El lugar que no figura en el mapa

La pregunta

“No sé bien en qué momento aparece. Pero aparece. No cuando estás inspirada ni en una crisis profunda. Aparece en un momento cualquiera, medio tonto. Y te desacomoda. ¿Cuál es mi lugar en el mundo? Y lo primero que pasa —si sos honesta— es que no sabés qué contestar. O peor: te das cuenta de que venías viviendo sin querer responder eso.”

A ella le pasó una tarde, mientras pelaba una naranja en la cocina de un departamento que alquilaba en un país que no era el suyo. Y la naranja era ácida, como casi todas las de acá. Y entonces, sin querer, pensó en las naranjas de su infancia. Y ahí apareció la pregunta.

De dónde soy

Durante mucho tiempo pensó que una era de un lugar. Así, simple. Después la vida empezó a moverse. O se movió ella, no sé. Y esa idea dejó de cerrar.

Porque hubo lugares donde vivió que no sintió suyos. Un piso compartido en Madrid con una chica que le robaba la leche. Un estudio en Berlín donde el invierno duraba nueve meses. Una casa en México llena de perros ajenos. Y otros a los que no vuelve hace años… pero siguen estando. No en el mapa. En otro lado.

La paradoja, claro, es que cuando más lejos estaba de su tierra, más cerca se sentía de sí misma. O al revés. No importa. El asunto es que en algún momento dejó de extrañar. Y eso, al principio, le pareció una traición. Después entendió que no: extrañar es un músculo que se atrofia cuando encontrás otro lugar donde apoyar los pies.

Estar

A veces piensa que el lugar en el mundo no es un lugar. Es cuando está bien con alguien. No perfecta, no feliz de película. Bien. Tranquila. Una charla que no tiene que sostener. Un silencio que no pesa. Una risa que sale sin pensarla. Y dura poco. Pero mientras dura… alcanza.

Hizo su profesión acá, donde nadie conocía a su familia. Eso tiene una ventaja enorme: podés equivocarte sin que tu tía se entere. Y también hizo sus afectos. Gente que la eligió sin saber de dónde venía. Que la abrazó igual. Que le dijo “vení a cenar” un martes cualquiera.

Y eso, ironías de la vida, es más parecido a la patria que cualquier bandera.

La alegría

“Me cuesta confiar en la alegría” —dice a veces, con ese humor seco que le regalaron los años de exilio voluntario—. “No en la de los demás. En la mía. Cuando estoy bien, hay una parte de mí que espera que algo pase. Como si fuera demasiado.”

Pero con el tiempo entendió algo —no del todo, pero bastante—: no hace falta que todo esté en orden para estar bien un rato. A veces alcanza con poco. Un café bien cargado. Un mensaje que dice “te reíste fuerte anoche”. Un sábado sin obligaciones. Y ese poco no es menor.

Es lo que hace que una siga.

Nadie sobra

Más de una vez sintió que no encajaba. Que estaba fuera de lugar. Como si los demás entendieran algo que a ella se le escapaba. Supongo que no es la única.

Con los años empezó a mirar distinto eso. No mejor, distinto. Capaz nadie encaja del todo. Capaz todos estamos improvisando más de lo que parece. Y entonces la idea de “sobrar” pierde fuerza. O al menos deja de ser tan definitiva.

Lo gracioso —y acá viene la ironía final— es que se fue de su país para encontrar un lugar, y lo que encontró fue que el lugar no existe. Existen los martes con amigos, la profesión que eligió, el amor que llegó sin pedir permiso. Existe esa certeza absurda de que, aunque todo cambie, hay algo que se queda.

No cierra

No tiene una respuesta clara. No sabe si tiene un lugar en el mundo en el sentido clásico. Pero sí sabe que hay momentos, personas, situaciones… donde se siente más cerca. De algo. De ella, capaz. Y por ahora, eso alcanza. O no alcanza… pero es lo que hay. Y, honestamente, no está tan mal.

Cuando alguien le pregunta “¿de dónde sos?”, tarda un poco en contestar. Porque la respuesta verdadera no es un país. Es una forma de estar. Un acento que ya no es puro. Una lealtad que se reparte. Y quizá, piensa mientras pela otra naranja —esta vez menos ácida—, quizá ese es el único lugar que realmente importa.

Ese que no figura en ningún mapa.