Cuando el enemigo es el que piensa diferente
La crispación no es la guerra. Todavía. Pero tiene la misma paciencia que un volcán y mejores relaciones públicas.
Antes de juzgar el presente, conviene volver la vista atrás. No para refugiarnos en la nostalgia ni para buscar culpables cómodos, sino para comprender. Comprender, al menos para quien todavía conserve el deseo de hacerlo, por qué ocurren ciertas cosas y por qué determinadas tensiones reaparecen una y otra vez bajo distintos nombres y banderas.
La historia rara vez se repite de forma exacta, pero acostumbra a rimar. Cambian las herramientas, cambian los discursos y cambian los escenarios, pero las pasiones humanas permanecen sorprendentemente intactas.
En una época dominada por algoritmos capaces de procesar millones de datos en segundos, quizá una de las pocas armas que nos quedan para resistir la frialdad de la inteligencia artificial sea precisamente la memoria: la capacidad de reconocer patrones, de recordar cómo llegaron otras sociedades a sus momentos de fractura y de advertir las señales antes de que sea demasiado tarde.
Porque entender el pasado no garantiza evitar los errores, pero ignorarlo casi siempre asegura repetirlos.
El ensayo general — Roma, 44 a.C. / Rusia-Ucrania, 2022
Julio César no murió porque sus senadores fueran violentos por naturaleza. Murió porque durante meses el lenguaje había hecho su trabajo: tirano, enemigo de la República, amenaza. Las palabras llegaron antes que los puñales. Putin tampoco invadió Ucrania un martes por impulso. Llevaba años construyendo el relato: la OTAN como amenaza existencial, los ucranianos como rusos extraviados, Kiev como territorio ocupado por fuerzas oscuras. La narrativa primero. Los tanques, después.
Las guerras rara vez comienzan con el primer disparo. Cuando ese disparo llega, es el desenlace de un proceso que llevaba tiempo acumulando material inflamable. La crispación no es la guerra, pero es su sala de espera. Y últimamente la sala está muy concurrida.
El vecino como amenaza — McCarthy, 1950 / Israel-Irán, hoy
La crispación tiene una habilidad particular: transforma la discrepancia en traición y al vecino en enemigo ontológico. Israel e Irán llevan décadas perfeccionando este arte. No discuten políticas concretas: se niegan mutuamente el derecho a existir. Cada uno es, para el otro, no un adversario con el que negociar sino una anomalía histórica que corregir. El resultado es una escalada donde cualquier gesto de distensión se interpreta como debilidad y cualquier dureza como virtud.
McCarthy lo entendió antes: ¿Y tú de qué lado estás? Esa pregunta, formulada con suficiente intensidad, convierte el matiz en complicidad. En el clima mcarthysta —como en tantos climas actuales— la duda era sospechosa, la moderación era cobardía y la complejidad era, directamente, subversiva. La paradoja más elegante: cuanto más se exige pureza, más se parece uno al enemigo que se combate.
El fanático y su adversario comparten, con notable frecuencia, el mismo manual de instrucciones. Solo cambia la portada. Les suelen decir “talibanes”.
La deshumanización como trámite — Ruanda, 1994 / las redes sociales, hoy
Antes del genocidio ruandés, la radio llevaba meses llamando cucarachas a los tutsis. No es un detalle menor. La deshumanización no es consecuencia de la violencia: es su requisito burocrático indispensable. Nadie destruye a quien considera su igual. Primero hay que convencerse de que no lo es.
Hoy ese trámite se ha democratizado. Ya no hace falta una radio estatal. Basta con Twitter, con un grupo de WhatsApp familiar o con los comentarios de cualquier medio digital donde la gente, protegida por el anonimato, practica con entusiasmo lo que jamás diría mirando a los ojos a otro ser humano.
La tecnología no inventó la hostilidad. Solo le puso banda ancha.
El centro: esa silla vacía — La Revolución Francesa, 1793 / los partidos políticos, hoy
Los girondinos no eran enemigos de la Revolución. Eran simplemente menos radicales que los jacobinos. Eso fue suficiente para que Robespierre los enviara al cadalso. La Revolución, como todo proceso de crispación avanzada, había alcanzado ese estadio en el que el matiz se convierte en traición. El Terror no fue una anomalía: fue la consecuencia lógica de un clima donde nadie podía permitirse el lujo de dudar.
Observe usted hoy el espectro político de cualquier democracia occidental. La izquierda y la derecha se han desplazado hacia sus respectivos extremos con la elegancia de dos personas alejándose en un ascensor. Y en el centro ha quedado una silla vacía que nadie quiere ocupar porque, electoralmente, el centro no genera adrenalina. No tiene enemigos suficientemente fotogénicos. No alimenta el algoritmo.
La moderación es, en el mercado de la indignación, un producto difícil de vender. La paradoja es cruel: el centro no desaparece porque pierda la razón. Desaparece porque pierde audiencia. Y pierde audiencia porque la crispación ha convertido la política en un deporte de contacto donde la árbitro molesta y los matices no caben en un tuit.
Lo que nos salva, cuando algo nos salva — Sudáfrica, 1994
Y, sin embargo, la historia es ocasionalmente generosa. Sudáfrica salió del apartheid sin hundirse en la guerra civil que muchos pronosticaban. Yo estaba en Pretoria y lo vivi en vivo y en directo. No porque los agravios fueran pequeños —no lo eran— sino porque hubo actores capaces de construir una salida distinta.
Mandela pasó veintisiete años en prisión y eligió, con una lucidez que desafía toda lógica del resentimiento, no convertir el odio en programa político. La Comisión de la Verdad y la Reconciliación no fue perfecta. Pero fue posible. Y su existencia demuestra que el diálogo no es ingenuidad sentimental: es, a veces, la única ingeniería disponible para evitar el desastre. Los desacuerdos son inevitables. Una sociedad sin conflictos no sería una sociedad: sería un decorado con buena iluminación.
Lo importante no es la ausencia de diferencias, sino si somos capaces de abordarlas sin destruir los puentes que nos permiten seguir hablando después.
Epílogo: el peligro de acostumbrarse
Quizá el mayor riesgo de la crispación sea su apariencia de normalidad. La violencia física alarma porque es ruidosa. La crispación llega despacio, baja el volumen y se instala como paisaje cotidiano. Nos acostumbramos. Dejamos de verla como señal de alarma. Y una sociedad que normaliza la hostilidad permanente empieza a erosionar, sin saberlo ni quererlo, los cimientos de su propia estabilidad.
La paz no es la ausencia de guerra. Es una forma activa de relación. Se construye cada día, en cada conversación, en cada momento en que elegimos argumentar en lugar de despreciar y escuchar en lugar de esperar nuestro turno para disparar. La crispación no es la guerra. Pero tiene, como todo buen fuego, la virtud de no necesitar que nadie la encienda dos veces.
