Manual para optimistas con cicatrices
(o cómo no tirar la toalla, aunque esté húmeda)
En un rincón de mi biblioteca —ese lugar donde conviven los clásicos con las facturas de la luz que nunca tiré— encontré un texto subrayado con tinta, del uruguayo Eduardo Galeano, que ya perdió la juventud. Repetía “ojalá” como quien golpea una puerta que tarda en abrirse. Y cada “ojalá” no era un suspiro ingenuo: era una declaración de principios con rodillas raspadas.
“Ojalá seamos dignos de la desesperada esperanza.”
La frase me hizo pensar que hay esperanzas cómodas, acolchonadas, que se dicen en sobremesas con postre. Y hay otras, más ásperas, que se defienden cuando todo invita al escepticismo elegante. Esa esperanza desesperada no es optimismo de taza motivacional; es una decisión casi terca de no desertar del todo.
Ser dignos de esa esperanza implica aceptar que no somos una versión premium de la especie. Hemos sido mal hechos, sí. Venimos con manual incompleto y piezas que no siempre encajan. Pero —y ahí está el detalle hermoso— no estamos terminados. Somos un proyecto en obra, con andamios visibles y pintura fresca que a veces mancha.
El valor incómodo de la soledad
“Ojalá podamos tener el coraje de estar solos.”
Estar solos no es quedarse sin planes un sábado. Es soportar el ruido de la propia conciencia cuando no hay distracciones. Es preguntarse qué pensamos realmente cuando nadie nos mira. Y eso asusta más que cualquier película de terror, porque en la soledad no hay aplausos ni excusas.
La soledad bien llevada es una especie de gimnasio moral. Nos fortalece, nos ordena, nos obliga a definir quiénes somos sin testigos. Pero cuidado: el texto no propone convertirnos en ermitaños con Wifi. Propone que aprendamos a estar solos para no mendigar compañía.
La osadía de arriesgarnos a estar juntos
Y ahí viene el segundo desafío: “la valentía de arriesgarnos a estar juntos”.
Juntarse es complicado. No por logística —eso se resuelve con un grupo de chat— sino por humanidad. Estar juntos implica tolerar la diferencia, aceptar que el otro no piensa como yo, que su historia no es la mía, que su sensibilidad no coincide con mi agenda.
El texto lo dice con una imagen simple y contundente: un diente fuera de la boca no sirve, un dedo fuera de la mano tampoco. Somos piezas diseñadas para encajar en algo más grande. Aislados podemos ser interesantes, pero no necesariamente útiles.
El “nosotros” no debería ser una prisión para el “yo”. Debería ser su versión ampliada. Una orquesta no anula a los instrumentos: los coordina. Claro que a veces desafina. Pero incluso la música más hermosa tiene ensayos caóticos detrás.
Desobedecer con elegancia
“Ojalá podamos ser desobedientes cuando las órdenes humillan nuestra conciencia.”
Esta línea tiene algo de revolución tranquila. No habla de incendiarlo todo. Habla de no traicionarse. De no obedecer por inercia cuando el mandato contradice lo que sabemos que es justo.
Hay obediencias que dan vergüenza retrospectiva. Esas que uno recuerda años después y piensa: “debí haber dicho algo”. La desobediencia que propone el texto es íntima y firme. Es no reír el chiste que degrada, no repetir el prejuicio cómodo, no firmar lo que sabemos que está mal.
No es rebeldía por capricho; es coherencia. Y la coherencia, aunque no siempre sea rentable, suele ser un buen colchón para dormir tranquilo.
Creer contra la evidencia
“Ojalá podamos ser tan porfiados para seguir creyendo que la condición humana vale la pena.”
Creer en la humanidad es un acto casi temerario cuando uno mira los titulares. Pero también es un acto necesario. Porque si dejamos de creer que valemos la pena, nos convertimos en espectadores cínicos de nuestra propia decadencia.
Hemos sido mal hechos, sí. Tenemos defectos de fábrica. Pero no estamos terminados. Esa idea es profundamente esperanzadora: podemos mejorar. Podemos corregir errores. Podemos aprender. La historia personal y colectiva no es una lápida; es un borrador en constante revisión.
Caminar, aunque haya caídas
“Ojalá podamos seguir caminando los caminos del viento, a pesar de las derrotas.”
La vida no promete estabilidad meteorológica. Hay caídas, traiciones, fracasos. A veces la historia parece decirnos “hasta acá”. Pero el texto sugiere algo distinto: cuando la historia dice adiós, en realidad está diciendo “hasta luego”.
Esa perspectiva cambia el ánimo. Las derrotas dejan de ser puntos finales y se convierten en comas incómodas. Nada garantiza el éxito, pero el movimiento en sí mismo ya es una forma de resistencia.
Mapas sin fronteras
Finalmente, el texto habla de ser compatriotas y contemporáneos de quienes buscan justicia y belleza, nazcan donde nazcan y vivan cuando vivan. Una idea hermosa: los mapas del alma no reconocen aduanas.
Ser compatriota de alguien que persigue justicia es compartir una causa que trasciende el pasaporte. Ser contemporáneo de quien ama la belleza es vibrar en la misma frecuencia, aunque medien siglos.
Quizá de eso se trate: de entender que no estamos solos en esta aventura imperfecta. Que hay otros —cerca o lejos— empujando en la misma dirección.
Y entonces el “ojalá” deja de ser un deseo frágil y se convierte en compromiso. No sabemos si estaremos a la altura. No sabemos si la esperanza ganará todas las batallas. Pero mientras sigamos pronunciando ese “ojalá” con convicción y un poco de ironía saludable, tal vez la historia —esa vieja narradora caprichosa— todavía tenga reservado un capítulo más.
Y quién sabe… quizá recién esté empezando.
