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La edad, y el lugar, en que empezamos a leer de verdad
Mujeres. Hombres. Desconocidos. Edades detenidas a mirar: mayores de 65 años, 40,2 %. Entre 55 y 64, 38,1 %. Entre 45 y 54, 15,7 %. Entre 35 y 44, 4 %. Entre 25 y 34, 2 %.
Países desde donde llegaron: España. Colombia y México. Perú. Argentina. Chile y Estados Unidos. Bolivia. Costa Rica. Guatemala. República Dominicana. China, Tailandia, Alemania y Austria.
Uno podría mirar estos números como mira el clima:
Con distancia, con un “ah, mirá vos”. Pero si se queda un rato más, empiezan a sonar distinto. Ya no son porcentajes. Son voces leyendo desde una cocina en Madrid, desde una sala en Medellín, desde un colectivo en Ciudad de México, desde una tarde quieta en Lima, desde un mate que se enfría en Buenos Aires, desde una ventana en Santiago, desde el altiplano boliviano, desde San José, desde Guatemala, desde Santo Domingo.
Antes leíamos para avanzar
Cuando somos jóvenes, leemos con prisa. Como si el texto fuera un trámite. Como si la vida estuviera siempre adelante. Leemos para llegar. Para saber. Para opinar. No importa tanto lo que sentimos, sino lo rápido que terminamos. Por eso casi no hay lectores menores de treinta y cinco. No porque no sepan leer, sino porque todavía están corriendo.
Después leemos para quedarnos
Algo cambia con los años. No de golpe. No dramáticamente. Simplemente un día uno se queda un poco más en una frase, vuelve atrás, se reconoce. Y entonces leer deja de ser consumo y se vuelve compañía. Los mayores de cincuenta y cinco —casi el ochenta por ciento de quienes miran esto— no leen porque sí. Leen porque eligen. Porque el tiempo ya no sobra, y justamente por eso se cuida.
Leer en distintos países, lo mismo
España, Colombia, México, Perú, Argentina, Chile, Bolivia, Costa Rica, Guatemala, República Dominicana. Distintos acentos, distintas historias, distintos paisajes. Pero algo igual: la misma necesidad de entender lo vivido, de poner en palabras lo que pasó, de sentir que alguien, en otro lugar del mundo, pensó algo parecido. Leer se vuelve una forma de encuentro silencioso, una conversación sin interrupciones, un “a mí también”.
Dicen que Facebook es una red vieja
Tal vez. Pero también es una red donde todavía se leen textos largos, donde alguien se queda hasta el final, donde el “me gusta” no es automático y el comentario llega después de pensar. Acá no gana el más rápido. Gana el que se queda.
No sé si estos números van a cambiar
No sé si mañana leerán otros países, otras edades, otras historias. Lo único que sé es que mientras alguien, en algún lugar, abra un texto, se quede un rato, y cierre la ventana con algo movido por dentro… el cursor seguirá ahí, parpadeando, esperando.
Leer, a esta altura de la vida, es como quedarse un instante más en un lugar donde todo el mundo se va corriendo. Es detenerse en la frase que nos reconoce, en el lugar que nos entiende, en la voz que nos dice: “No estás solo”. Y, por un rato, eso basta.
