Aranceles: cuando el proteccionismo socava la prosperidad global
La decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de imponer un arancel mínimo del 10% a todas las importaciones —con tarifas aún mayores para socios estratégicos— no es solo un retroceso en la política comercial, sino un error que desdibuja los principios del libre mercado, la competencia y la ventaja comparativa. Bajo el eufemismo del «Día de la Liberación», esta medida proteccionista amenaza con fragmentar aún más la economía global, encarecer los bienes para los consumidores y desencadenar una espiral de represalias perjudiciales para todos.
Efectos inmediatos: distorsiones y costos ocultos
La imposición de aranceles generalizados ignora una lección elemental de la teoría económica: las barreras comerciales actúan como impuestos encubiertos a los ciudadanos. Al encarecer las importaciones, el costo recae directamente en los consumidores estadounidenses, quienes enfrentarán precios más altos en productos esenciales, desde electrónicos hasta materiales industriales. Esto no solo erosiona el poder adquisitivo, sino que infla los costos para las empresas locales que dependen de insumos importados, socavando su competitividad.
En la Unión Europea, el golpe a las exportaciones alemanas y francesas podría acelerar una realineación comercial hacia China, pero esta no es una victoria geopolítica. Por el contrario, profundiza la fragmentación de las cadenas de suministro globales, reduce la eficiencia económica y debilita los lazos entre democracias aliadas. La integración comercial transatlántica ha sido históricamente un motor de innovación y crecimiento; su deterioro beneficia únicamente a regímenes autoritarios que operan bajo lógicas mercantilistas.
América Latina: ¿diversificación forzada o dependencia eterna?
México, Brasil y Argentina enfrentan un dilema: redirigir sus exportaciones hacia Asia implica asumir costos logísticos mayores y someterse a las condiciones de un mercado chino menos transparente. Aunque la diversificación suena atractiva en teoría, en la práctica refuerza la dependencia de un gigante que distorsiona los precios mediante subsidios estatales. Para economías abiertas como Perú, Chile y Colombia, la prioridad debería ser fortalecer su competitividad mediante reformas internas —flexibilidad laboral, reducción de burocracia y atracción de inversiones—, no replegarse ante el unilateralismo estadounidense.
El mito del «proteccionismo estratégico»
Algunos académicos, como Dani Rodrik, sugieren que cierto grado de proteccionismo podría ser útil para proteger industrias nacientes. Sin embargo, esta visión es miope. Los aranceles generalizados —como los impuestos por EE. UU.— distorsionan las señales de precios, premian a empresas ineficientes y desvían recursos de sectores realmente competitivos. Como señala Paul Krugman, los supuestos beneficios a corto plazo (como empleos en industrias obsoletas) palidecen ante la pérdida de dinamismo e innovación en el largo plazo.
El bumerán inevitable: inflación, represalias y estancamiento
La medida ignora el riesgo de una guerra comercial. China y la UE ya evalúan aranceles contra sectores sensibles de EE. UU., como la agricultura y la tecnología. Esto no solo afectaría a empresas estadounidenses, sino que generaría incertidumbre en los mercados, frenando inversiones y proyectos transfronterizos. Además, el encarecimiento de las importaciones alimentará la inflación interna, presión que la Reserva Federal tendría que contrarrestar con tasas de interés más altas, enfriando aún más la economía.
El libre comercio como antídoto
La historia económica demuestra que el proteccionismo genera pérdidas netas. Desde la Ley Smoot-Hawley de 1930 —que exacerbó la Gran Depresión— hasta las guerras arancelarias de la era Trump, los aranceles han fracasado en revitalizar industrias locales. En contraste, la apertura comercial posterior a 1945 impulsó siete décadas de crecimiento sin precedentes.
Para EE. UU., la verdadera «liberación» no está en cerrar puertas, sino en liderar acuerdos que reduzcan barreras, como el T-MEC o propuestas ambiciosas en el Indo-Pacífico. En un mundo interconectado, la prosperidad depende de la cooperación, no de la confrontación. Como advierte Jeffrey Sachs, la fragmentación solo agrava la desigualdad y la inestabilidad.
El bumerán ya está en el aire: cuando regrese, dejará heridas económicas difíciles de sanar.