Marta estaba enojada con la vida
El problema empezó el día que Marta decidió que el del quiosco la tenía atravesada
No fue una epifanía ni una señal del universo. Fue un martes, siete y cuarto de la mañana, cuando él le dio el cambio exacto, en monedas pequeñas, sin mirarla. Marta salió con el periódico doblado bajo el brazo y una certeza flamante: este señor me odia.
—Te ha cobrado bien —dijo Julián, su marido, mirando el móvil mientras untaba mantequilla.
—Eso no es el tema —respondió Marta—. Me ha cobrado mal por dentro.
Julián hizo ese ruido ambiguo que no es un “sí” ni un “no”, sino un “no quiero discutir antes del café”. Marta, en cambio, ya estaba armando el dosier. Recordó el día que el del quiosco le dio el diario del día anterior. La vez que dijo “hola” sin vocalizar la hache. El entusiasmo con el que atendía al chico del patinete. Todo encajaba como un puzzle emocional. El hombre – según Marta – tenía un rifirrafe con ella.
Desde entonces, cada visita fue una prueba más
Si él estaba serio, era desprecio. Si estaba amable, ironía pasivo-agresiva. Si no estaba, claramente se escondía. Marta empezó a ir a otro quiosco, a tres calles, pero volvió indignada: el nuevo también tenía cara de no soportarla.
—Igual es que vas un poco tensa —sugirió Julián esa noche.
—Claro —dijo ella—. Ahora la tensa soy yo. Perfecto.
Ahí empezó el segundo frente de batalla:
Julián. Contestaba con “ajá”, “vale”, “luego lo vemos”. Miraba el móvil como si fuera una serie mejor que ella. Antes no era así, pensó Marta. Algo le pasa. Y como suele ocurrir, ese algo tenía nombre y apellidos: los de ella.
Una noche, cenando tortilla (poco hecha, como siempre), Marta soltó:
—Si estás molesto conmigo, dilo.
—No estoy molesto.
—Eso es exactamente lo que diría alguien molesto.
—Estoy cansado, Marta.
—Ajá. Cansado de mí.
El suspiro de Julián fue largo, profundo, casi pedagógico
Marta lo interpretó como sentencia firme del Tribunal Supremo del Matrimonio. Se fue a la cama y no durmió. En su cabeza se celebraban reuniones clandestinas: el del quiosco, Julián, la cajera del súper, todos comentando lo difícil que era ella.
Al día siguiente decidió hacer una prueba científica, nivel “experimento casero”. Entró al quiosco con una sonrisa exagerada, de anuncio dental.
—¡Buen día! —dijo, con entusiasmo sospechoso.
—Buen día —respondió el del quiosco, igual que siempre.
Nada. Ni odio ni amor. Normalidad pura. Marta salió descolocada. Por primera vez dudó. No de el del quiosco. De su película. De sus pensamientos sesgados.
Por la tarde llamó a su hermana
—Oye… ¿tú notas a la gente rara conmigo?
—No —dijo la hermana—. ¿Qué te pasa?
—Nada.
—Eso no es una respuesta.
Colgaron. Marta se sentó en el sofá
Pensó en el trabajo, en la bronca que había tragado con su jefa, en las ganas de mandar todo a paseo que había envuelto en educación. Pensó en Julián, en lo poco que decía para no liar una discusión. Pensó en sí misma guardando emociones como quien mete cosas en un cajón que ya no cierra.
Esa noche habló
—Creo que estoy enfadada —dijo.
—¿Con quién?
—Con varios… pero sobre todo conmigo. Algo tengo que hacer, porque hay días en que ya no me soporto, dijo Marta.
No hubo abrazos de anuncio ni soluciones mágicas. Julián escuchó. Al día siguiente, el del quiosco le dijo “hasta luego” con la misma voz de siempre. Marta lo escuchó distinto. No mejor. Distinto.
A veces no cambia la gente
- A veces no cambia la gente. A veces no cambia el mundo. Lo que cambia es la forma en que dejamos de empujar hacia afuera aquello que no sabemos sostener por dentro.
- Creo, que, a eso, los psicólogos le llaman proyección, una palabra elegante, casi técnica, para algo profundamente humano y cotidiano.
- Nombrarlo no siempre lo resuelve, pero al menos lo vuelve visible. Entonces dejamos de señalar, de culpar, de cargar al otro con lo que nos duele. Hacernos cargo.
- Porque, si somos honestos, todos hemos sido alguna vez Marta, el del quiosco, o esa persona que suspira antes del café, cansada sin saber bien por qué.
