El velorio anticipado
Hay gente que organiza su funeral con la misma meticulosidad con la que otros planchan las servilletas en Navidad. Que si el cajón de madera noble, que si la corona con cintas doradas, que si la misa con coro afinado. Y mientras tanto —ironías del cosmos— pasan por alto que la persona que supuestamente están homenajeando todavía anda por ahí, viva, tosiendo en el colectivo o haciendo cola en el banco.
Es como si imagináramos la vida al revés: entregamos flores cuando ya no hay manos que puedan sostenerlas. Decoramos la sala velatoria con la intensidad de quien mima un cumpleaños infantil. Y lloramos con lágrimas que, si hubieran caído un poco antes, quizá habrían regado una amistad reseca.
Hay una ternura inútil en la pompa fúnebre: un intento desesperado de corregir a los gritos lo que no dijimos en susurros. Los vivos lloran para exorcizar culpas, para no escuchar el eco de las preguntas que no hicieron. Y los muertos, si algo sienten —que nadie lo sabe—, tienen que pensar: “Tarde, hermano, tarde”.
El arte de llegar a tiempo
Imagino a las personas como pequeñas repisas en un pasillo larguísimo. A veces pasamos, miramos apurados, decimos “después le escribo”, “el domingo lo visito”, “cuando tenga un hueco lo invito a tomar un café”. Y no volvemos. No porque no queramos, sino porque la vida está llena de excusas muy convincentes.
El problema es que las repisas se caen. Un día llegamos y ya no están. Y entonces improvisamos homenajes grandilocuentes, almuerzos con sobremesas largas, palabras bonitas que se derraman sobre una silla vacía. Pero ya no hay quien las escuche.
Por eso la consigna es sencilla y brutal: “en vida, hermano, en vida”. No cuando la última palabra sea un murmullo de cura, ni cuando un ataúd se convierta en la mesa incómoda donde ponemos flores que nadie huele.
Si alguien que querés te necesita —porque está solo, porque le pesa la tristeza, porque le falta plata o le sobra silencio—, no esperes la señal divina ni el mensaje dramático. Caé. Golpeá la puerta. Llevá pan, tiempo, oídos. O contá un chiste malo. A veces la salvación es una carcajada de esas que te dejan medio torcido.
Pequeñas cosas que cuentan como abrazos
Dar tiempo es más difícil que dar plata, pero es más efectivo que cualquier tumba de mármol. Las horas compartidas son la única inversión que no admite herederos: si no las das, se pudren; si las das, florecen. Un mate largo, un paseo corto, una llamada improvisada, un “vamos a caminar aunque esté lloviendo”. Esos son los gestos que resucitan gente que sigue viva pero que anda medio dormida. El afecto cotidiano, el que no sale en las fotos del funeral, ese es el que realmente vale. Porque el cariño póstumo es como enviar una carta sin destinatario: sale cara, ocupa espacio, pero llega tarde.
El consuelo verdadero
Cuidar a otro en vida es una manera rara de salvarse uno mismo. Es evitar que el remordimiento —ese roedor nocturno— haga nido en el pecho. Quien da compañía hoy duerme mejor mañana. Y quien abraza a tiempo nunca necesita discursos solemnes para justificarse. A fin de cuentas, todos queremos lo mismo: que alguien nos quiera cuando todavía estamos quejándonos, riendo, discutiendo por pavadas, y no cuando ya no queda más que una foto enmarcada torcidita sobre la mesa.
Entonces…
Tal vez el desafío sea aprender a despedir menos y a acompañar más. A dejar de reservar nuestras mejores palabras para el silencio y nuestras mejores flores para la tumba. Quizás —solo quizás— el secreto esté en animarse a preguntar: ¿Cómo estás? Y en quedarse a escuchar la respuesta, aunque duela, aunque canse, aunque tarde.
El resto… bueno, el resto queda abierto, como todo lo que todavía respira.
