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Un conflicto que no nació solo: Israel, Palestina e Irán y las manos que dibujaron el mapa
Antes de buscar culpables, conviene entender quién diseñó el tablero
No soy especialista en Medio Oriente. Pero después de varios días leyendo, escuchando y tratando de separar los hechos del ruido, llegué a una conclusión incómoda: buena parte del caos que vemos hoy en esa región no surgió de manera espontánea. Alguien dibujó los mapas. Alguien tomó decisiones que otros, décadas después, todavía están pagando.
Esta nota no pretende decir quién tiene razón. Intenta responder algo más útil: ¿cómo llegamos hasta acá, y quién participó en ese camino?
El mapa que no dibujaron los que vivían ahí
A principios del siglo XX, Medio Oriente formaba parte del Imperio Otomano, que se derrumbó tras la Primera Guerra Mundial. Lo que vino después fue una de las operaciones de reparto territorial más influyentes y menos recordadas de la historia moderna: el acuerdo Sykes-Picot de 1916, firmado entre Gran Bretaña y Francia, dividió la región en zonas de influencia trazando fronteras que ignoraron por completo las comunidades que ya vivían ahí, sus identidades, sus lenguas y sus disputas internas.
Mientras tanto, Gran Bretaña prometió cosas contradictorias a distintos grupos. Por un lado, alentó las aspiraciones del movimiento sionista —que buscaba un hogar nacional judío en la región— mediante la Declaración Balfour de 1917. Por otro, había prometido a líderes árabes apoyo para su independencia. Dos promesas incompatibles sobre el mismo territorio. Esa contradicción no fue un accidente diplomático menor: fue la semilla de un conflicto que todavía no tiene solución.
1948: un sueño y una tragedia simultáneos
A fines del siglo XIX ya crecía el movimiento sionista, impulsado por siglos de persecución al pueblo judío en Europa. La idea era clara: la única garantía de seguridad era tener un Estado propio. En esos mismos territorios, sin embargo, ya vivían comunidades árabes palestinas desde hacía generaciones.
El Holocausto le dio una urgencia moral irrefutable al proyecto.
En 1948 nació el Estado de Israel. Para millones de judíos fue la concreción de un sueño histórico y el fin de una vulnerabilidad que había costado seis millones de vidas. Para cientos de miles de palestinos fue el inicio de lo que llaman la Nakba, la catástrofe: el desplazamiento forzado de sus hogares, muchos de los cuales nunca pudieron recuperar. Ambas narrativas son reales. Y ambas conviven, sin resolverse, hasta hoy.
Décadas de conflicto, negociaciones rotas y generaciones marcadas
Desde entonces hubo guerras, atentados, acuerdos de paz que no se cumplieron y cumbres diplomáticas que no dejaron casi nada. Hubo momentos en que la solución parecía posible —los Acuerdos de Oslo en los años noventa generaron una esperanza real— y momentos en que cualquier acercamiento se derrumbó en cuestión de días.
Mientras todo eso ocurría, generaciones enteras crecieron dentro del conflicto.
Un chico israelí aprendiendo desde pequeño dónde está el refugio más cercano. Un chico palestino creciendo entre controles militares, bloqueos económicos y la historia de una casa familiar que ya no existe. Cuando los chicos crecen así, convencerlos de sentarse a dialogar se vuelve una tarea enorme. Gaza concentra hoy parte del sufrimiento más visible. Millones de personas viven en un territorio pequeño, con economía destruida y movilidad muy restringida. El 7 de octubre de 2023 el grupo Hamas lanzó un ataque contra Israel que mató a más de mil personas y tomó decenas de rehenes. La respuesta israelí fue devastadora para la población civil gazatí, con cifras de muertos y destrucción que generaron condena internacional.
Ninguno de los dos hechos puede entenderse sin el otro, pero tampoco uno justifica al otro.
Irán: el actor que complica el tablero
Cuando uno lee sobre este conflicto y de repente aparece Irán, la confusión es natural. Pero en Medio Oriente casi nada ocurre de manera aislada.
Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán e Israel mantienen una rivalidad profunda que va más allá de lo militar: es ideológica, estratégica y regional. Irán financia y apoya a grupos como Hamas y Hezbollah, que operan en los bordes del territorio israelí. Israel, a su vez, lleva años realizando operaciones para frenar lo que considera una amenaza existencial: el programa nuclear iraní.
Durante 2025 esa tensión escaló de forma alarmante. Israel atacó instalaciones vinculadas al programa nuclear iraní. Estados Unidos intervino militarmente sobre objetivos estratégicos. Irán respondió. Durante varios días el mundo se preguntó si estaba viendo el inicio de una guerra regional de proporciones mayores. Por ahora eso no ocurrió. ¿O sí? Pero las causas que generaron esa escalada siguen intactas.
Lo que queda después de leer todo esto
Salí de este tema con menos certezas de las que tenía al principio. Pero con algunas ideas más claras.
Este conflicto no nació del odio espontáneo entre dos pueblos. Tiene raíces en decisiones políticas tomadas hace más de un siglo por potencias que buscaban sus propios intereses y que prometieron lo mismo a distintos grupos. Eso no exime a nadie de sus responsabilidades actuales, pero sí cambia la manera de entender el problema.
También entendí que presentar esto como una pelea entre dos lados iguales distorsiona la realidad. Hay asimetrías militares, económicas y políticas enormes. Hay una población civil palestina que lleva décadas viviendo bajo condiciones que organismos internacionales han calificado como inaceptables. Y hay una población israelí que también vive con un miedo legítimo y real.
Desde España, Argentina o México solemos buscar rápido al héroe y al villano. Es una costumbre humana. Nos ayuda a ordenar la historia. Pero algunos conflictos son tan viejos y complejos que no entran en esa división. Y mientras seguimos buscando el relato simple, las personas que viven ahí siguen cargando las consecuencias de decisiones que, en muchos casos, no tomaron ellas.
Esa es, quizás, la parte más difícil de aceptar.
