La historia de hoy no es un cuento

No tiene dragones ni moraleja final con moño. Es verdadera y respira. La puedes constatar en los medios, en las redes, hasta en algunos periódicos y en la televisión, donde a veces aparece un segundo ante de que cambien de tema. No hace ruido: se arrastra.

Trata de personas, de gentes

Que, todos los años, cuando llega la Navidad y el Año Nuevo, la pasa mal. Muy mal. Canutas, dicen en España. Hechos pelota, dicen en Buenos Aires. Personas que no tienen nada, o que lo tuvieron y lo perdieron casi todo. Personas con frío que muerde o con un calor que quema por dentro. Personas con el cuerpo cansado, enfermo, y la comida contada como si fuera oro. Personas sin patria, porque la patria quedó ardiendo y no hubo tiempo de apagarla. No salen en las postales. No combinan con las luces ni con los villancicos. No entran en la palabra “felicidad” cuando se la dice en plural.

Esta historia va para ellos

Para los que no podemos saludar con un “Felices Fiestas” porque no hay fiesta posible cuando la vida se reduce a sobrevivir un día más. Para los NN de la vida. Y no son solo los emigrantes que cruzan fronteras con una mochila rota: también son los que se quedaron. Los propios. Los nacidos ahí mismo, pero olvidados. Sin educación, sin agua, sin electricidad. Comiendo lo que pueden cultivar con las manos, viviendo poco, envejeciendo rápido. Son invisibles. Nadie los busca si faltan. Nadie los nombra cuando sobran.

Jesús nació pobre

No como metáfora, sino pobre de verdad. Sin domicilio fijo, sin cuna homologada, sin calefacción. Nació fuera del sistema. Eso ya lo sabemos. La pregunta es otra: ¿qué les diría hoy Jesucristo a ellos, a estos de ahora, a los que pasan la Navidad con el estómago vacío y el corazón lleno de cansancio? Tal vez no empezaría con promesas. Las promesas cansan cuando se repiten y no llegan. Tal vez no hablaría de cielos futuros, porque el presente duele demasiado. Quizás se sentaría a su lado. El gesto antes que el discurso. Compartiría el pan, aunque fuera poco. Miraría a los ojos. Y diría algo sencillo, sin grandilocuencia:

“No están equivocados por estar aquí. No fallaron. El mundo es el que falla cuando acepta que esto sea normal.”

Tal vez les diría que su vida vale, incluso cuando nadie la cotiza

Que no son un error estadístico ni un daño colateral. Que no son culpables de haber nacido donde nacieron, ni de haber perdido lo que perdieron. Les diría que el hambre no es voluntad divina, que la injusticia no es designio sagrado, que la pobreza no es una prueba para los buenos sino una acusación contra los indiferentes. Y después, seguramente, se levantaría. Porque Jesús nunca se quedó quieto demasiado tiempo. Iría a golpear puertas. A incomodar mesas bien servidas. A recordarles a los que brindan que la Navidad no es un consumo sino una responsabilidad.

A decirnos, sin gritar, pero sin suavizar:

“Si ellos no tienen lugar, yo tampoco. Si ellos sobran, yo también.” Y quizá entonces entenderíamos que esta historia verdadera no pide lástima. Pide memoria. Pide justicia. Pide que dejemos de desear felicidad en abstracto y empecemos a repartirla en concreto.