Las «prótesis» afectivas

Lo que aparece cuando ya nadie habla

Hay silencios que hacen más ruido que una discusión. Silencios en una pareja que comparte la cama, pero ya no comparte las preguntas. Silencios entre padres e hijos que aprendieron a convivir sin mirarse demasiado. Silencios personales, esos que uno lleva consigo como quien transporta una valija vieja llena de conversaciones pendientes.

Y entonces ocurre algo curioso. Cuando las palabras no alcanzan, aparecen los reemplazos. Un amante. Un perro. Un gato. Un amigo imprescindible. Un trabajo que ocupa cada minuto libre. Una causa. Una comunidad. Una pantalla. Incluso una inteligencia artificial.

No llegan porque sí. Llegan porque algo está diciendo «presente» en el lugar exacto donde otra cosa se volvió ausente. A eso podríamos llamarlo «prótesis afectiva». No como insulto. No como condena. Tampoco como diagnóstico. Como descripción. Después de todo, una prótesis no es una mentira. Es una solución. Una adaptación. Un recurso para seguir funcionando cuando algo duele, falta o ya no responde como antes.

La paradoja de los sustitutos

La cultura suele obsesionarse con el sustituto. Se escandaliza por el amante. Se burla del que trata a su perro como a un hijo. Se sorprende ante quien vive para trabajar. Pero rara vez pregunta por la herida. Es más fácil discutir sobre la prótesis que sobre la amputación. Sin embargo, casi todas las prótesis afectivas parecen responder a la misma lógica: sostener aquello que no encuentra otro modo de sostenerse. La paradoja es incómoda. Muchas veces aquello que parece el problema es apenas el síntoma de un problema anterior. Y muchas veces aquello que parece una dependencia es, en realidad, un intento desesperado de supervivencia emocional.

El mensaje oculto de los vínculos sustitutos

El pediatra y psicoanalista Donald Winnicott (1896–1971) observó que los niños suelen aferrarse a mantas, muñecos o peluches que les brindan consuelo cuando la madre no está presente. Los llamó «objetos transicionales». No reemplazan a la madre; ayudan a tolerar su ausencia. Funcionan como un puente entre la dependencia absoluta y la autonomía.

Quizás la vida adulta sea menos original de lo que creemos. Tal vez seguimos fabricando objetos transicionales con formas más sofisticadas. Ya no son ositos de peluche. Ahora tienen nombre y apellido. Ladran. Ronronean. Nos escriben mensajes a las tres de la mañana. Nos esperan en una oficina. Nos siguen en redes sociales. La diferencia es que los adultos solemos llamar amor a algunas cosas que, en ocasiones, son también estrategias para soportar ausencias.

Cuando el apego busca dónde vivir

John Bowlby (1907–1990) sostuvo que los seres humanos desarrollan modelos afectivos a partir de sus vínculos tempranos. Dicho de manera sencilla: aprendemos a esperar ciertas cosas del amor porque alguna vez las vivimos o las extrañamos. Por eso las prótesis afectivas no aparecen al azar. Suelen instalarse exactamente donde existe una necesidad. Quien no encuentra escucha, busca escucha. Quien no encuentra reconocimiento, busca reconocimiento. Quien no encuentra refugio, busca refugio. A veces lo encuentra en una persona. A veces en un animal. A veces en una actividad. Y a veces en algo mucho más peligroso: una ilusión. Porque no todas las prótesis ayudan a sanar. Algunas ayudan solamente a no sentir.

El extraño negocio de llenar vacíos

Erich Fromm (1900–1980) advertía que existe una diferencia enorme entre amar y necesitar. Parece un juego de palabras, pero no lo es. Cuando la necesidad gobierna por completo, el otro corre el riesgo de transformarse en medicamento. Y los medicamentos tienen una injusticia enorme. Funcionan mejor cuando no les preguntamos qué sienten. Tal vez por eso muchas relaciones fracasan. No porque falte amor. Sino porque sobra función. Uno cumple el papel de consuelo. Otro el de salvador. Otro el de admirador. Otro el de anestesia. Y cuando una persona se convierte exclusivamente en función, deja de ser persona. La ironía es brutal. Buscamos vínculos para encontrarnos y terminamos utilizándolos para no encontrarnos.

Nadie está libre

Conviene aclararlo. Todos tenemos prótesis afectivas. Todos. El asunto no es eliminarlas. Sería tan absurdo como pedirle a alguien que camine sin la prótesis que necesita. La pregunta importante es otra. ¿Sabemos qué están sosteniendo? ¿Sabemos qué dolor alivian? ¿Sabemos qué conversación vienen a reemplazar? Porque quizá el problema no sea el perro que duerme en la cama. Ni el amante. Ni la amistad indispensable. Ni siquiera el trabajo que ocupa cada minuto. Quizás el problema sea aquello que hizo necesaria esa presencia.

Lo que todavía no sabemos escuchar

Las prótesis afectivas suelen recibir críticas, burlas o sospechas. Pero tal vez merezcan otra cosa. Tal vez merezcan ser escuchadas. No porque tengan voz propia, sino porque hablan en nombre de algo que la tiene y no encuentra cómo hacerse oír.

Cada prótesis señala una ausencia. Cada ausencia cuenta una historia. Y cada historia esconde una pregunta.

Una pregunta que permanece abierta. Porque quizá el verdadero misterio no sea por qué alguien se aferra a una prótesis afectiva. Quizá el misterio sea qué habría ocurrido si hubiera encontrado, a tiempo, a alguien dispuesto a escuchar aquello que la prótesis vino a decir.