El silencio como castigo
Hans y Greta no vivían en un bosque, pero el apartamento en el que compartían días y noches se había ido llenando de árboles invisibles. De esos que crecen cuando ya no se habla. De esos que hacen sombra en la cocina, en la cama, en el alma.
Una noche, tras una discusión sin fuegos ni puños, Greta cruzó la línea.
Dijo una palabra que no sabía que dolía. Hans respondió como enseñan los lobos: no con aullidos, sino con el silencio. No volvió a hablar. Ni al día siguiente, ni al otro.
Greta, al principio, creyó que era sólo frío.
Luego sintió que no era invierno. Era castigo. Era exilio. Era como ser borrada de un mundo en el que todavía vivía.
Hans se volvió una estatua de sal, mirando un punto fijo en la pared.
Y Greta caminaba por la casa como un fantasma que aún no sabe que ha muerto. Se hablaban con puertas cerradas, con cucharas que chocaban fuerte contra los platos, con silencios que gritaban.
—El silencio —decía el reloj que colgaba en la sala— no es paz. Es una guerra donde nadie muere, pero todos sangran por dentro.
El tiempo, ese viejo cruel, pasó. Greta dejó una nota sobre la mesa:
«No sé dónde estás, aunque estés aquí. Pero te espero una hora más. Si en ese tiempo no volvés con palabras, me voy con las mías.»
Hans la leyó y sintió que el hielo en su pecho crujía. No por culpa, sino por miedo. El miedo de quedarse solo en el bosque que él mismo había sembrado.
Esa noche, habló.
No dijo mucho. Dijo torpe. Dijo temblando. Pero dijo. Y fue como lanzar un fósforo en una caverna: poca luz, pero suficiente para ver al otro.
Greta no sonrió. Pero se quedó.
Aprendieron que el silencio puede ser abrigo si es pausa, pero castigo si es muro. Que callar también puede ser un grito. Y que el amor no se mide por cuántas veces se discute, sino por cuántas veces se vuelve a hablar después de hacerlo.
Moraleja:
El silencio puede ser refugio, pero también exilio. Quien calla por amor, espera. Quien calla para castigar, se pierde. Porque en las relaciones, como en los cuentos, los lobos no siempre aúllan. A veces simplemente no responden. Y eso también devora.