Vivir mejor no es hacerlo todo bien

Dicen que todos los años son distintos, pero uno los mira de lejos y parecen cortados con la misma tijera. Enero promete, febrero se apura, marzo exige, y cuando pestañamos ya estamos otra vez diciendo “qué rápido pasó el año”. Cambian los calendarios, los precios y las modas, pero nosotros… nosotros seguimos más o menos iguales, con las mismas dudas guardadas en el mismo bolsillo.

La pregunta no es qué nos pasa, sino qué hacemos con lo que nos pasa

Porque la vida no distingue demasiado: reparte alegrías, golpes, pequeñas victorias y decepciones sin pedir permiso. A uno le toca perder, al otro le toca esperar, y a casi todos nos toca seguir, aunque no tengamos muy claro por qué. No es que seamos especiales; es que somos humanos, que ya es bastante trabajo.

Muchos creen que lo que nos define es lo bueno que vivimos

Otros dicen que es lo malo. La verdad, como casi siempre, se sienta incómoda en el medio. No somos solo nuestras caídas ni únicamente nuestros aplausos. Somos lo que aprendimos mientras nos levantábamos y también lo que olvidamos cuando nos fue bien. Porque cuando toda marcha bien, uno se olvida de agradecer; y cuando todo duele, uno se olvida de confiar.

Vivir mejor no viene con manual ni garantía

Si existiera una clave universal, alguien ya la estaría vendiendo en cuotas. Pero hay pistas, señales humildes, de esas que no hacen ruido. Vivir mejor suele empezar cuando dejamos de compararnos con la vida de otros, esa que siempre parece más ordenada desde afuera. Nadie sube a redes el insomnio, la angustia a las tres de la mañana ni el miedo a no estar a la altura. Eso se vive en silencio, con la luz apagada.

El miedo y la ansiedad no son enemigos, aunque se comporten como tales

Son alarmas. El problema es que a veces suenan cuando no hay incendio. El miedo nos habla del futuro, de lo que todavía no pasó, pero ya nos está cobrando entrada. La ansiedad es esa necesidad desesperada de tener todo bajo control, como si la vida fuera un mueble de esos que vienen con tornillos de más.

Abandonar el miedo no significa volverse valiente de golpe

Significa dejar de obedecerlo ciegamente. Escucharlo, sí; dejar que maneje, no. La ansiedad no se calla a los gritos, se calma con paciencia. Con respiraciones torpes, con conversaciones sinceras, con aceptar que no todo depende de nosotros… aunque nos cueste horrores admitirlo. La gente de a pie —esa que madruga, se equivoca, ama como puede y llega cansada a la noche— no necesita grandes frases. Necesita saber que está bien no estar bien todo el tiempo. Que pedir ayuda no es fracasar. Que descansar no es perder el tiempo. Y que a veces el mayor acto de valentía es seguir, incluso sin ganas, incluso con miedo.

Los años no nos hacen diferentes por sí solos

Nos diferencia la conciencia con la que los atravesamos. Hay quienes pasan por la vida como quien pasa por una sala de espera, y hay quienes, aun con dolor, se animan a vivirla como una experiencia. No mejor, no peor: más real.

Y quizás vivir mejor sea eso:

Menos exigencia, más honestidad; menos correr, más sentir; menos miedo a equivocarnos y más permiso para ser imperfectos. Porque al final del año, cuando hacemos balances que nunca cierran del todo, lo único que importa no es cuánto logramos, sino cuánto nos permitimos ser humanos en el intento.