Nosotros y el temor

El temor funciona como esos débitos automáticos que nadie recuerda haber autorizado

Un día aparecen, sigilosos, con la misma naturalidad con la que se instala una gotera en el techo: no hace ruido al principio, pero insiste. Cada mes descuenta algo distinto: el sueño profundo, la risa fácil, el impulso imprudente de llamar a alguien a las tres de la mañana solo para comprobar que sigue existiendo. No figura en ningún resumen bancario, no manda mail de aviso ni ofrece cuotas sin interés, pero igual lo pagamos puntuales, con una prolijidad que ya quisieran las tarjetas y una obediencia que ni nosotros entendemos.

Temer es adelantarse a una catástrofe que todavía no pidió turno

Es sufrir un incendio con olor a humo imaginario, evacuar una casa que sigue intacta, cerrar ventanas por una tormenta que solo ocurre en la cabeza. El miedo tiene esa habilidad financiera: te cobra intereses por una deuda que no existe y, encima, te convence de que es tu culpa no haberla saldado antes. Uno termina pidiendo disculpas por daños que jamás causó, como si el simple hecho de estar vivo ya fuera una infracción.

El temor se disfraza de prudencia

Usa traje serio, habla bajito, recomienda esperar. Dice que mañana va a ser mejor momento, que ahora no conviene, que después vemos. Y uno le cree, porque el temor no grita: susurra. Se sienta a tu lado como un contador de confianza y te explica, con gráficos invisibles, por qué no es buena idea arriesgarse hoy. Así, uno se pasa la vida ahorrando coraje para un mañana que quizás no llegue, o llegue distinto, o llegue riéndose de nuestros cálculos meticulosos.

Mientras tanto, el temor engorda

Se compra un sillón cómodo, aprende nuestros horarios, se acostumbra a la casa. Mira cómo postergamos decisiones simples: decir que no cuando es no, decir que sí cuando el cuerpo ya dijo que sí hace rato, o decir “te quiero” sin garantías, sin letra chica, sin un seguro contra el rechazo. El miedo a perder nos vuelve expertos en no jugar, y después nos quejamos de no haber ganado nada.

Lo curioso es que, cuando la vida finalmente pasa factura, casi nunca coincide con el monto que tanto temimos pagar. A veces duele menos. A veces duele distinto. A veces no duele. Y entonces uno descubre, tarde pero lúcido, que el verdadero gasto no fue lo que pasó, sino todo lo que no pasó por haber tenido miedo. Las noches no vividas, las palabras no dichas, los pasos que se quedaron en la puerta.

Quizás el coraje no sea dejar de temer, sino revisar esos débitos automáticos y animarse a cancelar alguno. Aunque sea uno. Aunque sea hoy. Aunque dé miedo.