Las desventajas del amor

“Nadie en la historia de la humanidad se enamoró pensando que era mala idea.”

La oferta

El amor llega con la misma energía que un vendedor de seguros en diciembre: sonriente, urgente, con una carpeta llena de promesas que nadie va a leer hasta que sea demasiado tarde. La propuesta es impecable. Te ofrecen calor, sentido, alguien que sepa cómo te gusta el café. Te ofrecen, básicamente, no estar solo en el universo. Y uno firma. Claro que firma. Firma con las dos manos, con los dientes, con el alma entera.

El problema es lo que viene después de la firma.

La vulnerabilidad como condición de ingreso

Para amar hay que abrirse. Eso dicen los que saben. Lo que no dicen es que abrirse, en términos prácticos, se parece mucho a quitarse la armadura en medio de una batalla y esperar que el otro tenga buena puntería.

La vulnerabilidad es el precio de entrada. No hay descuento, no hay versión premium que la evite. Y lo verdaderamente perverso es que cuanto más amás, más te exponés. Cuanto más te entregás, más fácil es romperte. El amor no protege. El amor es exactamente el lugar donde más te pueden lastimar, y aun así la gente sigue haciendo fila.

La trampa del juicio nublado

El enamoramiento hace exactamente lo mismo que el alcohol: te convence de que todo va a salir bien y que vos sos muy gracioso. Bajo su influencia, las señales de alerta se vuelven encantadoras.

Los comportamientos que en cualquier otra persona serían motivo de preocupación, en esta persona en particular se convierten en profundidad, en misterio, en complejidad fascinante.

El enamorado no ignora las banderas rojas: las ve perfectamente, las analiza en detalle, y decide que en realidad son banderas fucsias con mucho carácter. La racionalidad no desaparece. Simplemente se sienta en el rincón a tomar mate mientras el corazón toma todas las decisiones importantes.

La pérdida del yo como efecto secundario

Hay un momento en toda relación donde uno empieza a negociar partes de sí mismo. Primero son los horarios. Después los planes del fin de semana. Más tarde, los sueños que no caben en la agenda compartida.

La independencia no se roba: se va cediendo en cuotas, con buena voluntad, en nombre del amor. Y lo notable es que nadie lo percibe como una pérdida mientras está ocurriendo. Lo percibe como madurez. Como generosidad. Como prueba de que el amor es real.

Hasta que un día se mira al espejo y no reconoce exactamente quién es la persona que está mirando de vuelta.

El dolor que no figura en el prospecto

Cuando el amor se termina, el cuerpo no recibe el memorándum. Duele en lugares que no tienen nombre anatómico. Duele a las tres de la mañana, que es el horario favorito de todo lo que no pudimos resolver.

La ciencia, con su impiadosa precisión, confirma que el dolor por ruptura activa las mismas zonas cerebrales que el dolor físico. Es decir: que el corazón roto no es metáfora. Es diagnóstico. Y, sin embargo, la gente vuelve.

Los celos, o el miedo con otro nombre

Los celos son la prueba más honesta de que el amor no viene solo. Vienen con el miedo.

Con la inseguridad que uno creía haber resuelto y que resulta que solo estaba esperando el contexto adecuado para reaparecer con renovado entusiasmo. El celoso no desconfía del otro: desconfía de sí mismo. De su propio valor, de su propia permanencia en la vida de alguien. Y en esa desconfianza, muchas veces destruye exactamente lo que quería proteger.

La paradoja es tan perfecta que duele mirarla de frente.

Apostar igual (o la sospecha de que vale la pena)

Después de todo lo dicho, lo razonable sería no volver a intentarlo. Aprender la lección. Archivar el asunto bajo “experiencias formativas” y dedicarse a actividades más seguras.

Y, sin embargo, no funciona así. Porque el amor, con todas sus fallas estructurales, tiene una ventaja difícil de ignorar: cuando funciona —aunque sea por un rato— justifica retroactivamente todo lo anterior. No es que uno no entienda el riesgo. Lo entiende perfectamente. Sabe lo de la armadura, el juicio nublado, las cuotas de identidad. Lo sabe y firma igual.

Tal vez porque no hay versión segura de sentir que alguien te elige y que, por un instante improbable, todo encaja sin esfuerzo. No hay simulacro que reemplace eso. Uno podría decir que es irracional. También podría decir que es inevitable. O, peor todavía, que es lo más cercano que tenemos a una buena idea.

Cierre (o lo que queda cuando termina la lista)

Entonces: vulnerabilidad, pérdida de juicio, dolor físico comprobable, cesión gradual de la identidad, celos, dependencia, estrés, conflictos, rupturas que lastiman como fracturas reales.

Todo eso es el amor. Todo eso está en la letra chica que nadie leyó. Y, aun así, ahí afuera, a esta misma hora, hay alguien enviando un mensaje y esperando la respuesta con el corazón en la garganta. Hay alguien que acaba de conocer a alguien y ya está pensando en mañana.

El amor tiene todas las de perder, y sigue ganando siempre. Lo cual, si uno lo piensa despacio, es lo más absurdo y lo más humano que existe. O quizás las dos cosas son lo mismo.