La guerra que llevamos puesta
El enemigo no tiene uniforme
Uno cree que la guerra es allá, en esas tierras con nombres impronunciables que salen en la tele mientras cenamos. Pero la guerra también es acá, en esta mesa, en este silencio que dejamos después de discutir, en este rencor que guardamos como quien guarda monedas para un teléfono público que ya no existe.
La guerra empieza en cosas chiquitas. En un «como quieras» dicho con los dientes apretados. En un visto de WhatsApp que no llega. En esa manía de llevar la cuenta de quién cedió primero la última vez. Y así, sin darnos cuenta, vamos llenando el cuerpo de polvorines.
Porque el cuerpo es el primer territorio que se ocupa. Y también el último que se defiende.
La fuerza que no aprieta el puño
Nos enseñaron que el fuerte es el que pega, el que no perdona, el que devuelve el golpe con interés. Crecimos con esa música de fondo: el que la debe la paga, ojo por ojo, diente por diente. Y así andamos, todos un poco tuertos, todos un poco desdentados, pero con la satisfacción de haber cobrado venganza.
Pero hay otra fuerza. Una que no se aprende en los recreos ni en las películas de vaqueros. Es la fuerza de la mano abierta cuando todo el mundo espera el puño. La fuerza de tragarse el orgullo, aunque sepa amargo. La fuerza de decir «basta» sin levantar la voz, que es más difícil que gritar.
El problema es que esa fuerza no tiene estatua. No le hacen series de Netflix. No vende publicidad. Es una fuerza invisible, casi ridícula, como un paraguas en un día de sol. Pero cuando llega la tormenta, el que lo tiene se ríe solo, sabiendo que no todo se gana peleando.
El cuerpo como trinchera
Adentro nuestro hay una guerra civil que no declaramos. Una parte quiere venganza, quiere justicia por mano propia, quiere que el otro sufra lo que uno sufrió. La otra parte sabe que eso no arregla nada, que el odio es un hijo que nunca entierra a sus padres, que siempre termina heredando la misma bronca.
Y el cuerpo es el campo de batalla. Los hombros tensos que no bajan, aunque estemos durmiendo. El estómago anudado que no digiere ni las alegrías. La mandíbula apretada, siempre apretada, como si estuviéramos mordiendo una bala que nunca termina de dispararse.
La guerra no sólo mata gente. También mata gestos, mata caricias, mata las ganas de llamar por teléfono sólo para preguntar cómo estás. La guerra convierte el cuerpo en un mapa de cicatrices invisibles, de territorios prohibidos, de fronteras que nadie cruzó pero que están ahí.
Una grieta que no cicatriza
Y lo peor no es el odio. Lo peor es lo que viene después, cuando el odio se va y deja el terreno baldío. Ahí crece la venganza, que es el odio disfrazado de justicia. La venganza siempre viene con un discurso bonito, con una razón de peso, con un «es que no te imaginas lo que me hizo».
Pero la venganza es un pozo. Uno cree que va a sacar agua y lo único que encuentra es más sed. Porque el que se venga no queda en paz, queda en deuda con su propia violencia. Y ahí empieza otra guerra, la de justificar lo injustificable, la de convertir el daño propio en permiso para dañar.
Nosotros, los de a pie, los que no salimos en los diarios, cargamos con esa mochila. A veces sin saberlo. A veces creyendo que el rencor es lo mismo que la dignidad. A veces confundiendo la paz con el cansancio, como si dejar de pelear fuera lo mismo que haber ganado.
Desarmar la pólvora
Pero hay días. Días en que algo cambia. Días en que miramos al otro y no vemos al enemigo, sino al que también está cansado, al que también perdió, al que también lleva su propia guerra a cuestas.
En esos días pasa algo raro. Uno no sabe bien qué. Algo como una tregua que no se negocia, como un alto el fuego que llega sin avisar. Y en ese silencio nuevo, en esa pausa, uno descubre que el cuerpo puede hacer otra cosa además de defenderse. Puede abrirse. Puede ofrecerse. Puede, simplemente, estar.
No es fácil. No es para siempre. Pero es
Porque la paz no es un tratado que se firma una vez y listo. La paz es un músculo que hay que ejercitar todos los días, en lo chiquito, en lo doméstico, en ese momento justo donde el orgullo quiere disparar y uno elige guardar el arma.
Y así, con esa decisión minúscula, casi ridícula, uno empieza a desarmar la guerra desde adentro. Uno empieza a entender que el verdadero campo de batalla no es el país del otro, ni su vereda, ni su casa.
El verdadero campo de batalla es este cuerpo que duele cuando odia y se alivia cuando suelta. Y que tal vez, sólo tal vez, la única victoria posible sea convertir la trinchera en un lugar donde quepamos todos.
