Hoy, le propongo una limpieza interior
El aire entra sin pedir permiso
Abra la ventana del pecho como quien abre un negocio que estuvo “cerrado por inventario” desde 1998. Que pase el aire, sin tocar timbre ni traer currículo. Viene a ventilar ese olor a depósito donde guardó promesas en frascos sin etiqueta. Si al principio estornuda recuerdos, no se preocupe: son los “algún día” despidiéndose con un último saludo marcial… pero con paso torcido. Hay nostalgias que salen volando apenas se les corre la cortina, como visitas que dijeron “me quedo cinco minutos” y acamparon tres inviernos.
Limpieza mayor del rencor
Barra el rencor como quien saca arena del cuarto de estar después de la playa: con paciencia y sin discursos. Ese rencor hacía nido con palitos de orgullo, y el orgullo, noble ave, no paga alquiler. Pase un trapo húmedo por los vidrios del ánimo y verá algo escandaloso: la calle no era gris, era usted mirando con anteojos de sol… de noche. Las manchas difíciles existen, sí; pero toda mancha tiene su biografía y, con un poco de jabón filosófico, también su despedida. Si el corazón fuera museo, hoy pondría: “Cerrado por restauración. Volvemos con esperanza mejorada y sin guías que hablen bajito”.
La luz desobedece a la sombra
Deje que la luz haga su travesura preferida: desobedecer a la sombra con modales de buena familia. Entre en esos pasillos donde el fracaso puso sillones de terciopelo para que usted se instalara con bata y argumento. Quite el escenario y verá que la tristeza se queda sin público y empieza a contar chistes que ni ella entiende. El sol —ese reloj antiguo que nunca se equivoca ni pide pila— derrite el hielo que usted rebautizó “soledad” por economía del lenguaje. Y por las grietas del día corren ríos tibios: no son milagros, son deshielos bien educados.
Sonreír es un oficio luminoso
Sonría como quien enciende la hornalla para el pan: con respeto y un poquito de audacia. La sonrisa abre ventanas en los ojos y, créame, atrae visitas curiosas. Llegan colibríes a firmar autógrafos en el aire, mariposas a ensayar coreografías que ignoran la gravedad y luciérnagas que iluminan sin pedir licitación ni aplausos. Frente al espejo, no pida permiso para quererse: esa persona sobrevivió a más tormentas que los pronósticos y aun así pronuncia “mañana” con acento de estreno. Quererse no es narcisismo: es mantenimiento preventivo.
Derroche de sueños, economía del miedo
Abra todo y derroche sueños como quien reparte pan caliente en una plaza: si sobra, mejor, alguien repetirá. El miedo propone austeridad emocional; usted proponga presupuesto expansivo. Lo que parece pérdida a veces es aprendizaje con bigote postizo, pero paga dividendos en coraje. Los sueños no huyen: migran por clima. Si encuentran casa con calefacción de valentía, vuelven sin pedir factura.
Cierre abierto
Y si alguna noche el viento pasa con las manos vacías, no le haga reclamos sindicales: quizá está practicando la manera exacta de tocar su puerta sin asustar al pasado. Abra otra vez… o deje la ventana entreabierta. Hay cosas que todavía no tienen nombre, pero ya traen llave. Y sí, funciona. Aunque el manual diga que no.
