La integridad en tiempos deshonestos

Uno esperaría que la integridad, como el pan viejo, sea un artículo que se endurece, pero no se pudre. Que uno pueda decir “esto es mío” y que la mano no tienda a irse para el bolsillo del vecino. Pero no. Resulta que en estos tiempos la honestidad se ha convertido en una rareza, en una especie de estornudo en medio de un discurso: algo que interrumpe y que, además, molesta.

Uno camina por la calle y ve los carteles:

“Se vende departamento”, “Se necesita empleado con referencias”, “Se busca persona de confianza”. Y uno piensa: ¿dónde carajo se compra eso? Porque si la confianza hay que buscarla, es porque no está. Y si no está, es porque la perdimos, o la escondimos, o la cambiamos por un like en Facebook.

La integridad, hoy

Es ese amigo que llega temprano a la fiesta y todos miran el reloj. Es el que dice la verdad cuando todos están cómodos con la mentira. Y entonces lo miran como si hubiera eructado en la mesa. Porque la verdad, en estos tiempos, incomoda más que una pregunta sincera en una reunión de consorcio.

Uno ve a los políticos prometer

Y, prometen tanto que parecen vendedores de enciclopedias. Y uno sabe que van a cumplir lo mismo que cumple un horóscopo: nada. Y, sin embargo, uno sigue creyendo, porque la esperanza es la última en enterarse de que el negocio cerró.

Y en el medio estamos nosotros, los mortales, los que pagamos el café y el pan, los que devolvemos el cambio cuando nos dan de más. Y a veces uno duda: ¿para qué? Si total, el otro se lo va a gastar en algo que no necesita.

Pero uno devuelve. Por costumbre, por educación, o por esa cosa rara que llamamos dignidad.

La ironía es que ser honesto se ha vuelto un acto casi subversivo

Como si dijeras “no, gracias” en una sociedad donde todos aceptan todo. Como si te levantaras y dijeras “yo no firmo eso” en una reunión donde todos ya firmaron. Y te miran. Te miran como si fueras un bicho raro, un extraterrestre, un tipo que no entiende cómo funcionan las cosas.

Pero quizás el problema sea ese: que las cosas funcionan así. Que la deshonestidad se ha vuelto el pegamento social, el aceite que hace que las ruedas giren sin chirriar. Y entonces uno se pregunta: ¿la integridad es una virtud o una molestia? ¿Un valor o un estorbo?

Mientras tanto, uno sigue

Sigue pagando el colectivo, aunque nadie controle. Sigue diciendo la verdad, aunque duela. Sigue devolviendo lo que no es suyo. No porque espere un premio, ni una medalla, ni siquiera un “gracias”. Sino porque, en el fondo, uno sabe que la única forma de vivir con uno mismo es no tener que esconder las manos. Porque las manos sucias, aunque nadie las vea, pesan. Y pesan mucho.

Así que ahí vamos. Nadando contra la corriente

Siendo honestos en un mundo que premia al vivo. Siendo íntegros en tiempos deshonestos. No por héroe, sino porque no nos sale ser otra cosa. Porque la mentira nos da alergia. Porque preferimos la verdad incómoda a la mentira perfumada.

Y si al final del día, cuando apaguemos la luz, podemos mirarnos al espejo sin desviar la mirada, entonces habrá valido la pena. Aunque afuera el mundo siga girando al revés. Aunque todos mientan. Aunque parezca que la honestidad es un lujo que ya nadie puede pagar.