Concepción, pero llámenla, Conchi

O de cómo el mundo, a veces, se sostiene gracias a una sola persona que nunca pidió sostener nada

Hay gente que entra a una habitación y uno no sabe bien por qué, pero el aire cambia

No hace ruido, no hace falta. Mi amiga es de esas personas. Y como buena paradoja de la vida —porque la vida, ya se sabe, es una colección de contradicciones que de tanto repetirse terminan pareciendo normales— ella es de las que más dan y de las que menos reclaman. Cosa rara, ¿no? En un mundo donde todos piden, ella regala. Y lo hace como si fuera lo más natural del universo, como respirar, como el sol que sale, aunque uno no lo merezca.

El barrio, las tripas y el caldillo que cura

Nació y vivió en Huelin, un barrio de Málaga con olor a mar y a vida de barrio, de esos donde todavía se sabe quién es quién y quién necesita qué. Después vino una breve etapa en Alicante, y unos años viviendo en Marbella ciudad, hasta que finalmente —y hasta hoy— encontró su lugar en un hermoso ático cerca del mar, a unos diez kilómetros antes de llegar a Marbella. Pero el alma, esa, se la dejó en Huelin, y desde ahí está ella, siempre trabajando, siempre ayudando —»ayidando», dirían algunos con esa ternura del habla que se come letras, pero no cariño—. Si una vecina tiene mal de tripas, aparece con un caldillo de pescado de esos que, permítanme la palabra, enamoran.

Y aquí la primera paradoja: no siempre se lo agradecen más allá de un «gracias» de cortesía, de esos que se dicen y se olvidan en el mismo segundo. Pero ella sigue. ¿Por qué? Porque no lo hace por el agradecimiento. Lo hace por ella misma, para no perder la costumbre de mirar al otro, para no convertirse en una de esas personas que primero preguntan «¿y a mí qué me dan?». Ella ya tiene la respuesta antes de la pregunta: la generosidad, que es como un boomerang lento pero seguro. Tira, tira, tira… y un día vuelve, cuando menos lo esperás, en forma de un abrazo, de una llamada, de alguien que se acuerda de vos justo el día que lo necesitabas.

Concepción

Nació como Concepción —nombre de peso, nombre de iglesia y de abuela— pero la vida, que tiene sentido del humor, la convirtió en Conchi para siempre. Y así la conoce todo el mundo, así la quiere todo el mundo. Porque hay nombres que se llevan puestos como un traje de gala, y hay apodos que se llevan puestos como una manta un domingo de invierno: con esos te quedás para toda la vida.

Diosa de la cocina (la de Málaga, que no es lo mismo)

Si existiera un altar para las diosas de la cocina andaluza, ella estaría ahí, con su delantal como toga y la cuchara de palo como cetro. Pero no es solo cocinar: es el ritual completo. Es ir al mercado de mañana, cuando todavía el aire huele a humedad y a pescado fresco, y elegir, tocar, oler, apretar un tomate con dos dedos como quien evalúa una joya.

Es discutir el precio del pijota (un pescadito pequeño y barato, típico de los fritos malagueños) con el pescadero, como quien discute de fútbol un domingo: con pasión, sin rencor, y sabiendo de antemano que va a volver la semana que viene. Ahí, en ese ritual silencioso del mercado, está la verdadera receta.

Lo demás —la tortilla de patatas, que en sus manos no es una tortilla, es una institución; el salmorejo, frío y rosado como un atardecer comestible; el pisto, esa mezcla humilde de verduras que en su sartén se transforma en algo casi solemne; los arroces de cuchara, esos arroces caldosos, melosos, que se comen con cuchara porque el tenedor se queda corto y triste— lo demás es apenas la consecuencia.

Y después está la lubina, en todas sus formas: al horno, en suquet (un guiso de pescado con patatas, típico de la costa, que reconforta como un abrazo de abuela). Y la paella, esa paella que cambia de personaje según el día, como una actriz que domina todos los papeles y nunca sobreactúa: con pescado, con pollo, con conejo, con verduras. Cada una distinta, cada una perfecta, cada una hecha con la misma entrega que si fuera la única que va a cocinar en su vida.

La infancia que duele y que enseña

Acá la nota se pone sería un minuto, porque hay que ponerla. Su infancia no fue fácil. Tuvo motivos —muchos, y buenos— para haberse vuelto una persona dura, cerrada, desconfiada, de esas que levantan murallas y las llaman «experiencia». Y sin embargo no. Y ahí está otra de esas paradojas hermosas de la vida: el dolor, que a veces endurece, en ella construyó exactamente lo contrario. Construyó ternura. Construyó manos abiertas en lugar de puños cerrados.

Por eso la quiero tanto. Porque tuvimos infancias parecidas, en el dolor y también en esa fuerza rara que aparece cuando hay que levantarse por enésima vez, sin que nadie te aplauda, sin que nadie se entere siquiera de que te caíste. Abuelas, tías, madres coraje: esas mujeres que sin saberlo te enseñan que se puede salir de la tormenta, y que del otro lado a veces hay sol, y a veces hay otra tormenta, pero uno ya sabe que puede caminar bajo la lluvia sin paraguas y sin quejarse demasiado.

La familia, que es la razón de todo

Tiene dos hijos —un varón y una mujer— y un batallón de nietos que hoy son, sin metáfora ni exageración, el centro de su mundo. La familia, esa palabra que se usa tanto que a veces pierde peso, en su caso lo recupera todo. Para ella la familia no es un concepto de tarjeta de cumpleaños: es una mesa puesta de más, «por si viene alguien» (y siempre viene alguien), un teléfono que sonará tarde y que ella va a atender igual, una puerta que siempre está abierta, aunque a veces convenga cerrarla un poquito, porque hasta las diosas necesitan una siesta.

Juan Carlos, el otro generoso

Está casada con Juan Carlos, un hombre igual de generoso, igual de dispuesto a dar una mano sin que se la pidan dos veces. Y digo «igual» con toda intención, porque no abundan. De esos hombres ya no quedan muchos, como tampoco quedan muchas mujeres como ella. Y ahí está, quizás, la explicación de tanto cariño compartido durante tantos años: dos personas que se encontraron hablando el mismo idioma silencioso de la entrega, sin necesidad de traducirlo.

Por qué la respeto, por qué la quiero

Ya lo dije, pero lo repito porque hace falta repetirlo: de estas mujeres van quedando pocas. Mujeres que cocinan con el alma, que ayudan sin que se note, que cargan su historia sin convertirla en excusa para nada, que hacen de un barrio un lugar más cálido solo con estar ahí, con la puerta entornada y el caldo en el fuego. Ojalá no desaparezcan nunca. Ojalá, aunque sea una entre mil, alguien aprenda de ellas el oficio más difícil del mundo: el de ser bueno sin pedir nada a cambio, sin que se note el esfuerzo, como si fuera lo más fácil del planeta. Y quizás, al final, lo más fácil del planeta sea justamente eso. Lo difícil es lo otro.