El placer está tan cerca del dolor, que a menudo lloramos de alegría

Existe una arquitectura extraña en nuestra estructura emocional

Un diseño algo caprichoso, como si quien nos hubiera configurado estuviera, al mismo tiempo, un poco loco y profundamente enamorado del drama. A menudo, nos pasamos la vida tratando de trazar líneas divisorias, de poner diques, de separar las aguas: de un lado, lo que duele; del otro, lo que nos hace vibrar.

Pero esa frontera es un cuento chino, una construcción artificial que se nos cae a pedazos a la primera de cambio, apenas la vida se pone un poco intensa.

La verdad, esa que nos negamos a aceptar en las sobremesas para no parecer vulnerables, es que el placer y el dolor están ahí, pegaditos, como vecinos que comparten pared en un edificio viejo, escuchándose las intimidades a través de los tabiques.

La lágrima como puerto de salida

Crecimos con el mandato de que el llanto es una señal de derrota.

Nos enseñaron a esconder los ojos vidriosos, a tragar saliva, a disimular ese nudo en la garganta que aparece cuando la vida se pone pesada. Asociamos el lagrimal con la pérdida, con el desencanto de un amor que se va, con la decepción de un plan que se arruina o con esa melancolía que se instala sin avisar.

En esos momentos, la lágrima funciona como una válvula de escape, una alcantarilla necesaria por donde se desborda lo que no podemos procesar. Es el cuerpo gritando lo que la boca se calla, el vehículo más barato y efectivo para exteriorizar esa angustia que, de quedarse dentro, terminaría por hacernos implosionar.

Pero ¿quién dijo que el alma solo necesita desaguar cuando está rota?

Hay un error de cálculo común: creer que lloramos solo cuando las cosas salen mal. A veces, la vida se encarga de darnos un bofetón de felicidad tan desmedido que el cuerpo, ante tal cantidad de información positiva, no sabe qué hacer.

¿Cómo se mide la alegría cuando se te presenta de golpe? No hay músculo, ni órgano, ni sistema que pueda contener una emoción que te sobrepasa. Entonces, el cuerpo, que es un sabio, recurre al mismo mecanismo de siempre: el desahogo.

El desborde de lo imposible

Imaginemos ese instante exacto: una noticia esperada durante años, el reencuentro con alguien que dábamos por perdido, la realización de un sueño que ni siquiera nos atrevíamos a pronunciar en voz alta.

En ese segundo, el pecho se vuelve un espacio insuficiente. No hay lugar en el corazón para tanta dicha; se siente como si nos fuera a estallar la caja torácica. Es una contradicción divina: sientes algo tan grande, tan luminoso, tan pleno, y, sin embargo, tus ojos se inundan.

Esas lágrimas no nacen del vacío ni de la carencia. Nacen del exceso. Es el alma dándose cuenta de que está viviendo algo que, hasta hace poco, parecía inalcanzable. Es la señal física de que lo imposible se ha vuelto cotidiano.

A veces, el alivio es tan profundo que el llanto se vuelve la única respuesta coherente. Ese momento en que, después de una tormenta que parecía eterna, ves un rayo de sol y te das cuenta de que sobreviviste.

Llorar ahí no es ser débil; no es ser un dramático que busca atención. Llorar ahí es reconocer la magnitud de lo vivido. Es una honestidad brutal con uno mismo: la aceptación de que somos seres que sienten, que vibran y que, afortunadamente, tienen la capacidad de romperse y reconstruirse mil veces.

La frontera es un espejismo

Lo fascinante de esta maquinaria humana es que, cuando estamos en el clímax de la felicidad, el llanto se siente igual que cuando estamos en la profundidad del abismo. El mismo ardor en los ojos, la misma sal en los labios, el mismo espasmo en el diafragma. Es el mismo canal, pero con distinta frecuencia.

La vida no es un guion lineal ni un camino marcado con señales de tránsito claras.

Es más bien un cambalache donde lo sublime y lo trágico se tocan. Nos han vendido la idea de que la felicidad es estar siempre arriba, sonriendo con dientes perfectos, sin que nada nos perturbe. Pero qué aburrida sería esa existencia plana.

La verdadera belleza está en esa zona gris, en ese «casi» donde el llanto se confunde con la risa, donde la alegría nos hace llorar y el dolor, a veces, nos regala una lucidez tan punzante que se parece a la dicha.

Así que, la próxima vez que los ojos se le llenen de agua en medio de un momento de plenitud, no se asuste ni intente disimular. No pida perdón por ser humano. Deje que la lágrima ruede.

Al final del día, ese es el precio que pagamos por tener la capacidad de sentirlo todo: la dicha de saber que estamos vivos, con todo lo que eso implica, incluso si el cuerpo, ante la magnitud de la emoción, confunde un poco los caminos.

Es, quizás, la forma más honesta que tenemos de agradecer el milagro de estar acá.