separarse nunca, guiarlo, acompañarlo a donde fuera.
Y cumplió. Desde ese día, el amor camina a ciegas por el mundo. Y la locura va siempre a su lado, llevándolo de la mano hacia lugares en los que nadie cuerdo se metería jamás.
Anónimo — versión libre
