” La noche en que todo era posible ”
Hace muchos años, la noche de Reyes no necesitaba Wi-Fi, ni tutoriales, ni recordatorios en el celular.
Bastaba un plato hondo medio cascado, dos zapatos desparejos —porque nadie tenía un par entero solo para pedir milagros— y una zanahoria mordida a medias, como prueba científica de que alguien había pasado por ahí. Con eso alcanzaba para creer que el mundo, al menos por una noche, funcionaba como debía.
Se dejaba también una fuente con agua y un poco de pasto para los camellos
Eran tres, entraban sin hacer ruido, se les tenía respeto. La casa se acostaba temprano, aunque nadie dormía del todo. El silencio tenía sonido: el crujido del piso, un viento que parecía pasos, el corazón latiendo fuerte. Era el miedo lindo, ese que no paraliza, el que emociona porque algo extraordinario está por pasar.
No había listas infinitas ni catálogos brillosos
No había comparativas de precios ni cuotas sin interés. Había un solo deseo. Uno. Elegido con cuidado, casi con pudor, como si pedir más fuera una falta de educación o una provocación al destino. Y había una certeza infantil, sólida como una ley física: si me porté bien, vendrán. Esa ecuación simple —conducta más esperanza— sostenía el universo.
Nunca me trajeron lo que pedí
No porque fuera malo, sino porque no había dinero, ni posibilidades, ni milagros tan grandes. Nunca fue la bicicleta. Pero lo que venía era recibido con una gratitud que hoy parece exagerada: un camión de plástico, una pelota que duraba un verano, un juego incompleto. Lo que llegaba se cuidaba. Lo que no, se soñaba. Y ambas cosas enseñaban.
Éramos todos diferentes
Estaban los que podían, los que siempre pueden, antes y ahora. Y estábamos los otros, los que arrancábamos desde más atrás. “Los de la fila diez para atrás”, como dijo una vez un tipo que hablaba en la tele y parecía estar describiendo nuestra vida sin conocernos. En esos tiempos, Navidad era familia: abuelas, tíos, primos, mesas largas y comida justa. No había regalos el 25, pero siempre se armaba el pesebre. Más importante que el arbolito.
La gran fiesta era el 6 de enero
Ese día venían los Reyes Magos, y venían para todos. Eso era lo milagroso. No importaba el país, el barrio, la religión ni el color de piel. Ese día, todos los chicos del mundo iban a recibir algo. Esa idea, hoy lo entiendo, era una lección de igualdad mucho más potente que cualquier discurso.
Con el tiempo crecimos
Supimos de injusticias, de filas que no se mueven. Aprendimos que no todo llega, aunque uno se porte bien. Y también entendimos algo más, algo que nos enseñaron sin palabras: “que incluso el niño más importante de la historia nació sin lujos, en un pesebre prestado, con padres pobres y manos vacías.” Que el valor nunca estuvo en el envoltorio, sino en la entrega. En la voluntad. En el gesto.
Tal vez por eso, ya grandes, dejé de medir los regalos por su precio y empezamos a medirlos por lo que dicen. Por el tiempo que llevan, por el amor que cargan, por la intención de quien los da. Porque aprendimos que lo simple también puede ser sagrado.
Algo quedó intacto: la memoria de esa noche. La certeza de que, por unas horas, todo era posible. Y el agradecimiento. No por lo que faltó, sino por lo que hubo. Sin resentimientos. Porque aún desde el fondo de la fila, también nos tocó creer. Y creer —aunque sea una vez al año— era, y sigue siendo, un regalo enorme.
