Mi amigo Gabriel

Un uruguayo con vocación de norte

Hay hombres que nacen en el lugar equivocado del mapa, no por error sino por diseño del universo, que tiene sus propias bromas largas.

Gabriel nació en Uruguay, que ya es una paradoja en sí mismo: un país tan pequeño que casi no se ve en los globos terráqueos, pero tan enorme por dentro que sus habitantes cargan con una dignidad desproporcionada para su tamaño.

Luego se fue a vivir a Asturias, que es otra paradoja: una tierra de cielos grises y almas cálidas, de lluvia permanente y gente que te invita a entrar sin que termines de llamar a la puerta.

El que llegó con acento y se quedó con raíces

Gabriel llegó al norte de España con el acento del Río de la Plata y el temple de quien ya sabe que la vida no es cómoda, pero puede ser hermosa. Y lo fue. Es. Lo es.

La contabilidad como acto de amor

Eligió de profesión la contabilidad, (Contable) que para el común de los mortales es el arte de sumar columnas de números hasta que los ojos se vuelven cuadrados. Pero Gabriel hizo con la contabilidad algo que nadie había intentado antes, o al menos nadie con su particular forma de estar en el mundo: la convirtió en un acto de amor.

Cuando revisa las cuentas de un cliente, no ve balances. Ve historias.

Ve el esfuerzo detrás de cada factura, el miedo detrás de cada deuda, la esperanza mal escondida detrás de cada proyección optimista que nunca del todo se cumple. Y los acompaña. Con la misma paciencia con que se acompaña a alguien al médico sabiendo que las noticias pueden no ser buenas.

Un fenómeno de la naturaleza

Para sus amigos, eso que hace con los clientes lo multiplica por diez. Un contador sensible con sus clientes es una rareza. Un contador que llora de alegría cuando a su amigo le va bien en algo que no tiene nada que ver con las finanzas, eso ya es un fenómeno de la naturaleza, como las auroras boreales o el mate a las tres de la tarde.

La familia que se construye, no la que se hereda

Tiene una familia hermosa.

No hermosa de fotografía de revista, sino hermosa de verdad, de esas que se pelean y se ríen con la misma intensidad, donde se nota que hay vida adentro y no decoración. Junto a ellos, Gabriel construyó en suelo asturiano algo que los uruguayos llevan siempre en el equipaje, aunque nunca lo declaren en la aduana: la calidez de pertenecer.

La paradoja mayor

La paradoja mayor de Gabriel es esta: un hombre dedicado a los números que no entiende nada sin las personas. Un profesional del rigor que es incapaz de ser frío. Alguien que vive en una tierra que no fue la suya y sin embargo la habita con más autenticidad que muchos que nacieron allí.

La sonrisa que llega antes

Y siempre, siempre, esa sonrisa. No la sonrisa de compromiso que uno dibuja en la cara para no explicar cómo está. La otra. La que sale antes de que uno sepa que va a sonreír. La que te hace pensar, cuando la ves, que el mundo todavía tiene arreglo, o al menos que puede esperar un rato mientras nos tomamos algo y conversamos.

Suerte que no se merece, pero se agradece

Gabriel es esa clase de persona que hace que valga la pena haber nacido en la misma época. Que hace que el globo terráqueo, con Uruguay casi invisible en el sur y Asturias escondida en el norte, parezca un lugar razonable para existir.

Suerte tuvieron sus clientes. Suerte tenemos sus amigos. Enorme suerte.