Un cuento breve: “Cinco días que no se apagan”

A veces, cuando se despierta antes que su mujer —cosa que pasa seguido, porque la edad le aflojó el sueño como si fuera un botón mal cosido—, él se queda mirando el techo. O la cortina. O ese rectángulo de luz que se cuela por la persiana. Y piensa en ella. En la otra. En la de hace mil años, cuando él todavía era él, pero en versión más tonta, más flaco e inflamable.

Es curioso.

Treinta y pico de años de matrimonio, una vida tranquila como una hamaca en domingo, dos hijos ya grandes, un perro que rompió todo lo que podía romper y después se volvió bueno… y, aun así, aun con todo eso, lo que se le enciende en la memoria, casi a diario, son aquellos cinco días. Cinco nada más. Una semana partida al medio por el azar y por la torpeza —bendita torpeza— de dos amigos que jugaron a no mirarse distinto y de repente se miraron demasiado.

Con su mujer tiene lo de siempre.

Desayuno tibio, peleas por pavadas, reconciliaciones silenciosas, una cama compartida con la naturalidad de quien comparte oxígeno. No hay fuego ahí, pero hay brasas. Y él aprendió —a los golpes— que las brasas también calientan. Que la vida en familia es eso: un hogar que no estalla, pero sostiene. Una historia prolija que se escribe con la misma letra durante décadas. Pero ella, la de antes, la que fue amiga primero y volcán después… esa no escribe historias: esa quema capítulos enteros.

Y él recuerda.

Recuerda cómo empezó todo, sin que ninguno lo notara, como empiezan las grietas: desde adentro. Un comentario de más, un abrazo que duró un segundo más de lo debido, una risa que se les escapaba demasiado cerca. Él estaba convencido de que nada iba a pasar. Y, sin embargo, pasó. Y cuando pasó, pasó como pasan pocas cosas en la vida: sin permiso, sin lógica, sin amortiguación.

Aquellos cinco días.

Parecen ahora suspendidos en una especie de vidrio brillante. No envejecen. No se arrugan. No pierden calor. A veces él cree que los recuerda mejor de lo que realmente fueron, pero no importa: la memoria es mentirosa, sí, pero también es artista. Embellece, exagera. Pinta con colores que la realidad no tuvo. Pero algo en su pecho le dice que, incluso si la memoria maquilla, el fuego existió de verdad.

Lo que vivieron no fue amor.

No todavía. Fue esa cosa anterior al amor, más peligrosa: la certeza de que podría haberlo sido. Y eso, con el tiempo, duele más que el amor mismo. Recuerda la habitación del hotel que encontraron en un arrebato de locura casi adolescente. La luz amarillenta. El ruido del ventilador. Las sábanas con olor a detergente barato. Y los dos ahí, como si el mundo hubiera decidido desaparecer para dejarlos solos, suspendidos en un tiempo que no duraría más que lo que dura un fósforo ardiendo. Pero, ay, cómo ardía ese fósforo.

Cinco días.

A veces se pregunta cómo es posible que cinco días le ganen —por goleada, sin piedad— a treinta años de matrimonio. Y se siente un poco culpable. No por haberlos vivido, sino por no poder olvidarlos. Como si la memoria fuera infiel, aunque la vida no lo sea. Porque él eligió bien. Lo sabe. Eligió la paz, la compañía, la ternura que no hace ruido. Eligió la vida real y no la vida ardida. Eligió quedarse con quien se queda. Y no se arrepiente. O sí, un poco. O no. O las dos cosas al mismo tiempo, como pasa cuando uno es viejo y ya no puede dividir la vida en sí o no, blanco o negro.

Pero aquella mujer …

Esa que un día era amiga y al siguiente era un incendio, lo visita en silencio. No en sueños, porque en los sueños todo se distorsiona. Lo visita en la vigilia, en el café de la mañana, en la caminata al almacén, en el bostezo de la noche. Es una presencia suave, como un perfume que ya no existe pero que insiste en quedarse en la nariz.

Nunca la volvió a ver. No quiso. Ninguno quiso.

Tal vez porque sabían que repetir aquello sería arruinarlo; las cosas perfectas no soportan el uso cotidiano. Quedan intactas solo si se guardan bien lejos del presente. Él no se engaña: no fue su amor. Fue su amor inolvidable, que no es lo mismo, pero duele parecido.

Dicen que en la vida todos cargamos un secreto inconfesable, un arrepentimiento irreversible, un sueño inalcanzable y un amor inolvidable. Él, cada mañana, cuando su mujer se mueve apenas a su lado y él mira el techo en silencio, sabe cuál de los cuatro le toca más fuerte.

Y aunque la vida le salió tranquila, él guarda —como quien esconde una pieza de fuego en el bolsillo— esos cinco días. No para cambiarlos por nada. No para repetirlos. Solo para recordarse, cada tanto, que hubo un momento en que ardió como si no existiera mañana.

Y que, aunque eligió otra cosa, el fuego sigue ahí. Encendido. Callado. Inolvidable.