Escribo, porque no puedo no hacerlo

Hoy escribo esta nota, tal vez aclaratoria, para explicar por qué escribo como escribo. No como ejercicio de vanidad ni como justificación ante nadie. Sino porque a veces uno necesita ordenar en voz alta lo que lleva años haciendo en silencio.

Nací en otra parte, y eso importa

Llegué de lejos. Me instalé en un país ajeno y tuve que elegir, tarde o temprano, con qué idioma pensar. Elegí el idioma de adopción. Fue una declaración silenciosa de amor. Estaba diciendo: me quedo. Estaba diciendo: esto también es mío. Estaba diciendo, sobre todo: tengo algo que contarles. Quien hace ese tipo de elección no escribe por inercia. Escribe porque lo necesita. Escribo para hacer catarsis.

No escribo en un solo género porque el mundo no cabe en uno solo

No soy periodista de una sola nota ni escritor de un solo tono. Un día publico un análisis sobre modificación genética en oleaginosas y al día siguiente ofrezco una fábula sobre los sentimientos humanos jugando al escondite. Y los dos textos son, en el fondo, el mismo texto. Porque los dos parten de la misma pregunta: ¿cómo funciona esto que llamamos mundo? No mezclo géneros por capricho. Lo hago porque la realidad no avisa en qué formato va a aparecer.

La ciencia me enseñó a no mentirle al lector

Soy especialista en ciencias. Eso moldea la forma en que escribo, aunque no siempre se note. Cuando la formación científica se cruza con la vocación narrativa, aparece algo útil: la capacidad de explicar lo complejo sin simplificarlo en exceso. Sé que la divulgación no es traición a la ciencia sino su mejor embajadora. Mis artículos sobre inteligencia artificial, neurología o biotecnología no son transcripciones de papers. Son invitaciones. Una mano tendida desde el saber hacia quien todavía no sabe, pero quiere entender. Esa mano, cuando está bien tendida, es lo más generoso que puede hacer un intelectual.

También escribo sobre la paz, la guerra y por qué vale la pena seguir

No me quedo en la ciencia. Escribo sobre por qué el mundo, a pesar de todo, es mejor lugar de lo que los noticieros quieren hacernos creer. Lo hago con citas de Benjamín Franklin y de Jean-Paul Sartre, con datos y con reflexiones propias que a veces valen más que todas las fuentes juntas. No tengo miedo de mezclar. No me interesa la pureza de género. Me interesa la verdad, y la verdad rara vez se presenta en estado puro.

Pertenezco a una comunidad que exige aportar, no ocupar un lugar

Soy parte de la ACPE, una asociación de corresponsales de prensa extranjera que lleva más de un siglo funcionando en España. Una institución que ha tenido, entre sus socios, a un señor llamado Hemingway. Lo menciono no para impresionar sino para situar: es el tipo de comunidad en la que uno no entra a rellenar un cupo. Desde los primeros días en que su web abrió las puertas a los artículos de sus miembros, ahí estaba mi nombre. Ahí estaban mis textos. Mis colaboraciones recorren un arco amplio: del ensayo filosófico al artículo de opinión, de la reflexión sobre valores humanos al análisis de coyuntura. Lo que se mantiene constante es el tono: uno que no alecciona, que no condesciende, que llega a la página a conversar.

Conversar por escrito es lo más difícil

Cualquiera puede informar. Cualquiera puede opinar. Pero muy pocos saben conversar por escrito. Conversar implica escucha, implica pausa, implica estar dispuesto a que el otro piense algo distinto y que eso no sea un problema sino el punto de partida. Eso es lo que intento cada vez que escribo.

Los cuentos son donde guardo lo que no cabe en otro lado

También escribo ficción. Pequeñas piezas en las que los sentimientos tienen nombre propio y se comportan como personas. Piezas donde la Locura propone jugar al escondite y el Amor termina perdido en la oscuridad. Parecen para niños y no lo son, o parecen para adultos y tienen la transparencia de la infancia. Si uno las lee dos veces, encuentra que hablan de cosas muy serias con la ligereza que solo tienen quienes las han pensado mucho.

Escribo porque no puedo no hacerlo

En algún lugar de esta historia hay también un libro. El primero. El que llega con el peso de todo lo que se fue guardando durante años. Escribo desde otro continente trasplantado a este. En el idioma que elegí. Sobre ciencia y sobre guerra y sobre por qué conviene ser amable con todo el mundo, porque nunca se sabe qué batalla está librando cada persona. Escribo porque si no lo hago me duele algo adentro. Algo que no tiene nombre pero que se nota cuando falta. Y esa, al final, es la única credencial que importa.