Hoy 19 de marzo celebramos en España el Día del Padre
Hoy es 19 de marzo y dicen que es mi día.
Lo dicen los calendarios, las publicidades, los mensajes automáticos que llegan al móvil como si el cariño pudiera programarse. Yo sonrío, agradezco, incluso me dejo querer. Pero, si soy sincero, hace años que este día dejó de pertenecerme.
Porque desde que naciste, hija, el tiempo se volvió otra cosa.
Ya no es una sucesión ordenada de días, sino una especie de espiral caprichosa donde conviven tu primera risa con la mujer en la que te has convertido. Treinta años, dicen.
Yo todavía estoy intentando entender en qué momento dejaste de necesitar que te atara los cordones.
La infancia: ese territorio donde yo creía enseñar
Cuando eras pequeña, yo pensaba que todo dependía de mí.
Qué ingenuidad tan hermosa. Creía que era yo quien te enseñaba a caminar, a hablar, a distinguir el bien del mal. Y mientras tanto, vos —con esa seriedad de niña que observa el mundo como si fuera nuevo— me estabas enseñando a mí.
Me enseñaste la paciencia cuando tardabas siglos en dormirte y yo me sentaba al borde de la cama negociando con el sueño como si fuera un diplomático.
Me enseñaste el asombro cuando descubrías una hormiga y la mirabas como si fuera un milagro. Y me enseñaste algo que no se aprende en ningún libro: que el amor no necesita explicaciones, solo presencia.
También me enseñaste a reírme de mí mismo.
Como aquella vez que intenté armarte un juguete sin leer las instrucciones y terminó pareciendo una escultura contemporánea. Vos lo miraste, lo abrazaste y dijiste: “Está perfecto, papá”.
Ahí entendí que el amor, a veces, es simplemente que alguien crea en vos incluso cuando ni vos mismo lo hacés.
La adolescencia: el arte de soltar sin soltar
Después llegó esa etapa en la que creciste hacia afuera. La adolescencia, le dicen. Yo la llamo “el máster intensivo en humildad para padres”.
De repente ya no era el héroe de la película.
Pasé a ser un personaje secundario, a veces incluso el antagonista. Y ahí, hija, me enseñaste una de las lecciones más difíciles: amar también es alejarse un poco.
Aprendí a escuchar silencios, a interpretar portazos, a entender que tus discusiones no eran contra mí, sino a favor de vos. Me enseñaste que construir tu propia voz implicaba cuestionar la mía. Y aunque doliera, había algo profundamente hermoso en eso.
También hubo risas, claro. Muchas.
Porque incluso en medio de la tormenta, encontrábamos momentos absurdos: discusiones sobre música que yo no entendía, palabras nuevas que me hacían sentir extranjero en mi propio idioma, y esa certeza de que, por más que crecieras, seguías siendo la misma niña que una vez creyó que yo podía arreglarlo todo.
La madurez: cuando los papeles se mezclan
Y ahora, mirá. Treinta años. Una mujer. Una vida que ya no gira alrededor mío, y qué bien que sea así.
Hoy te observo y me pasa algo extraño: sigo viéndote como mi hija, pero también empiezo a reconocerte como alguien de quien puedo aprender todos los días. Me enseñás a mirar el mundo con otra perspectiva, a cuestionar certezas, a adaptarme sin perderme.
A veces sos vos la que me cuida.
La que me pregunta si estoy bien. La que me dice que no hace falta tener todas las respuestas. Y ahí entiendo que la paternidad no termina nunca: solo cambia de forma.
Me enseñaste a aceptar el paso del tiempo sin pelearme con él.
A entender que crecer no es perder, sino transformar. Y, sobre todo, me enseñaste que el amor verdadero no se desgasta: se reinventa.
Gracias, aunque no alcance
Podría decir “gracias” mil veces y aun así sentir que me quedo corto.
Gracias por haberme elegido —porque me gusta creer que, de algún modo misterioso, lo hiciste—. Gracias por enseñarme a ser mejor de lo que era. Gracias por cada discusión, cada abrazo, cada silencio compartido.
Si hoy es el Día del Padre, entonces déjame hacer una pequeña trampa: celebrarte a vos. Porque todo lo que soy como padre existe gracias a que existís vos.
Y esto no termina
Dicen que los textos necesitan un cierre. Un punto final. Algo que ordene, que concluya, que deje todo en su lugar.
Pero hay cosas que no saben terminar. Como esto. Como nosotros.
Así que mejor lo dejo abierto, como una conversación que sigue, como una puerta entornada, como esas noches en las que todavía, de alguna manera, sigo sentado al borde de tu cama invisible, esperando que el sueño llegue.
Y sabiendo que, pase lo que pase, hija, siempre voy a estar aprendiendo de vos.
