¿Cómo vas a mirar ese fracaso?
La paradoja de la voluntad: cuando el entusiasmo se topa con la realidad
No vengo a dar cátedra de nada. Lo aclaro desde el principio, porque en este mundo sobran los que alzan el dedo para explicarte cómo debería haber salido todo. Si escribo esto es por dos razones que, curiosamente, van de la mano: primero, porque escribir es de las pocas cosas que me da genuino placer. Y segundo —y aquí está el núcleo de todo— porque lo que viene no lo saqué de ningún libro ni de ningún seminario de fin de semana. Lo destilé de algo bastante más rústico y bastante más real: los fracasos. Los míos. Unos cuantos. Los suficientes como para haberme dejado en el piso más de una vez, y los suficientes también como para haberme enseñado, casi siempre a fuerza de raspones, que de ese mismo piso se sacan las mejores razones para volver a intentarlo.
Si algo de esto les sirve, me doy por bien pagado.
Existe una suerte de «dictadura del optimismo»
Que nos ha vendido, con la misma eficacia que un vendedor de crecepelo en el lejano oeste, la idea de que, si uno le pone «actitud» suficiente, el universo entero se alineará para cumplir nuestros deseos. Es una tesis seductora, casi hipnótica, pero profundamente engañosa. Pongamos las cartas sobre la mesa: uno puede encarar un proyecto con el ímpetu de un conquistador y, aun así, terminar estrellándose contra el muro de la realidad. ¿Es que la actitud es un fraude? Ni mucho menos. Es, más bien, una herramienta de navegación, no el viento que empuja el barco.
Aquí nos topamos con la primera gran paradoja:
Nos han dicho que «querer es poder», pero en la práctica, lo que descubrimos es que «querer es, a veces, simplemente querer, y no poder». Podemos tener la mejor de las disposiciones y, sin embargo, fracasar estrepitosamente. ¿Estamos haciendo algo mal? ¿Somos acaso unos incompetentes por no haber doblegado la suerte a nuestra voluntad? ¡Claro que no! El éxito, esa construcción social tan escurridiza, no es una función lineal de nuestras ganas. A veces, la vida decide que nuestros planes son, en realidad, sugerencias que ella se reserva el derecho de rechazar.
Entonces, ¿qué hacemos?
¿Nos entregamos al nihilismo y nos quedamos tirados en el sofá viendo pasar la vida? Tampoco. Lo saludable es ver esa «ilusión de éxito» como una zanahoria que nos permite caminar, pero siendo conscientes de que, si no alcanzamos la zanahoria, al menos hemos ganado el ejercicio de la caminata. La clave está en la acción progresiva. Es como aprender a andar en bicicleta: uno se cae, se raspa la rodilla, se queja, pero vuelve a subir. Ese proceso —esa serie de pequeños ensayos y errores— es lo que realmente cimenta la autoestima. No es el logro lo que nos fortalece, sino nuestra capacidad de sobrevivir a la ausencia de ese logro.
Y aquí viene el giro dramático
Ese momento en el que el guion se vuelve contra nosotros: ¿qué pasa cuando, pese a haber hecho todo bien, todo falla? ¿Qué hacemos cuando la realidad nos da una bofetada de esas que no se olvidan? Aquí es donde la «actitud» deja de ser un eslogan publicitario y se convierte en una decisión filosófica.
Ante el fracaso rotundo, ante la desilusión que nos deja el sabor amargo de la derrota, nos enfrentamos a la paradoja final: somos prisioneros de nuestras circunstancias, pero, al mismo tiempo, somos soberanos absolutos de nuestra interpretación. La vida te puede arrebatar el proyecto, el puesto, el amor o el plan maestro, pero hay algo que el destino, por más cruel que sea, no te puede robar: tu capacidad de elegir cómo vas a mirar ese desastre.
No es que la actitud cure el fracaso
Es que la actitud determina qué hacemos después de que el fracaso nos ha dejado sin nada. Al final, todo se reduce a esa elección sencilla y dolorosa: ¿vas a ser la víctima de tu mala suerte o el arquitecto de tu siguiente paso? Porque si algo es cierto, es que siempre, absolutamente siempre, estamos eligiendo. Y esa libertad, aunque a veces pese tanto como una losa, es lo único realmente nuestro.
