El destino no reina solo
“El destino no reina sin la complicidad secreta del instinto y la voluntad” Giovanni Papini
Dicen por ahí que el destino es ese personaje silencioso que se sienta frente a nosotros, mezcla las cartas con la serenidad de quien ya ha visto miles de partidas y sonríe como si conociera el final antes de que empecemos. Pero hay un detalle que pocos reconocen: el destino no reina solo. Necesita cómplices. Y esos cómplices viven adentro, camuflados. Uno se llama instinto y el otro, voluntad. No son santos ni mártires: son inquietos, tercos, apasionados. Y sin ellos, al destino no le alcanza la magia.
Las barajas que nos tocan… y las que hacemos aparecer
Hay manos que llegan sin que las pidamos: nacemos en un barrio, en una familia, en un tiempo; aparece un trabajo, un amor, un desastre, un giro inesperado. Todo eso es el mazo de cartas que alguien mezcló en un silencio anterior a nosotros. Pero lo verdaderamente interesante ocurre después, cuando tomamos esos naipes como si fueran un mapa de posibilidades.
Porque hay quienes miran la mano como una sentencia
Y quienes la observan como un acertijo. Unos suspiran resignados; otros se frotan las manos pensando cómo engañar, torcer, negociar o seducir a la realidad para que el resultado cambie. Ahí es donde el instinto mete la nariz: susurra cosas que no aparecen en ningún manual. Que juegues un tres cuando todos dicen que deberías guardar el siete. Que apuestes más fuerte cuando la lógica indica retirarse.
Si, el instinto es un perro callejero que huele oportunidades, la voluntad es el músculo que, aun sabiendo que podemos perder, decide levantar la carta y ponerla sobre la mesa con una mezcla de valentía y terquedad. El destino sin esa dupla es un rey sin reino: tiene corona, pero nadie le abre las puertas.
La complicidad que no confesamos
A veces fingimos que todo lo que nos ocurre es obra de un plan mayor, quizá porque da pereza aceptar cuánta parte de la historia nos pertenece. Incluso cuando fallamos, existe una especie de orgullo secreto: ese instante en el que reconocemos que no nos empujaron… saltamos. Que nadie nos obligó a tomar ese desvío absurdo, a enviar aquel mensaje fuera de hora, a decir que sí cuando todo era un no con luces rojas.
Sin embargo, en esa responsabilidad también vive una libertad incómoda pero hermosa. Saber que no somos simples espectadores, sino coautores de nuestra novela, es un vértigo que nos mantiene despiertos. Culpar al destino es el recurso favorito de quienes no se atreven a revisar sus propias decisiones. Pero lo cierto es que, detrás de cada giro, siempre hay un movimiento nuestro: incluso uno mínimo, una inclinación del pensamiento, un gesto casi imperceptible que puso en marcha la rueda.
El destino baraja, sí
Nos reparte una mano que puede ser justa, mezquina o generosa. Pero la partida la jugamos nosotros: elegimos qué descartar, qué ocultar, qué mostrar, qué apostar. Y lo más curioso es que, aunque el destino mezcle las cartas, también observa cómo jugamos. A veces hasta parece modificar el mazo de acuerdo con nuestro coraje o nuestro miedo, como si respondiera —de alguna forma misteriosa— a la manera en que nos plantamos frente al tablero.
Quizá de eso se trate todo
De entender que la vida no es una lotería, sino una partida interminable en la que cada decisión es un pequeño golpe sobre la mesa que altera el silencio de lo inevitable. Porque al final, el destino podrá ser quien baraja, pero lo que realmente nos define es cómo jugamos la mano, incluso cuando creemos que no tenemos ninguna buena. Y ahí, justo ahí, es donde empezamos a torcer la historia.
